96. Trescientas

Antonio Belizón Reina

 

Cuando yo nací aquel árbol ya estaba allí. No sabía como había llegado al umbral de mi casa. Estaba plantado en medio del patio. Casualmente conocí su nombre un día que mi madre dijo en voz alta:
-¡Qué bonito está mi olivo, jolín!

Al mirarlo con detenimiento me di cuenta de diferentes detalles. Tenía un tronco distinto a otros árboles, con una corteza arrugada, muy particular, por donde desfilaban hormigas y un grupo de mariquitas blanquirrojas que le daban colorido.

Sobre su copa más alta divisé un nido de vencejos con varios polluelos con las bocas abiertas. Todos ellos habían elegido mi olivo como su hogar.

Las ramas eran alargadas, aunque zigzagueantes, que parecían perderse camino del cielo. Cada brazo contenía un ramillete de aceitunas verdes y negras que a mi madre le parece todo un tesoro.

Esta mañana me he puesto a contarlas y he llegado a trescientas y todavía me queda la parte de arriba. He pensado que me gustaría compartir este preciado botín.

Dice mamá que todos los años puedo invitar a mis amigos a la recogida de aceituna.

De todos modos me lo estoy pensando, no quiero molestar a los inquilinos del olivo.

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