314. Las superolivas y Contando

Mary Arboleda Ochoa

 

—¡Déjenme salir, déjenme salir! —se escucha el grito ahogado de la aceituna cerca de la tapa del frasco de vidrio, mientras leía, a través del cristal, un cartel que decía: Ofertas de hoy.

—¡Hey! ¡Hey! ¿Pero qué pasa? Uno no puede irse a descansar cuatro días y, cuando se despierta, ya está en… —mira alrededor para entender—. ¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar? ¡Debe ser la… la Zona Fantasma de Superolivas! —por el vidrio y el encierro, eso lo decía mientras golpeaba para conocer el material; sonaba clic clic—. Bueno, y lo de “super” tampoco, eh, solo el estar aquí… en el supermercado, creo yo —dijo la oliva 7, mientras la 12 y la 13 se reían a carcajadas por la cara de sorpresa y susto de su compañera.

La oliva 37 y la 42 —se quejaban del ruido dentro del frasco.

—¡Shh! ¡Hagan silencio! ¡Algunas acá queremos dormir!

—¡A ver! ¡Pero qué veo! —decía la curiosa 7, mientras pegaba la nariz y las manos a la pared para ver mejor—. No se ve muy claro, pero me parece que son humanos… —lo dijo un poco susurrando. Luego vio pasar a varios empujando un carrito—. Mira cómo están tomando algunos frascos de los nuestros. Déjame leer las etiquetas… Dicen… Ace-i-tunas Reales —dijo, con extrañeza.

—Qué raro, así le dicen a los frascos ¿o será qué somos de la realeza?

—¡Sí! ¡Son humanos! —lo dice con emoción— ¡Que nos vienen a salvar!

—¡Yupi! —gritó la oliva 53, que ya andaba media tomadita de tanto vinagre sorber.

Mientras, desde el fondo se escuchaba:

—¡Permiso! ¡Cuidado! ¡Dejen pasar!

Una aceituna de lo más seria y fortachona —la número 57— se abría paso entre las demás. Ya más madura, sabía un poco más de este tipo de menesteres, porque en ocasiones anteriores había logrado evitar ser empaquetada.

Al quedar frente a la aceituna 7, le dijo con voz firme:

—Déjame decirte que te equivocas, muchacho. No nos vienen a salvar… ¡nos vienen a comer!

—¡Ahhh! —se escuchó cómo todas gritaban dentro del frasco… un grito que nadie más podía oír, porque el frasco estaba sellado al vacío. Y, obviamente, porque los humanos no escuchan voces de aceitunas.

Al ver tal alboroto, se levantó la 42, que había despertado por el bullicio.

—A ver, nos vamos a tranquilizar. Yo creo que, si ya estamos acá, ¿para qué hacer tanto ruido? Por favor…

La 37, a la que también le molestaba el ruido, asintió con enojo.

—¡Sí! ¡Hm!

Entonces, sale la madura pero revolucionaria número 57:

—¡No! ¿Cómo nos vamos a resignar? ¡Debemos organizarnos para tratar de regresar al olivar! ¿No creen?

Todas respondieron:

—¡Sí! ¡Sí! ¡Al olivar, es donde debemos estar!

—¡Miren todos! —dijo la curiosa 7, que se pasaba viendo para afuera—. Es el frasco de aceitunas negras… Una señora, con actitud sospechosa, lo está abriendo.

—¿¡Qué!? —dijeron otras— ¡No puede ser! ¡Realmente las está liberando!

En eso interviene la 57 y dice:

—No les dije. ¡Se las está comiendo! Ya va por la tercera.

—¡Ah! Pero se fue corriendo… y dejó el frasco abierto —dijo la emocionada 29—. ¡Sí, qué emoción! Lo dejó abierto. Tenemos esperanza de poder salir… si alguien tan solo nos escuchara…

Claro, como si los humanos, depredadores de aceitunas, los fueran a escuchar.

Todas empiezan a gritar.

La 29 interviene nuevamente:

—A ver, si ese frasco pudo abrirse, ¡nosotros también lo podemos hacer! A ver… Las de la derecha, empujen con fuerza; las de la izquierda, para el otro lado. A la cuenta de uno, dos, tres… ¡Ahora!

Empujaban todas, tratando de alcanzar la tapa. Las que estaban al fondo solo hacían presión para ayudar a las de arriba.

