86. Oliva

Wonder

 

Una vez más, tomé entre mis dedos una ramita de olivo en flor. Con una suave caricia, retiré las pequeñas flores buscando diminutas aceitunas. Nada, se veía a simple vista que las flores se habían secado sin llegar a cuajar y, además, las galerías de las hojas delataban la presencia de Prays. Era la primera vez que sucedía algo así con las flores, y tan solo estaba ocurriendo con la variedad Manzanilla. ¿Por qué? El resto de los olivos, los de variedad Alfafara, Blanqueta y Arbequina auguraban una cosecha generosa.

El sudor me resbaló por la sien y sentí la necesidad de regar mi garganta, tan seca como la tierra bajo mis pies. Miré a mi alrededor y localicé un tocón de almendro sacrificado por culpa de la despiadada Xilella. Desde hacía un par de años el almendro que era infectado por Xilella, y todos los demás almendros en un radio de 150 metros, eran talados sin compasión. Cerré los ojos, y como un destello en la memoria me vi niño, corriendo entre los árboles mientras mis padres recogían almendras y olivas. Al abrirlos de nuevo, volví a ver el paisaje herido.

Me senté sobre el tocón del almendro y dando unos tragos de agua intenté apartar la sombra de pensamientos oscuros sobre el cambio climático y las plagas.

A mi espalda sonó un chasquido y volví la cabeza, pero nada vi. Al escuchar el segundo crujido vislumbré entre las matas de pebrella dos ojitos temblorosos que me miraban con recelo y unas orejas desproporcionadamente grandes para lo que fuere aquello. Pensé que era demasiado pequeño y poco esquivo para ser un zorro. Me acerqué con cautela, y la criatura cayó de lado, exhausta.

Separé la maleza descubriendo una diminuta podenca. Me miró de reojo como preguntándose si aquel gigante acabaría con ella.

¿De dónde vendría? ¿Dónde estarían sus dueños? Si hubiera alguien llamándola en muchos metros alrededor lo habría oído. Estaba claro que nadie la buscaba.

Había escuchado hablar a los cazadores de aquella raza de perros, pero no abundaban en el Valle de Seta. Decían que eran perros inquietos, difíciles de educar, amantes de un solo dueño si llegaban a aceptar alguno y que, cuando salían de caza y olían los conejos perdían el juicio. Eran capaces de dejarse la vida persiguiéndolos hasta reventar de agotamiento o quedarse encajados en una madriguera de conejo, llegando a su fin tras una eterna agonía. Probablemente se trataría de un descarte, de uno de esos perros que, por alguna razón, y a pesar de haber nacido para la caza, no cumplían con las expectativas de los cazadores y eran abandonados.

Apenas un mes atrás, había despedido a Gota, mi gran amiga de cuatro patas. Una labradora bonachona, glotona y alegre del color del chocolate. Su perdida dejó en mi un gran vacío y la cobarde convicción de no tener más perros para no sufrir su perdida.

Volví al presente y me puse en cuclillas para ver mejor a la pequeña podenca. Ella parpadeó con miedo y si sus cortas pero musculosas patitas se lo hubieran permitido, habría huido veloz como un rayo.

Tenía heridas por todo el cuerpo, como si tuviese por costumbre atravesar zarzales, y el hocico pelado, como desgastado de meterlo en algún tipo de agujero en busca de alimento o lo que fuera. Varias garrapatas sobresalían de su cuerpo hinchadas de su sangre y las almohadillas de los pies brillaban en carne viva.

La recogí entre mis brazos y la coloqué en un capazo donde había pensado transportar leña. La perrita respiraba con dificultad. Caminé entre los campos de olivos hasta casa preguntándome si había algo que hacer por aquel animal.

En casa, la cama de Gota seguía intacta. No me había atrevido a tirarla, como si hacerlo fuera ser infiel a su recuerdo. Allí deposité a la podenquita con suavidad. Le retiré las garrapatas y le humedecí la boca. Tan solo movía los ojos siguiendo mis movimientos con desconfianza.

Ese mismo día hice correr la voz de mi hallazgo, por si alguien la echaba en falta. Nadie habló. Decidí dejarla descansar una noche antes de llevarla a un veterinario para que la examinase y viese si tenía microchip.

