81. El más puro

Carlos Enrique Abrego Ruiz

 

El sabor del aceite de mi abuelo me daba escalofríos. Intentaba no pensar en ello, pero cada vez que lo probaba, sentía un nudo de miedo en el estómago. Una noche, un sonido seco me sacó de la cama y cuando me asomé a la ventana me llevé un pasmo. Mi abuelo estaba en el olivar, bajo el árbol más viejo. La pala relucía bajo la luna mientras removía la tierra. Podía oír el raspado de la hoja al chocar con algo. Un ruido duro, como hueso. Me tapé la boca para no gritar. Al día siguiente, mi primo Juan no apareció. El abuelo me sirvió una tostada con aceite. El olor era fuerte, casi dulce. El brillo del aceite era un amarillo intenso. Lo tragué, y el sabor a metal me llenó la boca, más intenso que nunca. Sentí náuseas. Mi abuelo me miró a los ojos, con una sonrisa lenta. «El mejor aceite, nieto. El más puro», me dijo.

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