—No… no se puede. Estamos muy débiles…

La alegre 53, que andaba bastante mareada, dijo:

—¿Pero para qué salir? ¡Si esto más bien parece un spa! Miren cómo nado, me doy una vueltita… ¡Uh! Todas digan: “¡Whisky!” —chapoteaba despreocupada y salpicaba a todos alrededor.

—Oigan —dijo la 65, la aceituna que le gustaba mucho ver qué hacían sus vecinos—. Al parecer, un frasco de alcaparras enjauladas logró salir.

—¿¡Qué!? —dijo la 58, la amiga del alma.

Ambas se empezaron a contar la vida ajena… bueno, con más detalle e intriga lo que pasaba.

—¿Te fijaste, amiga, cómo las Aceitunas Rogelio quisieron ser libres? ¿Y que no sabes lo que pasó? De tanto respirar y respirar… ¡se hicieron adictas al oxígeno! Hasta que todas se oxidaron…

Levanta la voz la comunicativa 58:

—Cuidado… y nos pasa eso. ¡Oh, mira! Jajaja —risa fingida y llena de envidia—, pero si es el dependiente, que se dio cuenta de lo sucedido con las aceitunas negras y está cerrando los envases abiertos.

—¡Jah! —dijo la amiga—. De nada les sirvió su breve alegría.

Luego, una voz suave pero segura interrumpió el momento. Era la oliva 78, ya veterana:

—Pero… ¿es que acaso no saben? Para esto nacimos, camaradas. Somos unas olivas convertidas en las mejores aceitunas… Recuerden lo que pasaba en los olivares. Siempre nos decían lo hermosas que somos y que un día íbamos a estar juntas en grandes comidas o reuniones familiares.

Se hizo un silencio… ensordecedor para ellas, claro.

Entonces, rompiendo el silencio, la 57 dice:

—Pero no todos estuvimos convencidos de aquello.

—Por mi lado, creo que debemos seleccionar a las olivas más preparadas. Las más fuertes, para hacer fuerza. ¡Quiero un grupo de aceitunas soldados, en fila a la cuenta de tres!

—¿¡Yo qué!? —dijo la 3.

—¿Qué? ¡No! Nadie te llamó, 3. ¡Sigue en tu salmuera!

—¿Cómo que salmuera? ¡Yo no me quiero morir! ¡Mamáaaa! ¡Nos vamos a morir! —grita la chiquilla 3, y se va buscando a su madre.

—A ver —dijo la 57—, ¿tenemos ya en fila a mis soldados?

Se escucha un grupo que responde:

—¡Señor, sí señor!

—Muy bien —dice esta—. Entonces, soldados… ¿quiénes somos?

—¡Somos olivas, señor!

—¡No! ¡Soldados! ¡Somos aceitunas!

—¿Y para qué estamos?

—¡Para ser servidas, mi capitana!

—¡No, santo cielo! ¡Estamos para escapar de aquí!

Mientras discutían, la curiosa 7 atisba a lo lejos una ola de gente que se acercaba a toda prisa.

—¡Miren! ¿Qué es ese ruido y por qué tanta gente pasa corriendo? No se escucha mucho… A ver, déjame pegar mi oreja a la tapa, para ver si logro entender lo que pasa. Se escucha un poco bajo, pero dicen que hasta hoy los productos …están en descuento —es decir, nosotros— y todos sus derivados ¡y están muy alegres por eso!

La oliva 57, capitán del escuadrón aceitunil, dijo:

—¡No puede ser! Eso quiere decir que pronto iremos a sus hogares y seremos la cena principal.

—¡A mí me parece fabuloso! —replicó la alegre 53—. ¡¡Eso más bien quiere decir que se viene… la fiesta!! — Hip, ya regreso, tengo que ir a retocarme.

—¡Pronto! A sus puestos, soldados —dijo el capitán—. A ver cómo practicamos.

Con su lema y acciones, se pusieron en puestos estratégicos para empujar el envase y lograr que se caiga al piso y así poder liberarse. Mientras lo hacían, se escuchaba al capitán liderar la marcha:

—¡Somos soldados del olivar…!

—¡Somos soldados de Bolívar!

—¡Nooo! —grita nuevamente la capitana—. ¡Es “olivar”! ¡Empujando con más ánimo! ¡Oliva 18, más fuerza! ¡Seguimos!

—¡Tenemos recuerdos del mejor lugar!

—¡Tenemos recuerdos del mejor lugar!

—¡Bien, soldados, nos estamos moviendo! Vamos, a la una, a la dos y a las tres…

—¿Otra vez me llaman? —dijo la 3— ¿Y ahora qué hice? —dijo con cara de angustia, mirando a su madre.

