72. Aceitunas de colores

Laura Gubbay

 

Mi familia es un clan ruidoso y divertido. Tíos, sobrinos, abuelos y hasta parientes lejanos, cada vez que se juntan, —cenas, cumpleaños o lo que sea— no se cansan de contar historias del campo de olivos que tienen en Catamarca, una provincia del noroeste de Argentina. Según dicen, ese amor por los olivos lo heredaron de sus antepasados, que … también son los míos. Pero lo más raro, es que aseguran, con los ojos brillantes de emoción, que de los frutos de esos árboles obtienen: ¡“oro líquido”!
Hace justo un año convencí a mis abuelos de que me llevaran al campo. Tanto había escuchado hablar de ese lugar que parecía ser mágico, que tenía ganas de conocerlo. Además, eso del “oro líquido”, me intrigaba.

Un día, mientras la abuela me fue a buscar al colegio para llevarme a hockey, me hizo sus preguntas de siempre:

—¿Qué materias tuviste hoy? ¿Qué están viendo en matemática?

Y como cada vez, llegó la que no puede faltar:

—Y… ¿te late el corazón?

La primera vez que me lo preguntó me asusté.

—¡Sí, abuela! Si no me latiera, estaría muerta —le dije.

Ella rió a carcajadas:

—Charo… ¡yo me refería al amor!

—Ah… no, abuelita, no me gusta nadie —le contesté otras veces, pero ese día dije: sí abuelita… me gusta Juan, un chico del colegio, pero es un secreto, no se lo cuentes a nadie…

Vi su cara de emoción, y aproveché para cambiar de tema:

—Abuelita, ¿te puedo pedir algo?

—¡Lo que quieras!

—Quiero que me lleves al campo. ¿Vamos?

—Pero… vas a estar sola ¿No te vas a aburrir?

—¡Sola no! Voy a estar con vos y con el abuelo.

—El campo está lejos, en Catamarca, son más de quince horas en autobús y después dos en camioneta.

—¡Me encantan los viajes largos!

—Primero tengo que hablar con tus padres, y con el abuelo.

Esa misma noche me mandó un audio de WhatsApp:

—Mi amor, ¡nos vamos el viernes al campo! Llevá ropa para calor y frío: los días son calurosos y las noches, heladas. Besos.

Preparé la valija con todo: ropa interior, calzas, shorts, remeras, buzos, una campera gruesa y un libro.

El viernes a la tarde, papá nos llevó a la terminal de Retiro. La gente iba de un lado a otro. Nos sentamos a esperar y, al rato, escuchamos: “Salida a Catamarca”. La abuela me agarró de la mano y me la apretó tan fuerte, que pensé que me iba a romper los dedos. El abuelo iba solo, adelante.

En el viaje cenamos los sándwiches que ella había preparado. Antes de que apagaran las luces, me dormí. Me desperté con el sol en la cara. Faltaba poco para llegar.

 

Damián, el encargado del campo, nos esperaba en la terminal. Enseguida subimos a la camioneta. Me dolía la cola de tantas horas sentada en el autobús, así que, para olvidarme del dolor, me puse a mirar el paisaje. Había cactus por todos lados: con brazos, sin brazos, todos llenos de espinas.

El abuelo, que venía durmiendo, se despertó de golpe, miró por la ventana y dijo con voz ronca:

—¡Estos cactus son tan inteligentes! Como acá casi no llueve, guardan agua en sus cuerpos, la del rocío, o la de la poca lluvia que cae. ¿No los ves hinchados?

—¡Ahh! Entonces están inflados de agua, listos para beber cuando tengan sed.

—Sí, exacto —respondió dibujando una sonrisa en sus mejillas.

—Y… ¿por qué tienen espinas y no hojas?

—Las espinas… —Los ojos del abuelo empezaron a moverse hacia arriba como buscando en su cabeza la respuesta—. Las espinas, por un lado, son las sombrillas que protegen al cactus del sol, y por el otro, lo cuidan. Pinchan a aquellos animales que cuando tienen sed quieren morderlo para tomar sus jugos. Además, ¡no transpiran como las hojas!

Lo abracé, le di un beso en el cachete y le dije:

—¡Sos el abuelo más inteligente que conozco!

—Charito… ¡me hacés tan feliz!
Al llegar, al fin pude ver ese famoso lugar del que mi familia habla todo el tiempo: ese campo que ahora estaba delante de mí, ¡sí, rodeado de montañas y lleno de olivos cargados de aceitunas!

—En este campo se produce aceite y ese aceite se saca del fruto… —empezó a decir la abuela.

—Ya lo sé. Vos, el abuelo, mis papás, los tíos, todossss me contaron muchas veces que la aceituna es un fruto, y su jugo, el aceite. Pero… ¿cómo hacen para sacar ese aceite que está escondido dentro de las aceitunas? ¿Las exprimen con un exprimidor? ¿Las aplastan y después las cuelan?

—Ya vas a ver… —dijo el abuelo, haciéndose el misterioso.

No me hice mucho problema, en algún momento me iba a enterar. Lo importante era que estaba ahí, rodeada de olivos con ramas encorvadas de tanto cargar peso.

Miré bien los tronco, y al pie de cada uno vi algo extraño, algo muy raro: ¡mangueras!

—¡¿Y eso?! —dije, señalando con el dedo.

La abuela contestó como si hubiera estado esperando mi pregunta:

—Cuando llegamos aquí por primera vez, era un desierto. Soñábamos en verlo convertido en un oasis de olivos. Pero… en esta zona no llueve casi nunca, y los olivos para crecer, necesitan agua. Así que plantamos olivos bebes y buscamos el agua que dormía en las profundidades de la tierra, y la hicimos subir. Y través de esas mangueras con agujeritos, les dimos de beber.

—¿Hay agua en las profundidades de la tierra? —pregunté sorprendida.

—Sí. Allí abajo hay ríos que no se ven. Bueno, te sigo contando: esos olivos pequeñitos se fueron convirtiendo en árboles grandes y fuertes. Pero, igual que nosotros, necesitan agua toda su vida. Por eso, aunque ya son adultos, las mangueras siguen llevándoles el alimento.

 

De pronto, las gotas empezaron a brotar. ¡Parecían salir de una mamadera!
La abuela seguía hablando y yo trataba de escuchar todo lo que decía, pero mi mirada se escapaba hacia el suelo: ¡era arenoso, como una playa sin mar! Y sin darme cuenta, empecé a hacer la vertical y la medialuna mientras oía cosas de Catamarca y los olivos. La abuela me vio hacer piruetas y sus carcajadas se oyeron hasta la ruta… deben haberla escuchado hasta los cactus inflados.
Después caminamos hacia la casa, para almorzar. Comimos empanadas y, cuando terminamos, los abuelos se fueron a descansar.

Mientras dormían su siesta, me fui a dar vueltas por el campo. Iba distraída, mirando el cielo y los árboles. De repente escuché un ruido tremendo. Miré y… ¡algo muy grande avanzaba hacia mí!

Me tapé los ojos, no quería ver. ¿Qué era? ¡¿Un monstruo?! Se movía dando zancadas que hacían temblar la tierra.

De pronto, oí una melodía que se acercaba. Era la voz de Damián… ¡cantaba! ¡¿No se daba cuenta del peligro?!

—¿Qué hace acá ese monstruo? ¡La tierra se va a abrir! —le dije temblando.

— No es un monstruo: ¡Es la máquina cosechadora de aceitunas! —dijo Damián, divertido.

—¡Me da miedo!

—¿Miedo? Ja, ja, ja, ja. La máquina no anda sola por ahí. Es como un camión que tiene… algo parecido a unos brazos que sacan las aceitunas de los árboles.

—¡¿Un camión con brazos?!

—Te voy a contar cómo trabaja: se mete alrededor de los olivos, y esos brazos mueven las ramas y las aceitunas saltan como ranitas a un cajón que tiene la máquina. Pero… hay otra manera de cosecharlas. ¿Querés ver?

—¡Claro! —dije más tranquila, porque eso que parecía un monstruo, ya se había ido.

—Vení, vamos a buscar un rastrillo.

Mientras andábamos por el campo, vi olivos con aceitunas verdes (como las de la pizza), moradas, y negras (como las que le gustan a papá), y… ¡todas en un mismo árbol multicolor!

—¿Cómo es que en un mismo árbol hay aceitunas de tres colores diferentes? Y esas medias violetas… ¡qué raras! Nunca vi de ese color.

—Bueno, las verdes son las más jovencitas; las moradas o violáceas, las adolescentes; y las negras, las adultas. Nacen todas verdes, pero no maduran al mismo tiempo, algunas son más remolonas que otras. ¡Así es la naturaleza!

Con rastrillo en mano me puse a cosechar, e iba guardando las aceitunas en un canasto de plástico. Estaba en eso cuando apareció la abuela, un poco despeinada.

