99. Recuerdos del olivar

Elvira Teruel

 

Y recuerdo cómo mi padre me peinaba para ir al colegio cada mañana. Se levantaba y me preparaba el desayuno, un vaso de leche de cabra que tanto odiaba. No me gustaba nada, el sabor era repugnante. Aún se me erizan los vellos de todo el cuerpo cuando recuerdo cómo me obligaba a beberlo antes de irme al colegio.

Me peinaba mi cabello largo y liso para quitarme los enredos, no era muy habilidoso en ello pero lo hacía cada mañana. Mi madre nos dejaba preparada la ropa el día anterior en el perchero y a los pies de la cama. Y así mi padre sólo tenía que despertarnos y darnos la ropa. Yo me vestía sin ayuda, aprendí desde la primera infancia. Además, me gustaba, era ropa de las mejores tiendas del pueblo. En aquellos tiempos era una pasada, era la envidia del colegio por la ropa tan bonita y cuidada que llevaba, nada que ver con la de ahora. Recuerdo esos jerséis azules de pico con las camisas blancas, esas faldas de cuadros plisadas que daban un aspecto fino y pulcro.

Estamos hablando de hace 50 años, casi nada. Entonces el aspecto era muy importante y las apariencias importaban, todavía hoy importan. Pero no de la misma forma que en esa época en la que sólo unos pocos podían permitírselo y la gente apenas trabajaba. Mejor dicho, trabajaban para comer y poco más. Mi padre, gracias a Dios, sí lo hacía, el trabajo no le faltaba de sol a sol, cada día durante todo el año en esa finca que hoy está tan cambiada.

Recuerdo lo a gusto que se vivía aislada, era otra vida, una realidad tan distinta de lo que fuera en el mundo pasaba. No había noticias, periódicos, televisión, internet, ni nada. Sólo lo que el boca a boca contaba acerca de lo que sucedía en ese entorno cercano y que junto al fuego cada noche se murmuraba. La anécdota del día los mayores contaban mientras yo atentamente escuchaba. La mayoría de las veces ni sabía de quién hablaban, más no me importaba, yo tenía mi mundo particular, ese que sólo yo conocía.

Mientras tanto mi madre hacía la cena y mi padre se calentaba en la fogata cansado de su largo día que lo agotaba ¡Qué pequeño e indefenso se veía! En ese rincón, sentado en su silla. Nada que ver con cómo era en realidad, en aquellos tiempos donde no existía la paridad. Visto ahora, era una persona adelantada a su tiempo. El tema de la igualdad siempre lo he visto y vivido pese a las costumbres de aquella época. Y es que mientras mi madre terminaba la cena mi padre ponía la mesa, alguna vez yo también ayudaba a quitarla. Mi padre también fregaba los platos, no le dejaba dejarlos sucios en la pila y tampoco dejarlos fregados y sin guardar. Verlo con su estropajo era lo normal. Yo no lo hacía, prefería cuidar el fuego, echar palos para avivarlo y atizarlo para ver esa llama crecer y hacerse cada vez más alta. Chisporroteaba y me gustaba jugar con el fuego a pesar de que siempre me decían que no lo hiciese porque en la noche me haría pis en la cama ¡Qué tontería!

Ahora entiendo por qué me lo decían, les daba miedo que pegara fuego jugando o que me quemara, no dejaban que me acercara pero cuando no me veían yo lo hacía, y aún estando ellos delante. Una de mis tareas diarias era encender un gran brasero de cisco en la calle, eran pequeños trozos de carbón de ramas de olivo que se guardaban apilados en grandes montones en la época de la poda para hacer grandes hogueras más tarde cuando se secaban. Así se conseguía un gran rescoldo hecho ascuas pequeñas y brillantes con las que podía encender mi brasero para la mesa camilla donde cenábamos cada noche reunida toda la familia y que se utilizaba todo el invierno.

Cuando fui creciendo y llegué a la adolescencia mi madre empezó a mandarme otras nuevas tareas. Una de ellas era barrer las puertas para que estuviesen limpias cuando del cole volvía, excepto cuando llovía. Al principio no me gustaba, me aburría esa enorme escoba de rama más grande que yo. Tiempo después fue una de paja comprada en una tienda que, por lo menos, pesaba poco y el palo no pinchaba en las manos, era suave y alto, no tenías que agacharte para barrer.

Así transcurrió mi vida entre la escuela, los deberes que traía y que mi padre me ayudaba a hacer. Mi madre nunca lo hacía. A él le gustaban las matemáticas, la geografía, etc. ¡Anda que no hacía yo cuentas con él! Tal vez por eso me gustan tanto todavía, son complicadas como un rompecabezas, un puzle interminable. Después de tantos años yo hago ahora lo mismo con mis hijas. Pasamos largas noches con ellas y sus tareas, con la mayor más que con la pequeña. Matemáticas y física, la cual no se me da muy bien. Porque yo tengo la propia mía, esa que aprendí desde temprana edad y me acompaña noche y día.

¡Cómo recuerdo las largas caminatas a la escuela cada mañana! Tengo grabada la imagen de la mirada de mi madre cuando me despedía y me iba, ella se quedaba en el tranco de la puerta de la casa esperando hasta que desaparecía a lo lejos y me perdía de vista. La tristeza la invadía, recuerdo la sensación de sus ojos clavados en mi espalda y su beso antes de irme cada día. Son bellos recuerdos que atesoro y guardo en mi memoria selectiva porque sólo retiene lo que cree que para mí fue especial.

