89. El tiempo perdido

María Aránzazu Toro Escudero

 

Todo empezó con un pavo relleno de aceitunas con el que mi novia agasajó a varios amigos para celebrar el inicio de nuestra convivencia. Mi aversión por las olivas me impidió disfrutar del plato, pero todos los invitados alabaron a la cocinera. “Deberías aprovechar este don”, le animó entusiasmado mi mejor amigo Paco. Y ella convirtió el oleoso ingrediente en su talismán.

Cordero con salsa de aceitunas y pasas, paté de aceituna negra, lenguado sobre cama de aceitunas… las odiadas bolitas conquistaron nuestra cocina. Mi novia abrazó la innovación culinaria como una religión, que para mí pronto se convirtió en una secta. Familiares, compañeros de trabajo y vecinos se unían al culto al dios Olivo, mientras yo comía a escondidas bocadillos de jamón y planificaba mi salida del templo de las aceitunas rellenas de dátil.

Hoy celebro un año de mi libertad.

Paco, que ayudó a mi exnovia a abrir su restaurante, celebra enamorado que ella le ha dicho “sí, quiero”.

Mi exnovia celebra su primera estrella Michelín.

Y las aceitunas que abarrotan mi alacena celebran que, tras veinte años de fobia irracional, he vuelto a probarlas y he descubierto que, después de todo, no están nada, nada mal.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad