60. Por una navaja

Leyre Zárate Álvarez

 

Hakim era un joven e inexperto temporero que había llegado por primera vez al olivar del said (señor) Mohammed Ziani que se extendía sobre las colinas de Tetuán. Tras una semana de trabajo, ya había aprendido que la jornada no terminaba hasta después de, no solo haber recogido todas las cestas, sacos y mantas, sino también de haberse asegurado de que no había quedado ni una sola aceituna desparramada bajo los olivos ordeñados y vareados ese día.

El sol comenzaba a ocultarse en el corazón de la montañosa región del Rif, tiñendo el cielo de infinidad de intensos tonos anaranjados que se extendían como un abanico de fuego sobre aquellas imponentes y majestuosas cordilleras.

La luz rasante del atardecer resaltaba cada pliegue de las laderas, cada oquedad, cada grieta y cada sendero que las recorría. A medida que iban pasando las horas, todo se iba iluminando de cálidos matices dorados para ir dando paso, poco a poco, a frías tonalidades púrpuras.

El viento bajaba desde las alturas, trayendo consigo un frescor que se deslizaba entre las largas hileras de olivos que parecía querer animar a los temporeros que trajinaban con premura para poder terminar la cosecha de la aceituna tras una dura jornada.

Bajo la verde y densa cúpula de hojas del mar de olivas que lo cubría todo, aparecía orgullosa la seca y agreste tierra que las alimentaba. A esas horas, sobre ella se reflejaban alargadas las sombras de los jornaleros.

Entre ellas, la del joven Hakim.

A pesar de su corpulencia, nadie sabía que era el benjamín del grupo: apenas contaba con quince años. Al quedar huérfano de padre y ser el primogénito, esta era la única forma de seguir manteniendo a su madre y a sus tres hermanas. A ellas sí que no las podía fallar. Esa fue la promesa que le hizo a su padre antes de morir.

De camino de vuelta al almacén —que también hacía las veces de una precaria vivienda colectiva para todos ellos — para desempacar, pesar las aceitunas y comprobar que todos los utensilios estaban en buen estado para el día siguiente, Hakim no los acompañó. Prefirió seguir bajo los olivos, embriagado por el aroma terroso de las aceitunas maduras que aún quedaban por cosechar las próximas jornadas. Era una fragancia salada y penetrante que perfumaba el aire y la piel.

Tal y como se lo había descrito su padre.

Al rezagarse del grupo, Hakim era consciente de que corría el riesgo de quedarse sin cena. Sabía que si llegaba tarde, apenas quedarían restos de pan, de queso y del guiso del día. Aunque las raciones fueran abundantes, más lo era el hambre con el que volvían los jornaleros cada atardecer.

Comer no era lo que más le importaba al barbilampiño de Hakim.

A lo que sí llegaba siempre a tiempo era a recibir su jornal.

Esa tarde, sin saber muy bien por qué, se dirigió hacia una zona del olivar a la que nunca habían ido a varear. Mientras caminaba el cielo era cada vez más añil, las montañas más escarlata y la brisa más fresca.

Fascinado por todo ello, no se había dado cuenta de que sus pasos lo habían llevado hacia un claro, desde el que tenía frente a sí la casa de la familia Ziani, un lugar que sabía que debía evitar por orden expresa de Rachid, el capataz.

Era ya demasiado tarde cuando salió de aquel éxtasis de los sentidos que lo había hipnotizado desde que se separó de sus compañeros.

Frente a la morada de su patrón, pero oculto tras un pequeño cobertizo anejo fue donde Hakim la vio por primera vez.

Descalza sobre la tierra y vestida con una ligera túnica blanca, sin cubrirse brazos ni cabeza, la mujer acariciaba la corteza de un olivo. Parecía estar musitándole palabras, al tiempo que lo besaba. A ratos se separaba de él para iniciar una danza del vientre mientras canturreaba una melodía, con una voz extremadamente dulce, que no alcanzaba a comprender. Irradiaba toda ella un magnetismo que hacía imposible dejar de admirarla.

Tal y como se lo había descrito su padre.

Lo que captó la atención de Hakim no fue solo la belleza de aquella mujer, sino la hermosa navaja que colgaba de su cintura. Su mango de marfil e incrustaciones relucía, iluminado por la cobriza luz de poniente, acompasando sus ondulantes pasos al mover las caderas y el abdomen.

Hakim no supo cuánto tiempo estuvo allí agazapado. De repente, al ponerse en pie y estirar los brazos, chocó bruscamente contra la puerta del cobertizo. La mujer dejó de bailar, levantó la vista al instante y se encontró con la mirada temerosa de Hakim. Los ojos de ella, oscuros como aceitunas, no parecieron sorprenderse.

