69. Tras el milagro verde

Juani Torija Tamayo

 

Así era el lugar de trabajo de Marcus: una botica perfectamente ordenada y llena de frascos de vidrio y cerámica debidamente etiquetados y alineados en los estantes, como un centro de experimentación donde la ciencia y el arte se combinan a la perfección. Su anhelo por dominar la naturaleza y hallar remedios para cuerpo y alma era algo místico y guiaba sus pasos a lo largo de su vida. Había recorrido por ello medio mundo, lugares lejanos y recónditos en busca de las hierbas locales y las especias más exóticas que le permitieran elaborar las pócimas o ungüentos más eficaces: lavanda para calmar los nervios, mandrágora para aliviar dolores, caléndula para tratar heridas, estragón para combatir el insomnio… y un sinfín de plantas medicinales cuyo cultivo, sabor y propiedades conocía a la perfección. Mitad científico, mitad herbolario y hay quien incluso lo calificaba de mago, siendo ello un reproche o un halago, según el resultado obtenido con el remedio prescrito.

En sus armarios y repisas siempre había un hueco para nuevas fórmulas magistrales y un espacio reservado en su banco de trabajo para nuevas técnicas de destilación o decantación. Ajustadas sus gafas y anudado el delantal, atusaba su blanca y frondosa barba mientras a la luz de una vela trataba de transformar lo ordinario en extraordinario.

Su capacidad de asombro era infinita y en la actualidad se hallaba inmerso en un proyecto muy resbaladizo. Se había hecho eco de las bondades de un afamado fruto traído de al-Ándalus y embudos, botellas, vasos y demás material de su botica estaban dedicados única y exclusivamente a la elaboración de medicinas, perfumes o bálsamos a partir de un único principio activo: el aceite que de él se extraía. Sobre una rudimentaria bandeja de laboratorio tenía las aceitunas que, cuando aquella mañana intentó alcanzar uno de sus pergaminos con signos indescifrables, se derramaron sobre la mesa. Como bailarinas inquietas en su afán de danzar, giraron alegremente hasta alcanzar el suelo empedrado. Envuelto en su larga y raída túnica y pisando torpemente con sus humildes sandalias, tratando de alcanzarlas también él cayó al suelo.

Conseguirlas había sido muy costoso y arriesgado. Se había embarcado en un viaje largo y duro hacia aquella lejana tierra con escaso equipaje, sufriendo las inclemencias del tiempo, viéndose incluso obligado a mendigar la caridad de los que con él se cruzaban tras sufrir un robo de manos de unos comerciantes de alfombras que coincidieron con él en el camino. Decían dirigirse al mimo lugar y se ofrecieron a acompañarlo para hacer más llevadero el viaje. Las intenciones de ambos no eran las mismas y cuando llegó la noche, aprovechando la oscuridad, lo asaltaron sin consideración abandonándolo a su suerte. Continuó a la mañana siguiente orientándose con el sol, las estrellas y la luna, y a medida que pasaban los días intuía que estaba cerca de su destino hasta que su vista, aunque cansada, se perdió en el horizonte alcanzando a ver únicamente un mar de olivos, certificando lo que ya presumía. Supo entonces que había llegado. Unos tímidos rayos de sol, a pesar de encontrarse ya en el mes de octubre, iluminaban la tierra roja; y un agradable y envolvente aroma, terminaron enamorándolo del que consideró el más bello paisaje sobre la faz de la tierra.

En las inmediaciones de la ciudad hacia la que se dirigía, al atardecer, divisó una alquería sobre la ladera de la montaña y guio sus pasos hacia allí para poder descansar. Se sacudió el polvo del camino y se dejó caer sobre unos sacos pero, unas tinajas amontonadas en un rincón llamaron su atención. En su interior, un líquido oleoso y suave al tacto despertó su instinto alquimista. Percibió entonces el dolor de sus pies y acto seguido los untó con aquel jugo sintiendo al momento cómo se aliviaban sus heridas. Tomó una muestra y la envasó en un pequeño frasco que envolvió entre sus ropas para que no se rompiera. A la mañana siguiente, aliviado, continuó su viaje. Nada más llegar a la ciudad, fue testigo del bullicio de la gente en el mercado y del sonido del agua cantarina como música de fondo de aquel enigmático lugar que transpiraba influjo musulmán en su cultura, arte o ciencia y del que inmediatamente supo que tenía mucho que aprender.

Pronto se instaló en un callejón oscuro para pasar desapercibido, alejado del centro de la población para no llamar la atención; y con las esencias y lociones curativas que había traído consigo, y que desconfiando de los comerciantes que lo asaltaron escondió tras unas piedras salvándolas del saqueo, comenzó a aliviar males menores como sanar ligeras molestias abdominales, enrojecimientos de la piel o calmar algún dolor de muelas.

Marcus se encontraba un día en el mercado y un carro cargado de unos frutos que no reconoció, debido a la irregularidad del terreno, dejó caer alguno de ellos.

— ¡Son aceitunas! —Le explicó un muchacho que estaba junto a él al ver su cara de desconcierto. Las recogió. Las olfateó. Las mordisqueó. Intrigado, aplicó sus conocimientos y obtuvo unas gotas viscosas que le recordaron el bálsamo que suavizó sus pies. — ¡Éste debe ser el famoso aceite! — pensó. Y concluyó que necesitaría más cantidad de aquel fruto para continuar conociendo sus propiedades.

Regresó al día siguiente y esperó a que apareciera de nuevo el carro. Lo siguió hasta que se detuvo al final de la plaza frente a unos grandes portones de madera que se abrieron para dejarlo entrar y en su interior tan solo pudo llegar a apreciar un gran patio con una incesante actividad y grandes montones de aceitunas sobre el suelo. Las puertas se cerraron y su sed de conocimiento lo llevó a ingeniar un plan.  Buscó al muchacho que el día anterior había hablado con él, un pícaro mozalbete que se pasaba el día en la calle y al que estaba seguro que ofreciéndole unas cuantas monedas haría cualquier trabajo que se le encargara. El pilluelo se coló hábilmente en aquel patio escondido en los bajos de un carro y llenó unos sacos de lo que para Marcus eran piedras preciosas, de un color verde intenso y con un extraordinario valor. Todo iba bien, hasta que llegó el momento de la huida. Habían pasado por alto un pequeño detalle: la corta edad del infante y el elevado peso de los sacos que una vez llenos arrastró como pudo hasta un boquete que había en la parte trasera, con la mala fortuna de que lo descubrieron en ese momento. Marcus, que se encontraba al otro lado del muro aguardando el desenlace de aquel desatino, tuvo que intervenir tirando del muchacho que había quedado atrapado en el estrecho hueco y que una vez liberado, salió corriendo como alma que lleva el diablo. No volvió a verlo más, pero a él, cargado con los sacos, no tardaron en alcanzarlo. Lo condenaron por robo y le impusieron como pena la amputación de una mano, lo que le impediría continuar con su meticuloso trabajo en el laboratorio. Sin posibilidad de indulto ni perdón, resignado, aguardaba su destino preso en una celda. La oscuridad y la humedad de aquel lugar hizo que perdiera la noción del tiempo y comenzó a delirar. En su delirio se veía completamente extenuado y con una delgadez extrema alimentándose solo de aceite para deslizarse escurridizo entre los barrotes de la prisión consiguiendo la libertad. Hasta que llegó el día. Acompañado del verdugo y como si de una procesión se tratase, una comitiva lo custodió hasta llegar a la plaza del pueblo de forma que la ejecución de la pena sirviera como escarmiento para el delincuente y como advertencia para el resto de la población. Se detuvieron frente a un poste de madera y tras colocar la mano derecha sobre él, sin más preámbulo, el frío y afilado filo del hacha brilló en sentido ascendente para coger impulso. El verdugo tomó aire. Marcus contuvo la respiración. De sus vestiduras, de forma inesperada cayó al suelo una aceituna que debió haber quedado enredada entre los pliegues, como prueba del delito, como testigo llamado a declarar contra el acusado, distrayendo al verdugo que al dejar caer el hacha, erró en el golpe y perdió el equilibrio.

Marcus se incorporó aturdido, sobre un charco de aceite y con un fuerte golpe en la cabeza. Inmediatamente buscó su mano derecha y respiró aliviado al comprobar que continuaba allí. Con su instrumental de trabajo desordenado, los pergaminos emborronados y manchas de grasa en sus ropas, dudó a cerca de lo ocurrido, sin tener la certeza de que hubiera sido real o si se debió solo a su imaginación. Sin poder conciliar el sueño, pasaban los días y las noches y se debatía con desasosiego entre el fatal recuerdo de una realidad vivida o el sueño de un anhelo, de un deseo, de una maravillosa experiencia rumbo hacia un exótico lugar en busca de lo que cariñosamente llamaba “el milagro verde”. Y tras muchas cavilaciones, acariciando su mano derecha, decidió con vehemencia que sí, que valía la pena pese a los peligros que aquella aventura podía suponer y que pesaban más lo prodigios de aquel fruto que las posibles hostilidades sufridas en aquel envite.  Aceptado el reto y confiando estar de vuelta una vez cumplido su propósito, cerró con decisión la puerta quedando la botica en silencio, a oscuras, y un pequeño frasco aguardaría su regreso reposando tranquilo en los ordenados estantes junto al resto de muestras conseguidas a lo largo de su vida, como pedacitos de su memoria, tan gastada como su túnica, con una etiqueta escrita en mayúsculas que dice “ACEITE DE YAYYAN”.

 

 

 

 

 

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