La oliva 32, que la cargaba, le decía:

—No, tranquilo, tesoro… solo están contando. Así, mira: a la cuenta de tres, te meto al vinagre y no sales más, ¿va?

—Pero, mam… —blup blup blup.

Las burbujas subieron mientras la 3 desaparecía.

—Y si volvés a interrumpir… te doy con el hueso —dijo la 32, ya sin perder la sonrisa.

El capitán se dirige a su pelotón de verdes aceitunas:

—¡Soldados! ¿Cuál es nuestro destino?

—¡O libertad… o ensalada, mi capitán!

Justo cuando estaban a punto de caer, se escuchó una gran explosión, como si algo se hubiera roto.

—¡Oh, no! —dijo la 57—. Se trata del frasco de aceite de oliva que acabamos de empujar.

El piso, todo resbaladizo, hizo que algunas personas se cayeran.

Los otros frascos, al ver la situación, trataron de hacer lo mismo, y muchos de ellos lograron saltar del estante para romper el vidrio. Pero algo pasaba con Aceitunas Real, que no lograban llegar a la orilla del estante.

La 57 logró darse cuenta de que las aceitunas negras bloqueaban el paso. Así que, resueltos, empujaron con fuerza hasta hacerlas caer.

—¡Listo! Ahora sí tenemos paso libre —gritó el capitán—.

¡Rueden! ¡Vamos, todas las soldados! Estamos cerca de caer, aceitunas.

—Así que, una vez que estemos en el piso y se rompa el frasco, todas deben echar a rodar por el camino.

—¡Nos escapamos a toda prisa!

—Nuestro lugar de encuentro será la primera salida disponible, que desde aquí se ve. ¿Entendido, Aceitunas Real?

—¡Muy bien! —respondieron todas—. ¡Listas para saltar! ¡Ahí vamos!

Se logra ver cómo, en el aire, sale disparado el frasco, y todas gritando:

—¡Libertaaaad!

Pero…

—¡Ah! ¿Pero qué pasó? —dijo la 57— —se sintió una caída muy suave—.

No se rompió el frasco.

Todas, alborotadas, se dispusieron a mirar por el vidrio, mientras lograban ver las perchas de los demás productos.

—¡Pero si nos movemos! —dijo la fiestera 53—. ¡Yo les dije! Esto está para poner parlantes… ¡Uh!

—A ver —dijo la 57, mientras se agarraba la cabeza—. Lo que ha pasado es que, justo cuando estábamos en el aire, ¡ha pasado un carrito de compras…! Qué insólito.

—Déjame ver —dijo la chismosa 65—. ¡Es cierto! Mira, es una señora que, al parecer, ni se ha dado cuenta; está habla y habla con el dependiente.

—¡Rayos! —dijo la curiosa 7—. Ahora sí que nos vamos de cena familiar…

—¡Nooo! —gritaron todas.

Pasó no mucho tiempo desde su traslado a la casa de la familia. Era la celebración navideña. Lo primero que escucharon las aceitunas fueron los cánticos de la época, las risas de los niños y la algarabía de los adultos.

—Compañeros —alzó la voz la 53, mientras aún se tambaleaba—, vamos a brindar esta noche porque todos estamos juntos en esta gran cena.

—Pero si somos la cena —dijo la 57 con cara de frustración. Empezaron las discusiones y argumentos se escuchaban dentro del frasco.

Un sonido seco se hizo presente: ploc. Y todas, al unísono, dijeron: —¡Oh! Se abrió el frasco.

—Huele muy bien aquí afuera —dijo la 3 a su madre, mientras la 7 miraba todo con admiración, puesto que la mesa estaba arreglada de manera muy apropiada para la ocasión.

Fueron puestas todas las olivas en un gran tazón de ensalada, pero tomadas de las manos se rehusaban a separarse.

La familia empezó el momento y cada miembro agradecía por la oportunidad de reunirse y de festejar con una gran cena, ya que en años anteriores no tuvieron la oportunidad de tener tantas delicias sobre su mesa.

Se escuchó a la veterana 78 decir:
—Ven, queridas aceitunas, estamos presenciando un momento de unión y gratitud, entre otras cosas, por tenernos aquí presentes en la mesa.

Se pudo apreciar el cambio en el ambiente y, todas más alegres, pudieron aceptar el privilegio de ser las aceitunas reales.

 

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