Alcanzó su chilaba y se cubrió con ella mientras se le acercaba.

Hakim hubiera querido poner pies en polvorosa, pero el miedo lo tenía paralizado.

—¿Trabajas en el olivar, jovencito? —le preguntó, con una sonrisa que habría hecho perder el sentido a cualquier hombre, a pesar de que ella pudiera tener la misma edad que su madre.

—Sí, claro que sí —respondió Hakim como hipnotizado, tartamudeando e incapaz de apartar la vista de la mirada oscura y penetrante de aquella mujer.

—No te había visto nunca por aquí, jovencito. ¿Cómo te llamas? —volvió a preguntarle sin dejar de sonreír.

—Es la primera vez que vengo a Tetuán a trabajar. Bueno, y también la primera que trabajo.

—Bienvenido seas, Hakim. Mi nombre es Yousra.

—¿La mujer del said Mohammed Ziani? —le preguntó, fingiendo que no sabía quién era.

—Sí, claro. Y esta es mi casa.

—¡Perdone mi atrevimiento, saida (señora) Ziani! El atardecer era tan bello que me quise fundir con él y empecé a caminar. No debí acercarme tanto. Ya me lo advirtió el capataz Rachid. Lo siento de todo corazón. Discúlpeme, de verdad —murmuró Hakim bajando la mirada al suelo, mientras fingía estar avergonzado.

—Tranquilo, jovencito. No tienes por qué disculparte.

—No quería interrumpir su paz ni su espacio. Me voy ahora, no volveré a molestarle, saida No me acercaré a su casa nunca más.

Sin esperar respuesta, Hakim bajó los ojos al suelo mientras su corazón latía desbocado, atemorizado ante la idea de que su capataz se enterara.

Dio un paso atrás, se giró y comenzó a correr. A punto de oscurecer, sus pupilas dilatadas fueron capaces de absorber los últimos minutos de claridad. Desapareció entre las sombras del olivar camino del almacén donde ya habría cenado el resto de su fárfara. Confiaba en que le hubieran dejado algo.

Hakim no recibió ninguna reprimenda por parte del capataz Rachid. Mientras tanto, aprendía rápido y trabajaba bien. Nadie hubiera dicho entonces que aquella fuera su primera campaña. Es más,  el capataz no hacía sino reconocer su capacidad de trabajo poniéndolo como ejemplo ante los demás temporeros. Hakim sabía en qué momentos hablar y en cuáles desaparecer entre los olivos. A Rachid no le interesaban los rostros de sus peones, solo las manos que trabajaban más rápido.

Los días fueron pasando y Hakim no lograba quitarse de la cabeza la imagen de aquella navaja. Estaba seguro de que era la de su abuelo. La que, de manos de su padre, debería haber pasado a las suyas. Antes de que muriera, también le prometió que haría todo lo posible por encontrarla.

La campaña había terminado esa tarde y, para celebrarlo, la cena había sido, no solo más abundante sino también más exquisita, a la que no faltaron los dulces. A la mañana siguiente los temporeros volverían a sus casas. Fatigados, pero con una buena cantidad de dinero con el que podría vivir cada familia durante muchos meses.

Hakim había ido posponiendo el momento, pero esa noche era la última oportunidad para acercarse a Yousra si quería recuperar la navaja de su padre.

Cuando estuvo seguro de que el resto de sus compañeros dormía ya, se deslizó en silencio y salió del almacén. A pesar del cansancio acumulado de las últimas semanas, la adrenalina del momento era lo único que le mantenía despierto y con los cinco sentidos alerta.

Hakim recordó las veces que su padre le contaba lo fascinante que era tumbarse bajo los olivos esas noches de luna llena y perderse en los pensamientos mirando las estrellas. Las brillantes crestas de las montañas competían en belleza con la quietud del olivar iluminado por aquel níveo resplandor.

Mientras caminaba a paso ligero oyó algo que se acercaba. Agazapado y oculto tras un olivo, vio una figura que se movía con agilidad. Pasó apenas a un par de metros de donde estaba él. No cabía duda: quienquiera que fuera se dirigía también hacia la casa de la familia Ziani.

El camino hacia la casa no era largo, pero a esas horas se le hizo eterno. Cada crujido bajo sus pies, cada ráfaga de viento colándose entre el mar de olivas, cada ulular sorpresivo, cada sonido de comadrejas y roedores que se aventuraban de caza esa noche lo hacía detenerse para mirar a su alrededor. Pero mientras caminaba, Hakim no vio nada ni a nadie más.

Al llegar al jardín que rodeaba la casa, Hakim cerró los ojos y, embriagado, respiró hondo varias veces. Un intenso aroma a jazmín lo envolvió.

Tal y como se lo había descrito su padre.