El veterinario confirmó que su estado era muy delicado, pero no irreversible y confirmó que no estaba registrada. Le administró un suero, terminó de desparasitarla, le curo las heridas y me informó de las perreras a las que la podría llevar. Abandoné la clínica con la cartera más liviana pero satisfecho conmigo mismo.

No fui capaz de llevarla a una protectora.

Al día siguiente apenas hacía algún movimiento. La cogí de nuevo en brazos y la saqué al campo dejándola en el suelo bajo la sombra de un níspero. Hizo sus necesidades y la devolví a la cama de Gota donde conseguí a duras penas que comiera algo de pure de verduras con pollo y aceite de oliva —mi remedio universal—. Como productores de aceite de oliva, generación tras generación, en mi familia se utilizó para infinidad de propósitos. Iluminábamos nuestras casas con ella, tratábamos dolencias y lo utilizábamos para embellecernos. Y siempre fue la base de nuestra cocina por su sabor y sus beneficios.  Los galenos del pasado lo utilizaban como remedio para heridas, dolores musculares y problemas digestivos así que, sin duda, a la perrita le iría bien por dentro y por fuera. También se lo apliqué en las almohadillas de sus patas para ayudar a su cicatrización.

Pasarón dos días en que yo de madrugaba para quitar los rebrotines, recoger la leña de la poda y estudiar los avances de la próxima cosecha de mis olivos. Ella se quedaba en la cama de Gota agarrándose a la vida sin apenas fuerzas.

Al tercer día, cuando me levanté la encontré sentada frente a la puerta. Me alegró verla allí.

Intenté ponerle el collar de Gota para sacarla, pero le quedaba inmenso. Volví a meterla en el capazo negro sobre una pequeña manta y me la llevé conmigo a faenar en el campo. La deposité en la manta a la sombra de un olivo centenario, sin que de allí se moviera en toda la jornada. Sentía sus ojitos siguiendo continuamente mis movimientos.

Pasó tímida pero inevitablemente a formar parte de mi vida. Con los días se fue recuperando sin moverse de su manta que cada jornada dejaba junto a una Olivera diferente mientras yo trabajaba.

Decidí ponerle un nombre a mi silenciosa compañera. La nombré Oliva, pues había aparecido como oliva madura en el suelo del olivar y porque se parecía a Olivia, la novia de Popeye, por el nombre y por su delgadez.

Un día, ya a principios de octubre, cuando las primeras aceitunas estaban en su punto para el primer y mejor aceite, y yo me encontraba totalmente inmerso en la cosecha, Oliva desapareció sin que yo lo notase.

Entré en pánico y la busqué durante horas y horas, pero no la encontré. Me di cuenta entonces de que ya la apreciaba mucho.

Pensé que debería haberle puesto microchip y no lo hice; ahora era tarde. Esta vez corrí la voz, pero porque yo había perdido a una podenquita. Al igual que cuando busqué a su posible dueño nadie respondió.

Al día siguiente decidí ampliar mi radio de búsqueda hasta Gorga. Allí me encontré ante el olivo milenario más majestuoso del valle de Seta. En realidad, era más que un árbol, era una casa-árbol de más de 2.000 años de antigüedad.  Tenía un perímetro de tronco de unos diez metros que delataba su edad y una altura de siete. Su tronco retorcido y su rugosa corteza recordaban a las arrugas de un anciano curtido por el sol y el trabajo. Era el esplendoroso guardián de la memoria del valle. En su torso, el paso del tiempo había creado una gran oquedad, una puerta y hasta una ventana. La gente contaba que en el siglo pasado fue la vivienda de una familia y que, hoy en día, servía como refugio para pastores en días de tormenta. A pesar de su edad, seguía produciendo más de doscientos kilos de olivas al año, y el jugo que producía era único, ya que era capaz de dar varias variedades de aceitunas, creando un coupage natural inigualable.

El actual dueño del campo, construyó unos bancos de madera en su interior que permitían a los respetuosos visitantes descansar en las entrañas de un olivo milenario.

Siempre que me encontraba ante uno de esos longevos olivos me preguntaba que habrían presenciado durante tantos años de vida y, admiraba, siempre boquiabierto, su fortaleza y su resiliencia.

Me senté un momento dentro de su barriga y de repente vi en el suelo algo que me resultaba familiar. Era una pequeña chapa en la que había grabado pacientemente a mano mi número de teléfono. Se la había colgado a Oliva en el cuello con un cordel por si ella decidía volver a probar suerte en libertad. Seguramente se había resguardado allí por la noche.

Lejos de entristecerme por aquel hallazgo, sentí una enorme esperanza de encontrarla.

Al día siguiente seguía sin saber de Oliva. Esta vez marcharía a la montaña en su búsqueda. Alcé la cabeza en dirección a las ruinas del Castell de la Costurera, agarré agua, bocadillo, gorra y capazo, que serviría de camilla una vez más (si fuera necesario) y comencé mi ascenso desde mi pueblo natal Balones.  El Castell de la Costurera siempre nos había despertado la imaginación de niños. Estaba estratégicamente colocado entre las sierras de Almudaina al norte, al sur con la sierra de Serrella y al este con la sierra de Alfaro, quedando el valle abierto hacia él. Había sido una fortaleza musulmana con alguna que otra reforma cristiana y coronaba un cerro a 750 metros de altura que, de pequeños, nos parecía alto como el Everest. Incluso los romanos se asentaron allí por un tiempo y hasta se encontraron restos de presencia humana de la edad de Bronce.  Cuanta historia tiene mi pueblo pensé, y comencé el ascenso.

Alcancé las ruinas y ni rastro de Oliva. Paré para descansar un momento y observé el paisaje como lo habría hecho un hombre de la Edad de Bronce, un morisco o un romano. Como siempre me conmovió la hermosura del valle.

No perdí la esperanza tampoco allí. Algo me decía en mi interior que Oliva se había cruzado en mi camino por algo.

Regresé a Balones y continué con mis labores.

Un par de meses después seguía sin noticias de Oliva. Un día que me encontraba vareando un olivo en solitario cuando el suelo se abrió bajo mis pies y la tierra engulló mi pierna hasta la ingle. Noté como se me clavaba una raíz en la pierna, a la par que sonaba un chasquido de hueso que me produjo un profundo dolor. ¡Malditos casas de conejos! pensé y noté como perdía el conocimiento.

No sé si fue real, pero durante mi falta de consciencia sentí una húmeda caricia en la cara y, creo recordar que vi un primer plano de la cara de Oliva lamiéndome el rostro. Aquello me tranquilizó profundamente.

Me desperté en el hospital de Alcoy. Me contaron entonces, que un perrito marrón apareció en el pueblo ladrando incansablemente y que cuando intentaban cogerlo siempre huía en la misma dirección. Tal fue la insistencia del perro que, a un buen vecino se le ocurrió finalmente seguir al perrillo que le llevó hasta mí. Me salvó de morir desangrado y aunque habría sido un buen lugar para morir, rodeado de mis queridos olivos, no era mi momento. Tras llevar a aquel vecino junto a mí, Oliva se alejó un poco, volvió la vista en mi dirección por un momento y echo a correr perdiéndose de vista entre los olivos.

Nunca volví a ver físicamente a la pequeña Oliva, pero durante años me sentí observado y estoy seguro de que, oculta desde algún lugar, Oliva me ojeaba de vez en cuando para saber que estaba bien.

Un día entendí lo que la libertad era para mí. Libertad era poder vivir rodeado de mis olivos, guiarles, ayudarles, cuidarles, recoger sus olivas y agradecerles sus frutos. Era mantener vivo mi pueblo del que una vez marché, para luego volver empujado por la morriña. Sentir el sol, oler las hierbas silvestres, esperar las lluvias, vivir en naturaleza. Imaginé entonces lo que debía ser la libertad para Oliva y, una vez comprendí, nunca más me entristeció su marcha, simplemente la respeté.

Me quedé con la lección que me enseñó el paso de Oliva por mi vida. Durante gran parte de mi vida sentí que la vida no era justa, que casi nunca o nunca me devolvía lo bueno que hacía. Cuando ella me salvó, volví a creer en la reciprocidad del bien y con su marcha entendí que el amor, la libertad y el respeto, deben ir siempre unidos.

Una tarde de octubre, muchos años después y ya anciano, pero aún afanoso del campo, me senté apoyando mi espalda en una olivera amiga sintiéndome muy cansado y satisfecho.  Me envolvió un placentero sueño y tuve una última y preciosa visión. Vi los olivos y los almendros con mi pueblo al fondo y a Gota y Oliva sentadas junto a mí. Me apagué lenta y tranquilamente inmerso en una enorme paz.

Los olivos fueron silenciosos testigos de esta pequeña historia y de infinitas más por los siglos de los siglos.

 

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