66. En el corazón de la aceituna

Claudio Campacci

 

Cuando llegué al bosque de olivos, el sol aún acariciaba las ramas retorcidas. En el aire, el perfume dulce de la aceituna madura guiaba mis pasos. Cada árbol era un guardián de historias: de madres que esperaban el invierno, de hijos que aprendieron a cosechar con dedos delicados. Apreté una aceituna, sentí su peso, su promesa de oro líquido. Entonces comprendí: esta tierra no es solo tierra, es memoria líquida.
Escuché el crujido de las hojas secas bajo mis pies, como si los ancestros susurraran desde la raíz. Pensé en las manos que podaron esas ramas, en las canciones que acompañaban las faenas, en las lágrimas que cayeron sobre la tierra reseca.
“Bébeme”, susurró la princesa verde, y tragué su futuro. El aceite se deshizo en mi lengua como un testimonio sagrado. En esas gotas descubrí el pasado de quienes amaron la tierra y el futuro de quienes, como yo, saben que amar el olivar es amar el tiempo.
Desde entonces, cada vez que pruebo un buen aceite, no solo saboreo su fruto: escucho las voces que el viento dejó entre las hojas plateadas. Y me siento parte de algo eterno.

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