76. Toda una vida

Juan Manuel Chica Cruz

 

Apenas entendía      ya de la vida  él que la había  entendido siempre.   Desde chico  trabajando inmensos olivares de terratenientes que pintaban a verde plata  paisajes de lomas y vaguadas  a lomos de su mula, luego  a lomos de  su pollinos y así  hasta que la edad le gritó basta, arañando así, estaca a estaca, con las uñas de su   alma  olivos  que   serían suyos como los surcos de su frente  herida por el sol y el  frío. Había visto todo en los olivares:  varas, mantos, gradas de púas  y también  sopladoras, tractores con aire acondicionado y  desbrozadoras.  Hasta jornaleros de tez oscura venidos de lejos –haciéndole pensar– que en la vida, bajo un engañoso inmovilismo, nada deja de cambiar como los cultivos intensivos de olivar en  seto de sus nietos.

Ahora,  cuando la vida le adelantaba por la izquierda  le habían sacado del geriátrico para llevárselo  -unos días-  al nuevo chalé con vistas a un mar infinito de  azul inmenso.

-Esto sí es vida,  decía la voz de uno de sus hijos o nietos. Qué importaba ya.

-La vida, sí, musitó  cerrando los ojos para regresar del azul del  mar al verde plata inmenso de toda una vida. Su vida.

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