74. El aceite de las ánimas

María del Carmen Reyes Torres

 

Vicente miraba absorto el horizonte mientras daba cuenta de un canto de pimientos asados a la sombra del gordal. Arremolinados bajo unos cuantos verdiales, en la hijuela del liño contiguo, el resto de la cuadrilla hacían lo propio compartiendo sus viandas y algunas tajadas de melón que Antonio repartía, cortándolas con la vieja navaja de su padre. Había ido a buscarlo al pozo de la finca de arriba. Ahí metía uno cada mañana, dentro del cubo de zinc atado a una cuerda, para mantenerlo fresco hasta el desayuno.    Al asomarse al brocal del pozo artesiano, junto a la casa de aperos, Antonio recordó lo que su padre le contó cuando le tocó en herencia esa parte de la finca de su suegro. Al viejo carpintero nunca le gustó esa suerte o fortuna para su hijo, y sin asfixiante insistencia, alguna que otra vez sí que le aconsejó que lo mejor sería venderlo en cuanto se presentase la ocasión.

Nada más lejos de la intención de Antonio, que durante años se afanó en recuperar el esplendor pasado de la magnífica finca de regadío.

Mientras repartía el melón entre los jornaleros, bajo la canícula de septiembre, y posando su vista allá donde se perdía la de Vicente, comenzó sin introducción previa a narrar la historia que le contara su padre.

— Cuando echamos a suerte esta finca, al partir la herencia, mi padre negó repetidas veces con la cabeza, y guardó silencio—empezó a decir Antonio. —A los pocos días vine con él la primera vez, a señalar las lindes y pintar de amarillo el padrón, para marcar las medianías con los liños de los vecinos. Después de recorrerla de arriba abajo mi padre me dijo:

—Tendría yo la edad de tu chiquillo el mayor cuando vine con mi padre y Manuel el de Estacio a esta finca. Traíamos el féretro vacío en la carreta enganchada en dos mulos y unas espuertas con las herramientas para cerrarlo. Mi padre me había mandado a la casa de su hermano Esteban a por unas cinchas y tu abuela me dio unas cortinas viejas además de las sábanas de sudario que llevábamos normalmente a los servicios. Al lado de la carreta, con la sotana remangada hasta la cintura y un hatillo con el porta viático, el acetre y el hisopo, venía D. José el cura subido en su yegua.

Era un 16 de julio, no lo olvidaré mientras viva, —continuó contando Juan. — Cuando llegamos a la altura del chozo, donde ahora tienes el cuarto de aperos, había una gran algarabía de viejas chillando y chiquillos curiosos queriendo acercarse al brocal…

 

»Era el verano de 1943 y aunque lo peor ya parecía haber pasado, seguía habiendo mucha hambre y miseria, incluso entre los que tenían algo de tierras. Con los maridos enterrados y muchas bocas que alimentar, mujeres como Teodomira apenas podían sacar adelante a la prole sin hacer mil y un milagros. Esta finca en concreto antes de que tu suegro la apañara y plantase los olivos estaba sembrada de girasol, de trigo, o garbanzos, según tocara. Después de la siega, a la espera de cobrar la cosecha, Teodomira, la mujer que vivía en tu finca, había empleado el adelanto en comprar unas gallinas nuevas, una tinaja de aceite y unas alpargatas que como siempre pagaba en varias veces a Cándido, el ditero. Unos cuántos días antes de la desgracia, Teodomira había dejado la tinaja de aceite junto al lebrillo de lavar, y las alpargatas al lado de ésta, intentando mantenerlas en alto, fuera del alcance de los chiquillos, pero la dejó sin la tapa de madera que la cerraba, y de noche, una lechuza que solía ulular desde el sauce llorón que está junto al pozo se posó para beber aceite haciéndola volcar sobre las alpargatas y derramando por completo el carísimo aceite de oliva.

» Cuando la mujer oyó el estruendo, se levantó sobresaltada, y al comprobar el desastre profirió toda clase de blasfemias y execraciones, tan aberrantes y sacrílegas que ella jamás consiguió sentir un instante de paz en su menudo cuerpo de viuda cristiana.

Se pasaba las noches llorando y repitiendo letanías con su rosario en las manos. Lloraba amargamente mezclando sus aullidos con el de la lechuza entre la negrura y el silencio de la finca.

»Antes del amanecer de esa mañana del 16 de julio, sofocada y aterrada por las visiones demoníacas que la asolaban y torturaban se asomó al brocal del pozo intentando sacar un cubo de agua para refrescarse y enjugarse el rostro antes de levantar a su hijos…Nadie sabe que espantosa visión se reflejó en el agua, otros dicen sin embargo que fue la imagen de la Santísima Virgen la que se le apareció y ella la quiso alcanzar para pulgar su pecado…lo cierto es que cuando el mayor de los hijos se levantó y fue a buscarla , la encontró dentro del pozo, con los pies hacia arriba ,ahogada

Por eso —dijo Antonio prosiguiendo con la historia nunca antes desvelada de la Finca Ntra. Sra. del Carmen—, el primer aceite de cada cosecha se deja en un lebrillo de barro cerca del pozo, para que beban las lechuzas, y no tengan intención de robarlo en las iglesias del pueblo, como cuentan los curas que hacen, apagando las lámparas del Santísimo. Por eso , esta finca dejó de llamarse” Los Llanos “, y se dedicó a la Virgen del Carmen. Y por eso, —Vicente— dijo dirigiéndose a uno de los muchachos más queridos por él de la cuadrilla—no dejo que nadie blasfeme en estas tierras que son el sustento de mi familia, ni que tengáis malas palabras en mi casa; por eso, soy yo el que voy a sacar el melón del pozo cada mediodía, y aprovecho para rezar el ángelus mientras devoráis esos bocadillos inacabables que traéis en las talegas. –Y ahora vamos, es hora de volver al tajo—exhortó a la cuadrilla ajustándose el sombrero de paja.

Desecho en lágrimas Vicente intentó erguir la postura. No pudo más que arrastrarse a gatas sobre los terrones resecos hasta llegar a la altura de las botas de Antonio que intentaba inútilmente ayudarle a levantarse.

Antonio no tuvo que pedirle a su sobrino que le acercase el búcaro de agua fresca, ni al resto de la cuadrilla que se colgasen sus macacos y los dejasen a solas.

Como pudo se sentó bajo la chueca de olivo más cercana al zagal y éste se arrojó sobre sus rodillas.

—Antonio, perdóname, por mi madre bendita te lo pido, estaba desesperado.

Antonio lo abrazaba como al hijo que sentía que era, sin mediar palabra, y dejó que el muchacho escupiese su tormento entre llantos, sólo para que tuviese un momento de verdadera liberación antes de que todo se desatase.

—Tenía enterrada en vida a mi pobre madre, tú sabes lo que llevamos pasado. Pero te juro que yo no lo he matado.

Antonio rompió entonces su silencio:

—No quiero que digas más nada Vicente. No hay vuelta atrás. Todos un día tendremos que rendir cuentas, y no es conmigo precisamente con quien debas ajustar nada. Sólo quiero que saques a mis hijos de esto, y todo estará bien entre nosotros.

—Sólo llévame a casa, no soy capaz de coger la moto. Necesito pedir perdón a mi madre, abrazarla. Después le diré a mi mujer que me lleve al cuartel.

—Macarena no tiene que pasar por eso—dijo Antonio con inusual calma—yo te acompañaré a todo lo que haga falta.

—Pero Antonio, déjame por Dios explicarte, aunque sólo sea a ti, que yo no maté a mi padre. Salí a buscarlo como el resto de mis hermanos, estuve dos días y sus noches buscándolo por todas partes, aunque al mismo tiempo rezaba a todos los santos para que no apareciera, deseaba que estuviese en el infierno, de verdad que lo deseaba.

»Al tercer día recordé que le dije a mi madre que te iba a avisar de que vendría a la finca unos días más con mis chiquillos. Es cierto que había terminado de acordonar la chamiza de los pies de cuchillo, pero el agua de la piscina estaba aún limpia, los niños no habían ido a ningún sitio en todo el verano y ustedes estabais de vacaciones aún. »Cuando venía por las tardes a cambiar el riego, veía entre los liños muchos conejos y le dije a mi madre que iba a poner unas trampas. Seguramente él me escuchó cuando se lo decía en la cocina, y como el desgraciado no quería nada bueno para nadie me siguió aquella tarde para ir quitando las trampas o poniendo veneno, ¡vete tú a saber!

»Cuando vine a ver las trampas me lo encontré agonizando en el arroyo, entre las cañas, lleno de vómitos y mordido por ratas en la cara y los brazos, era macabro. Me asusté, pero no sentí piedad sino rabia y asco. Me fui.

»Yo no podía dormir bajo el mismo techo que mis niños sabiendo lo que sabía, ni consolar a mi pobre madre o darles la cara a los vecinos, a la guardia civil.

» Entrada la madrugada salí con la moto y vine a buscarlo. Nadie me vio salir por el corral, así que pensaron que estaba descansando un rato antes de comenzar una nueva batida.

»Cuando llegué era demasiado tarde, ya estaba muerto. Lo metí entre dos sacos grandes de abono y lo despeñé cortado abajo…Estos días mi mente no podía parar, no pensando en mi suerte, ni porque tenga cargos de conciencia, sólo pienso en  qué pasará cuando nos acerquemos a la linde, y comience la brisa a moverse, qué pasará cuando los muchachos noten el olor, en qué pasará cuando lo encuentren y los códigos de barra de los sacos dejen claro que son de tus abonos por el registro del cuaderno de campo…

—Te juro por mi vida, por mis niños, que sólo lamento causarte a ti algún daño Antonio—.

Antonio se incorporó con torpeza, cansado, resignado.

—Estaba claro muchacho, que mi padre tenía razón. Esta finca no debía ser mi suerte.Este año, habrá que poner más aceite aún para que las lechuzas dejen descansar a las ánimas.

 

 

 

 

 

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