Y qué decir de esos inviernos tan largos en los que llovía y nevaba a todas horas cubriendo el suelo con ese gran manto blanco y luminoso. La estampa ideal para cazar pájaros, así mataba el tiempo sin poder ir a ningún lado. Jugaba a coger gorriones con un garbillo, una pita y un palo. La pita llegaba hasta donde yo estaba y esperaba un buen rato hasta que venían a comer las semillas que había dejado bajo el garbillo. Esos inviernos tan largos en los que las nevadas podían durar más de dos semanas con todo el suelo tapado. ¡Qué bonita era esa imagen! Un paisaje para ser enmarcado y que recuerdo en compañía de la familia, de los abuelos, primos y vecinos. Como sólo antiguamente se vivía, ahora todo ha cambiado, ya nada es lo mismo.

Y llegó la moto, qué alegría, qué fiesta ese día, ya no tendría que ir a la escuela andando. Qué a gusto me sentía cuando me subía en ella, me gustaba y me sigue gustando. Salir del cortijo, poder ir de compras, a tomar un café… siempre acompañada, claro. Mi tío era el piloto y yo la copiloto. Así me iba haciendo mayor en un entorno familiar y tradicional.

En las largas tardes observaba al rebaño que pastaba en las praderas que había a los pies de una gran sierra de pinos, robles, encinas y romeros. En las praderas había mucho pasto verde que en primavera florecía formando un gran manto de florecillas silvestres de todos los colores y tamaños ¡Todo un espectáculo para la vista y el olfato! A veces acompañaba al pastor que vigilaba para que ninguna de las ovejas se quedara sola ni se fuesen a ningún lado, debían permanecer todas juntas para que ningún animal salvaje les hiciese daño. Y con eso me refiero a sentarme en una enorme roca al sol o tumbarme en la verde hierba mientras ellas comían y correteaban jugando. Estábamos hasta que se ponía el sol y el atardecer nos alcanzaba y envolvía con su luz. Era hora de irse a la casa y recoger el ganado llevándolo por las veredas estrechas e inclinadas las cuales subían hasta arriba, casi a la cima y luego bajaban hasta la corraliza donde quedaba protegido de zorros, civetas, lobos y también del frío de la noche. Ahí se quedaban, en su cobertizo de piedras, palos y un techo de tablas selladas con barro y paja en el que anidaban los gorriones y golondrinas cada temporada.

¡Qué bonitas eran aquellas golondrinas! Su vuelo a nuestro lado era elegante y anunciaba nuestro regreso a casa, todos a salvo. Llevar el ganado hasta ese cobertizo no era tarea fácil, a mí no me gustaba y no me hacían demasiado caso. Además, las pulgas me picaban, me comían en cuanto ponía un pie allí, lo recuerdo con desagrado. Pero sí me divertía cuando me mandaba mi madre a coger alfalfa para los conejos pequeños y los indianos ¡Qué bonitos eran! Yo ponía todo mi esmero buscándola y recorría toda la huerta buscando la que más les gustaba y así llegaba hasta abajo a la orilla del río y la alameda. Justo allí se criaban las más tiernas por la humedad y la sombra de aquellas choperas, verdes, grisáceas y aterciopeladas. Iba echando los tallos uno a uno en la cesta hasta tenerla llena, entonces volvía los pasos andados para llevárselos y que comieran. Los comederos estaban siempre llenos de cebada o avena y al fondo había una enorme pila de leña donde se escondían y hacían sus madrigueras. Cuando llegaba y abría la puerta de madera pesada y ruidosa venía a mis pies un nublo de conejos pequeños y sus madres, se me enredaban en los pies mientras comían.

Entre olivares y barrancos el paso de los días en el campo era lento. Pero disfrutar de las montañas los hacía amenos. También daba largos paseos con la señora que era la dueña del cortijo. Le gustaba caminar mientras rezaba. Más tarde volvía al caserío y jugaba hasta la hora de comer esos platos tradicionales que mi abuela y mi madre hacían y  que tanto me gustaban.

En las montañas y en la parte baja había grandes choperas que mi padre cuidaba y regaba hasta que se hacían muy grandes y se cortaban. En la parte baja del cortijo había un extenso olivar donde todos los inviernos se reunían grandes cuadrillas para la recogida de la aceituna. Recuerdo el buen ambiente que reinaba en esos días en toda la finca. A pesar de lo cansados que estaban, las risas no faltaban, se escuchaban por las mañanas y al atardecer cuando regresaban para irse a sus casas a descansar para volver al día siguiente, si no llovía o nevaba. Esa fue una muy buena época de mi vida, estaba rodeada de vida y armonía. Era muy pequeña y no ayudaba en la aceituna pero años más tarde formé parte de la cuadrilla cada temporada.

Quién me iba a decir que algo tan nuestro, tan familiar y tan tradicional como la recogida de aceituna se convertiría años más tarde en una oportunidad para conocer el mundo y las personas que viven cruzando los mares. Es curioso, cómo en ese entorno conseguimos ser todos familia, trabajar unidos e intercambiar historias de nuestras vivencias. Ser aceitunero y olivarero es un arte que cada uno cuida y mejora a lo largo de su vida, de su historia y de su familia, mejorando el producto y su proceso para lograr ese valioso aceite de oliva. Bien llamado el oro líquido. Yo aún sigo trabajando en ese sector, me gusta y por eso lo hago. Conozco gente nueva cada año con los cuales paso buenos ratos a pesar del trabajo. Más me da pena cuando termina porque tengo que esperar todo un año para conocer nuevas cuadrillas y volver a ver a las que ya han estado. Yo sin embargo, sigo ahí año tras año. En la mía y en la ajena rodeada de máquinas varas y fardos cargados de hielo algunas mañanas en las cuales también he trabajado. A pesar de eso me gusta y hasta me he enamorado. El amor entre fardos también puede ser romántico.

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