63. Arborecer

Inmaculada Cortés García

 

Quiero dejar de ser humana, ¡reniego de la humanidad!

Estoy desilusionada, harta y cansada de tanta hipocresía, mentiras y mezquindad. Somos tan egoístas, que solo pensamos en nuestra comodidad, en nuestro individualismo, aunque perjudiquemos a los demás y a la naturaleza.

Hemos creado unas enormes diferencias entre unas personas y otras. Una gran parte de la población mundial vive en la pobreza y no tienen cubiertas sus necesidades imprescindibles.

En nuestra sociedad, perduran muchas situaciones de conflicto y violencia. Perviven guerras que conllevan muertes, sufrimiento y destrucción. Además, somos esclavos de la tecnología. Estamos alelados mirando al móvil durante horas.

Por estos y muchos más motivos, quiero dejar de ser humana. En cambio, me encantaría convertirme en otro ser vivo, por ejemplo, en un árbol. Sí, habéis leído bien, no pongáis esa cara de sorpresa. ¡En un árbol! Y por muchas razones. Porque purifican el aire y reducen la temperatura, producen oxígeno y absorben dióxido de carbono. Son el refugio para muchos animales, embellecen los paisajes, y por todo esto, mejoran nuestro estado de ánimo y nos conectan con la naturaleza.

Me maravillo con todos los árboles, que son singulares y únicos, cada uno con sus historias, y con los que todos tenemos una intensa implicación afectiva, porque debajo de sus ramas hemos jugado, nos hemos enamorado, nos hemos besado, hemos descansado. Ellos han sido testigos de nuestra evolución como sociedad y como personas a nivel individual. Nos han conocido desde que éramos bebés, sus ramas han crecido a la vez que nuestros cuerpos. Han seguido nuestra adolescencia, madurez y vejez. Y han escuchado nuestros secretos. ¡Ay, si los árboles hablaran!

Podría transformarme en cualquier árbol, porque tengo muchas opciones para elegir entre tanta variedad.

Uno de mis árboles favoritos es el árbol de los chupetes, que está en muchas ciudades, al lado de parques o de escuelas infantiles. Me chiflan esos árboles, en los que se cuelgan los chupetes cuando los dejan de usar los bebés, al convertirse en niños más mayores. Es todo un símbolo de crecimiento y de madurez. Además, el color de cada chupete significa suerte: rojo en el amor, azul en el dinero, rosa en los estudios. Si me transformara en el árbol de los chupetes, estaría siempre rodeada de niños, de alegría, de risas, con sus juegos y sus caras asombradas. Quizá también me encontraría con algún llanto o algún “puchero”, cuando abandonaran su entrañable chupete.

Otro de los árboles que me encanta es la centenaria araucaria. Estaría genial convertirme en una araucaria, debe ser una experiencia mágica, ya que es un árbol sagrado, de los más antiguos sobre la faz de la Tierra. Esto es posible porque tiene un crecimiento lento y una gran longevidad.

También me encantan los palmerales, porque son tan variados que tienen muchas especies diferentes. Nunca pensé que pudiera haber tantos tipos distintos de palmeras. Antes, todas me parecían iguales, hasta que comencé a observarlas con detenimiento. Las palmeras destacan porque son esbeltas y garbosas. Yo también me vuelvo esbelta al contemplarlas, como escribió el poeta Miguel Hernández: “alto soy de mirar las palmeras”. Todas tienen nombres muy sugerentes, como las del vino de la India, las de cola de pescado o las de la miel. Las palmeras simbolizan aspectos tan positivos como la prosperidad y la fertilidad.

¿Qué os parece si me convierto en el árbol con el colorido más elegante de la primavera? Si no lo adivináis, os diré que es la jacaranda, que con sus flores moradas colorea las calles entre los meses de abril y mayo. Representa un símbolo de feminidad y la unión de la esencia entre la naturaleza y las mujeres.

También disfrutaría mucho si me transformara en un pino. Así siempre gozaría de un aroma especial, con la fragancia única de los pinares, bien cuando los calienta el sol o bien cuando llueve, con ese entrañable olor a tierra mojada. Mis ramas servirían de hospedaje para los pequeños animales que buscan albergue, como pájaros, ratones, lagartijas. Me sentiría siempre muy bien acompañada.

Si yo fuera cualquier árbol centenario de cualquier ciudad o pueblo, sería el mejor testigo de su historia y evolución, desde las antiguas casitas bajas hasta los más modernos edificios altos, desde las callejuelas estrechas hasta las anchas avenidas llenas de coches. Y, sobre todo, los árboles centenarios han sido espectadores del cambio de una vida antaño más tranquila y pausada al ritmo de ahora más rápido y frenético.

¡Ay, cuánto me gustaría ser un ciprés de los cementerios! Sería el guardián del descanso eterno de nuestros antepasados fallecidos, para mantener vivo su recuerdo. La silueta de los cipreses se recorta en el perfil del paisaje de los pueblos. Nos dan la bienvenida al llegar y nos despiden al marcharnos. Sobre los cementerios, Luis Cernuda escribió en su Elegía anticipada que son los lugares donde “hay paz contemplativa, calma entera”. Es cierto que nos provocan sensación de sosiego y tranquilidad.

