78. Mágica y tradicional
Comienza el día. Es cuando la casa, mágicamente, se convierte en la observadora de una naturaleza avasallante, estremecedora y espectacular. Las dos ventanas que dan al naciente, se asemejan fantásticamente, a ojos delatores de lo que ocurre con la actividad que empieza a desplegarse. Primero, el tímido gorjear de los emplumados habitantes que anuncian el amanecer, aguardando que el sol comience a dorar, a imponerse con sus rayos en cada una de las hojas del monte transformándolas en cintas de oro por la faz, sin perder su color de plata en el envés.
Luego, las voces de los obreros que se dispersan entre la arboleda para cumplir labores determinadas según la época, ya sea erradicar hierbas, detectar plagas o cosechar los frutos que los olivos han fecundado, otorgándole más vida a la morada de muros gruesos, techos de tejas y flores por doquier.
Y a media mañana, en la ladera opuesta a Levante, el traqueteo del trencito transportando a turistas por los alrededores del pueblo, es el complemento ideal para que la casa y su entorno, sean una imagen inolvidable para el viajero.
Allí vivo yo. Mi abuelo Tonio la levantó en la parte más elevada del predio, dejando el resto deslizarse como un tobogán gigante, plantando al principio, sólo diez plantas de olivo. Ahora, es una plantación que fue creciendo con el ambicioso afán de mi abuelo y después, con el trajinar incansable de mis padres, que supieron darle los cuidados que estas plantas requieren. En mis nostálgicas rememoraciones, las anecdóticas enseñanzas de papá, con una paciencia de santo, introduciéndome desde mis primeros años en el olivar para identificar sus hojas puntiagudas; sus florcitas blanquecinas y sus drupas ovoides conteniendo las semillas en un duro caparazón, mientras yo, ardilla inquieta, sólo ansiaba trepar por esos troncos retorcidos, provocaba su enojo, viniendo a mí en ramalazos la melancolía. Y ellos fueron muriendo quedando yo, como heredera, siguiendo la tradición familiar de velar por esas hileras de una especie arbórea tan antigua como el mundo y tan generosa en brindar sus frutos.
La tierra, rica en minerales, facilita que las cosechas sean espléndidas y que las plantas se mantengan fructíferas estirando sus ramas como dando loas al cielo, en tanto que los brindis se suceden entre la peonada, compartidos con mi compañero de vida Lucio, y yo. Sería de mal agüero romper esa tradición mantenida desde tiempos inmemoriales…Entonces, la casa brilla con luz propia, con la calidez que sólo se da con el trabajo en paz y con la alegría humilde que nace del respeto que se ha mamado desde la cuna.
Cuando el trencito hace su último recorrido, significa que la jornada termina en la casa, sumiéndola en un hogar donde habitan una mujer, un hombre y una niña, mi hijita Victoria, para la que tengo programado otro futuro. Mi marido me apoya en esta decisión de enviarla a cursar estudios superiores considerando que las tareas de la finca son agobiantes, complicadas, y nosotros no estaremos eternamente para contener sus dudas y aliviarle la responsabilidad que impone un olivar.
Detrás de la casa, atravesando un pinar que es nuestro refugio en el inclemente verano mediterráneo, fue construido el salón destinado a todo lo inherente a nuestra actividad rural, es decir, allí encontrarán las herramientas para cavar, carpir, rastrillar, podar, fertilizar y combatir plagas. También lonas y cubos para desprender y transportar las aceitunas a los carros, hasta que sean retiradas por los compradores que las llevarán a ser industrializadas. Mudo testigo del pasado es la almazara que duerme su sueño eterno en el fondo y que, considerada una reliquia, nos hace valorar la imagen de aquel Tonio, que junto a mi abuela Zoe, dejaron la juventud y los placeres en pos de una utopía.
Porque manejar la prensa les habrá roto los brazos, los pulmones, agrietándoles las manos y exigiéndole a sus corazones un esfuerzo sobrehumano, exprimiendo ingentes cantidades de frutos ovalados, perfectos, de esmeralda…
No logro imaginarlos realizando el proceso que ahora ha evolucionado, pero que en esta zona siempre ha sido difícil por la escasez de agua para el lavado concienzudo de la fruta y luego su triturado. Ya mis padres quedaban satisfechos con cultivar olivos, cuidarlos, aprender técnicas relacionadas al mejoramiento y calidad de las cosechas, transmitiéndome sus sabios consejos, que, con el devenir de mis años, compartí con Lucio.
Esa noche, maldita noche, en la sobremesa familiar, los tres, tan unidos como espigas de trigo, decidimos que la cercanía de los quince años de Victoria, merecía una celebración. ¡Sí! Haríamos una preciosa fiesta agasajando a nuestra hija. La mirada feliz de mi hombre, colmada de amor por ella, quedó como testigo ante nosotras, en una despedida definitiva con la jugada cruel, en un jaque mate que la muerte le propinó sin que pudiésemos reaccionar.
El olivar me secó las lágrimas y la tibieza de la casa con sus paredes tapizadas de poemas trepó por mis venas para cubrirme con un manto de fortaleza, recitando las palabras del gran Federico “En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida”; y de la valerosa Alfonsina “Oveja descarriada dijeron por ahí. En verdad descarriada, que estoy de paso aquí.” Porque enfrentar el mundo siendo mujer sigue teniendo sus atavismos, donde la libertad y el trabajo rodeada de hombres parece una indecencia. Y salí adelante mientras Victoria finalizaba sus estudios secundarios. Supe imponerme en las reuniones cuando otros poseedores de montes de olivos pretendían que bajara la cabeza con obsecuencia; estuve alerta ante el peligro de incendios motivados por las sequías, con el constante temor de esas plantas oleaginosas que, junto con los pinares, con sólo una chispa podían desatar una tragedia. Cumplí religiosamente con los pagos de seguros, de sueldos, de servicios a la comunidad, satisfecha de hacer honor a mi condición de sexo femenino…
Más, la vida continúa con sus quehaceres, yendo y viniendo para consuelo u olvido por momentos de tristezas asestadas con saña, encontrando alrededor seres como Nicolás, que le agregó a la casa, una magia desconocida.
Victoria, con su tez de aceituna, innegable descendiente de la morena Zoe y con el carácter indomable de Blanca, mi madre, trayendo un ramo de flores me abrazó sonriente. _ Mamá, no quiero tu enojo y menos ahora, que he finalizado el secundario. Mira, estas flores son un regalo de un chico al que quiero mucho y él a mí. Esta noche vendrá a saludarte y te contaremos que no continuaré estudiando pues quiero trabajar aquí acompañándote y con la ayuda de él como papá lo hizo contigo. Se llama Nicolás y posee el título de ciencias agrarias.
Esa noche, bendita noche, dejé de lado mis dudas y temores. La casa se impregnó de un aroma a nuevas ilusiones, a gestos encantadores y caballerescos, a charlas de sorprendente dominio acerca de los olivos y de una ternura que ya estaba olvidando.
En la chimenea ardían leños para que ese noviembre nos dejara disfrutar en plenitud, con mis perros durmiendo y mi gata relampagueando sus ojos misteriosos cada vez que Victoria y Nicolás reían tontamente como lo hacen los enamorados. Afuera, el viento ululaba y nosotros lo ignorábamos frente a los aromáticos pocillos de café.
El 18 de junio mi niña, ya hecha una espléndida mujer, salió de la casa con su blanco vestido de novia y un ramo semejante al primero que le obsequiara Nicolás, rumbo al juzgado. Una brisa marina, con mezcla de hierbas silvestres y flores del jardín, levantó su falda convirtiéndola en una corola de cuento, en tanto que sus incontables rulos danzaban como duendes de obsidiana encandilando ante los rayos del sol matutino.
Todo lucía ordenado. La última adquisición, el tractor que conduce Nicolás entre los surcos de olivos, reposaba en el salón posterior. En el escritorio que fue de Lucio, los libros contables a cargo de Victoria mostraban un orden espartano.
Y la almazara despertó de su letargo. Mis hijos amados _Victoria y Nicolás_ dispusieron que haya obreros cumpliendo la tarea de nuestros ancestros para que la industrialización de las cosechas sea una tradición familiar.
Grandes tambores han suplantado los recipientes anteriores, conteniendo la exitosa cosecha de aceitunas, como vientres maternos con el líquido amniótico dándole supervivencia. Y leer en los envases de aceite de oliva y en los frascos del sabroso fruto, ¡mi nombre!, me da la certeza que supe sembrar para cosechar, luchar con las armas adecuadas, amar la tierra y compartir sus dones con quienes me ayudaron.
Para que esa boda resultara inolvidable, contraté para todos los empleados, el trencito. Y así partí con ellos a presenciar la ceremonia, dejando mi querida casa, cerrada a cal y canto. Es que adentro, la mesa del comedor, ofrecía un espectáculo abrumador y maravilloso con sus bandejas repletas de aceitunas, de jamón cantábrico que había hecho traer especialmente, con frutos secos decorando mazapanes, con jarras listas para servir la más rica y fresca de las bebidas que cada uno pidiera. En el centro, la tarta de bodas con merengue como prefiere Victoria y alrededor racimos de uva moscatel, el deleite de Nicolás, augurando felicidad y prosperidad a la pareja.
Se lo debía a mi hija desde sus quince años…
Al año siguiente, el ojo avizor de estos visionarios, se lanzó a la compra de una lengua de tierra frente a nuestro monte, donde yacían abandonados, medio centenar de olivos. Ardua tarea fue recuperarlos, pero el éxito premió ese esfuerzo, y entonces, el salón posterior resultó pequeño. La almazara latía como un corazón durante las veinticuatro horas y blancos delantales protegían a muchos obreros envasando el oro verde y oleoso.
_Mamá, ¿qué nos dices si abrimos nuestro local de ventas aquí en la sala de la casa? ¡Es tan mágica con sus detalles de piedra y madera, que encantará a quien se acerque! Pondríamos unos cuantos muebles antiguos y dejaríamos los retratos de las abuelas y el tuyo, para contar que siempre, siempre, han sido las hadas que le dieron a esta casa, su halo laborioso, callado, sutil, como alas de esos seres fantásticos.
Sí. La casa es parte inmemorial del olivar. Y ambos son mágicos, dignos representantes de la tradicional cultura oleosa A través del ventanal que sirve de vidriera para el local que con muy buen gusto han decorado Victoria y Nicolás, recuerdo cuando, orgullosamente, le respondí a mi hija: ¡esto es tuyo, haz lo que desees, sin arrepentimientos, ni falsas ambiciones, con los pies sobre la tierra y gozando de lo que haces! El vidrio, me muestra una mujer con su cabello plateado y una sonrisa en sus labios.



