65. Lubricante para sueños

El intruso

 

Primero, con las manos bien empapadas en el plato de barro, repasaba el cabello. Mesaba con cuidado hasta el último pelo, mientras me explicaba lentamente:

“en las tres generaciones que pude conocer, nunca hubo un problema de alopecia. A todos sus miembros los enterramos con una buena mata sobre la cabeza”.

Después, con los sobrantes, se frotaba el rostro, el cuello y los brazos. Luego, volvía a empapar sus manos para frotar el resto del cuerpo, salvo las partes intimas cubiertas, como estaban, por un calzón de esos que solo usan las personas que no son de este tiempo. Tras esto y, como colofón al ritual, se servía un chupito y lo engullía sin prolegómeno alguno.

“Los cuerpos, funcionan mejor cuando están bien lubricados. No sé si duramos más que otros pero, mientras estamos, somos, sin pausa. Entiendo que a ti, todo esto, se te queda corto. La almazara no da para cubrir tus sueños y… Me parece bien. Lo mejor es que salgas ahí afuera y los persigas sin descanso. Esa ilusión, será tu mejor alimento. Pero eso sí, cualquier alimento que se precie, crecerá, con unas gotas de este aceite. No lo olvides”.

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