Estoy disfrutando al recordar y recopilar con pasión mis árboles más queridos, como un viaje nostálgico, tanto en el espacio como en el tiempo, para evocar mis raíces familiares. Los árboles me susurran, me hablan, sin necesidad de pronunciar palabras. Anhelo oler su aroma, rodear sus troncos con mis brazos, fundirme con ellos al tocar la rugosidad de su corteza. Me gustaría que mis pies se convirtieran en sus raíces al adentrarse en esta fértil tierra, que mis brazos fueran sus ramas bamboleadas por el viento ábrego. Y ser un árbol tan alto, tan alto, que desde mi copa pudiera contemplar todo el paisaje, para observar a todos mis paisanos, desde los bebés hasta los ancianos, y ser el vigilante de sus idas y venidas, de sus penas y alegrías.

Por mis raíces mediterráneas, definitivamente elijo el árbol en el que me gustaría convertirme: en un olivo, porque está ligado desde siempre a mi familia. Los olivos representan la longevidad y la resistencia, la fortaleza y la paz. Admiro la sabiduría de sus ramas, la paz de su sombra y la fuerza de sus raíces. Han sido los testigos del trabajo duro de muchas generaciones de aceituneros, como mis antepasados. Quiero sentir la compañía de las cuadrillas al comenzar la faena. Anhelo percibir sus manos acariciando y recogiendo mis frutos, mi pequeño pero preciado tesoro. Parece que escucho sus voces al llegar, sus murmullos al trajinar y sus silencios tras la sufrida jornada de trabajo. Huelo sus sudores después de acarrear los paños repletos de aceitunas, para llenar y transportar los sacos. También siento sus tiriteras en los helados días de la recogida, con la escarcha y la niebla. Escucho sus risas al bromear entre ellos, pero también sus lágrimas cuando ven la cosecha perdida o cuando añoran a los que ya no están. Porque los olivos han sido parte importante de la vida de anteriores generaciones, desde mis bisabuelos, abuelos y padres.

Quiero enraizarme en la tierra, para que mis pies no sólo la pisen, sino que la abracen, convertidos en raíces. Cada arruga de mi tronco significará una experiencia vivida. Así aprenderé de la paciencia de las aceitunas, que se van madurando a su amor. Mi alma se llenará de su savia. Quiero permanecer como los olivos longevos a través de los años.

Percibo los olivos con toda la intensidad de mis cinco sentidos: con mi tacto, noto la rugosidad de su tronco, recubierto de protuberancias, y la textura aterciopelada de sus hojas por el revés. Con mi vista observo distintos claroscuros según refleja la luz del sol, las tonalidades grises del tronco, las hojas verdes grisáceas en el haz y más claras en el envés. Con el olfato huelo una mezcolanza suave entre la madera y la savia, el aroma a tierra seca o mojada y ese olor fétido a alpechín, inconfundible, que permanece en la memoria olfativa aunque haya transcurrido mucho tiempo. Con mis oídos escucho el susurro de sus hojas cuando las mueve el viento, como un sutil murmullo. Con la aceituna recién cogida del árbol, nuestro gusto se llena de amargor. Al probar la aceituna tras el paciente proceso de curado, nos ofrece una sensación untuosa intensa.

Disfrutaré de ser un olivo en todas las estaciones del año. En primavera me brotarán nuevas hojas esmeraldas y nacerán mis flores nacaradas en racimo, que en verano darán paso a pequeños frutos que crecerán y endurecerán su hueso. En otoño, mis ramas se inclinarán con el peso del fruto maduro y traeré el envero para cambiar la tonalidad de mis aceitunas desde el verde hasta el morado y el negro. En invierno me mantendré en un fructífero letargo, resistiendo heladas y escarchas. Mi corteza agrietada será la muestra de mi resistencia. A final del invierno o principios de primavera, acumularé el ramón resultante de la poda, apilado junto a los senderos.

Hay una fauna muy variada que vive y acompaña a los campos de olivos. Los conejos, en sus madrigueras, cosquillean alrededor de sus raíces. Los mochuelos se mimetizan en el ramaje para cazar al alba o al atardecer. Las cabras ramonean las hojas con placer.  Los alzacolas contornean las plumas rojizas de su cola al posarse en las ramas más altas. Desde ellas divisan los campos de olivares alineados hacia el horizonte como símbolo del futuro que está por llegar.

Si los olivos hablaran, nos dictarían sabios refranes distribuidos entre sus extendidas raíces, contorneados a lo largo de los surcos del tronco y retorcidos en las curvas de sus ramas.

Mientras escribo este relato en el ordenador, estoy percibiendo una sensación extraña. En los dedos de mis pies noto un hormigueo palpitante. Los observo por fuera de mis sandalias y parece que comienzan a estirarse. Ahora, la espalda me pica con desazón. De forma instintiva, me rasco, y mi piel está rugosa y áspera. Me remuevo intranquila en la silla. Percibo un olor que me resulta agradable. ¿Qué será? Me recuerda a algo conocido. ¡Huelo a madera! Y también huelo gratamente a aceite. Los dedos de mis pies están cada vez más alargados, como si fueran raíces.  Mis brazos se van quedando agarrotados y mis manos entumecidas. Tengo que dejar de escribir porque en las yemas de mis dedos están brotando unos tallos premonitorios de hojas lanceoladas como las de los olivos.

Piensa bien cuando pidas un deseo, porque, cuando menos te lo esperas, los deseos se convierten en realidad.

 

 

 

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