77. Bajo la sombra del olivo viejo

Barbara Sarrionandia

 

La finca de mi abuelo llevaba años en silencio, salvo por el crujido del viento entre las ramas. Volví una tarde de septiembre, cuando el sol doraba las lomas y el aire olía a tierra caliente. En el centro del bancal, el olivo viejo me esperaba como un guardián de secretos.
Cavé junto a sus raíces para enterrar una botella de aceite, como él me enseñó, “para que la tierra recuerde quién la cuida”. La pala chocó contra algo duro: una caja metálica, oxidada.
Dentro, un pañuelo manchado, un reloj de bolsillo y una fotografía desvaída. En ella, mi abuelo sonreía junto a un hombre desconocido, bajo ese mismo olivo.
Al dorso, una frase escrita con su pulso firme: “La cosecha más valiosa no se prensa”.
Esa noche no pude dormir. Desde mi ventana, vi cómo la silueta del olivo parecía inclinarse hacia la casa, como si esperara que terminara lo que él había empezado.

 

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