—¡Hace una hora que te busco! ¡Estaba asustada! ¿Y ese rastrillo?

—Estoy trabajando —dije muy seria.

La abuela rió y enseguida dijo:

—¡El abuelo te quiere mostrar algo!

—La llevo en el tractor —propuso Damián.

Me sentía supercontenta, siempre quise ir arriba de uno de esos. Damián no sólo me llevó, sino que me dejó manejarlo. Sentada ahí en la cabina ¡veía todo el campo! La abuela prefirió ir a pie.

Después de un rato estábamos las dos frente a un gran galpón con varias máquinas afuera y adentro. El abuelo nos esperaba.

—Te voy a explicar cómo se extrae ese jugo —¡hablaba tan serio y concentrado!

Había llegado el momento de ver cómo se saca el aceite de la aceituna. Abrí los ojos bien grandes y también los oídos, para no perderme nada.

—Ese es el molino —dijo el abuelo, señalando una de las máquinas de afuera—. Rompe las aceitunas para que liberen el aceite que contienen. Ellas lo fabrican y lo guardan en vacuolas, que son como pequeñas bolsitas que se encuentran en la pulpa, la parte carnosa que nosotros comemos. Después, todas esas aceitunas rotas se mezclan y se forma una pasta.

—Y… ¿cuándo se saca el carozo?

—No se saca —dijo el abuelo—, el carozo también se rompe. Y ahora, a ponerse un delantal, una cofia y cubrecalzados porque vamos a pasar a la zona limpia.

Me puse todo eso… ¡parecía una marciana! Los abuelos me miraron y comenzaron a reír sin parar. Nos lavamos las manos y entramos.

Ya adentro, el abuelo siguió con su explicación.

—Esa pasta pasa por dos centrífugas que dan vueltas y vueltas, como cuando el lavarropas centrifuga la ropa. En la primera, en esos giros rápidos, separa lo sólido: cáscara, carozo y pulpa; de lo líquido: agua y aceite.

—¡¿Las aceitunas tienen agua?!

—¡Todas las plantas y animales tienen! ¡Vos también!

—¿De verdad?

—¡Cuántas cosas por aprender, mi pequeña!

—¿Y qué más?

—Después, otra centrífuga, justo esta que está frente a nosotros, separa el agua del aceite! ¡Ese, ese que estás viendo, es el jugo de la aceituna: el oro líquido!

Y vi salir de esa máquina el oro líquido. Lo probé: ¡riquísimo! Yo lo veía más verde que dorado, pero no dije nada para no desilusionar al abuelo.

Volvimos a la casa. Estaba cansada y feliz a la vez… y mientras seguía saboreando el oro líquido (verde), disfrutaba mirando al abuelo tan orgulloso y contento.

Antes de dormir, llamé a Naomi, una de mis amigas, y le conté que había bebido oro.

—Te afectó el sol, amiga —dijo muy seria—. El oro no se bebe.

—¡Yo sí lo tomé!

Casi sin parar, le conté lo que había vivido.

—¡Ahora yo quiero conocer el campo! —dijo Naomi cuando nos despedimos.

Al día siguiente me desperté temprano, y mientras miraba por la ventana, vi las aceitunas de colores brillar con la luz del sol. Había llegado el momento volver a la ciudad. Sabía que iba a extrañar mis días en el campo con los abuelos, esos días donde había descubierto los secretos de ese árbol milenario que, de alguna manera, también era parte de mí: el olivo.

 

Desde entonces, cada vez que pongo aceite en la ensalada, vuelvo a ver el fruto en el árbol, el monstruo… mejor dicho, la cosechadora haciendo bailar al olivo y las aceitunas desprendiéndose. También veo el molino rompiendo el fruto y esas centrífugas dando vueltas a toda velocidad para extraer el aceite.

Ya pasó un año de mi viaje. Los olivos están otra vez cargados de aceitunas. Estoy esperando a los abuelos para ir al campo y esta vez vamos a ser más de tres. Me van a acompañar la profe de Ciencias, todo mi grado, mi amiga Naomi y mi hermana Violeta. Estamos todos en el patio de la escuela, cada uno con su bolsa de dormir, su vianda para la cena y las valijas llenas con ropa de verano y también de invierno. El autobús ya está en la puerta del colegio, listo para emprender el maravilloso viaje al mundo de los olivos, las aceitunas de colores y el oro líquido.

 

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad