9. Lágrimas doradas

Isanueles

 

Desde mi atalaya los observo cada día. Llevan años manteniéndose firmes, vigorosos, en perfecta formación, como fieles centinelas vigilantes. Sus raíces centenarias van atrapando sigilosas los colores marrones, ocres y amarillos de los campos de Jaén que les rodean. Como si de un elixir mágico se tratara, estos cálidos matices recorren lentamente sus cuerpos rugosos, curtidos por las cicatrices tras haber librado mil batallas, hasta alcanzar la cima de sus ramas más altas. Allí les aguardan pacientes las lanceoladas hojas uniformadas de un verde intenso. En ese inevitable abrazo consiguen una combinación perfecta que quedará indeleblemente pigmentada en lo más profundo de su alma. Con el aire cálido de la primavera, se engalanan con sus adornos más floridos anunciando que pronto llegará su fruto. Y yo, mientras tanto, espero impaciente el momento de poder enjugar las ansiadas lágrimas doradas.

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