Una acalorada discusión lo sacó de aquel éxtasis olfativo. Una voz masculina y otra femenina que no podía distinguir se alternaban de manera brusca y sin cesar. Vio que una de las ventanas del segundo piso se abría. Una tenue luz iluminaba la estancia, pero no se veía a nadie.

Hakim rodeó el jardín en busca de un lugar para ubicarse en donde poder seguir observando sin ser visto. Agudizó el oído y reconoció las voces; Rachid el capataz y Yousra Ziani andaban a la gresca.

Hakim hubiera querido entrar, subir a la habitación y arrancarle a ese hombre de su lado, pero sabía que él no podía hacer eso. Se tranquilizó mientras se repetía varias veces que él quería hablar solo con Yousra y recuperar su navaja. Si la primera vez que se acercó a la casa Yousra no lo delató a su capataz, tampoco lo haría ahora. Esperaría hasta que se quedara sola.

La puerta estaba cerrada, pero vio que había una pequeña ventana entreabierta en la parte trasera de la casa. Era la de la cocina. Con cuidado, empujó el marco de madera y se deslizó dentro. Caminaba despacio en la penumbra intentando no hacer ruido. Subió las escaleras con cuidado hasta que llegó al pasillo que conducía a la habitación de la que salía luz por el quicio de una puerta entreabierta. Se acercó y se pegó a la pared. Contuvo la respiración y empezó a escuchar.

—¡Cobarde! Te has atrevido a entrar en mi casa solo porque sabías que mi marido estaría esta noche fuera.

—Tienes razón, Yousra. En cuanto supe que hoy marcharía a Casablanca por negocios, pensé en que era el momento de venir.

—¡Sal de mi casa, Rachid!

—Vaya, una mujerzuela no va a decirme lo que tengo que hacer ¿verdad?

—¡No vuelvas a dirigirte a mí de esa forma, Rachid o te las verás con Mohammed!

—Quizás tenga que contarle a tu marido que has sido tú la que intentaba seducirme…

—¡No te atreverás a contarle esa mentira, maldito!

—Yousra, dime de una vez por todas porqué Idris te regaló esa navaja de marfil o le cuento a Mohammed cuántas veces hemos fornicado en su alcoba.

—¡No me amenaces ni me hagas chantaje! No tengo que darte explicaciones por nada de lo que hago, Rachid. Como tampoco tengo que recordarte que eres tú el que trabajas para mí. No al revés.

No le cabía ninguna duda: definitivamente era la navaja de su padre.

—Yousra, quizás sea yo quien tenga que recordarte que yo trabajo para el said Mohammed y no para ti, una vulgar ramera que yace con todos los hombres que ve a su alcance. Incluso con vulgares jornaleros analfabetos como Idris.

—¡Malnacido!¡No me acuses de una mentira tan burda como esa! Y si lo haces, pruébalo. Pero no puedes hacerlo porque no es verdad.

—No grites tanto, Yousra, que vas a perder la voz, aparte de tu honra en cuanto mañana a primera hora hable con tu marido.

—¡Sal de mi casa inmediatamente, sinvergüenza!

—Lo haré en cuanto me reconozcas que esa navaja de marfil te la dio Idris como pago por yacer contigo. No eres nada más que una fulana, bastante cara por cierto, que se aprovecha de pobres jornaleros, ansiosos de sexo, cobrándose con lo único de valor que tienen. No se puede caer más bajo, Yousra.

—¿Pero de qué hablas, miserable?

Esas palabras del capataz Rachid cayeron como un mazazo en corazón de Hakim. Nada más escucharlas, empujó la puerta con decisión y, desafiante, se quedó bajo el dintel.

Rachid dio un salto hacia atrás al verlo.

—Vaya, Rachid, nunca te había oído hablar así de Idris, nuestro padre.

—¿Cómo dices, Hakim?

—Lo que oyes, bastardo. Soy tu hermano Abdelhakim. ¿No me reconoces todavía?

En ese momento, Hakim se quitó el pañuelo que le cubría a diario boca y nariz, con la excusa de no tragar polvo.

—¿Eres tú Abdelhakim El Haddad, el hijo de Idris?—preguntó un incrédulo Rachid que lo miraba atónito.

—Sí. La última vez que me viste tenía nueve años.

—¡Cómo has crecido, mocoso!

Quizá era la estatura, la corpulencia, la voz grave o aquella expresión endurecida por el trabajo en el campo lo que le hacía difícil asociar el rostro de ese joven con el niño de ocho años que Rachid recordaba.

—Sí, soy el hijo de quién te adoptó al quedarte huérfano cuando tenías la edad que tengo yo ahora. Soy hijo de aquel que te sacó del mísero futuro que tienen ante sí los huérfanos de padre. Soy hijo de quien te enseñó el oficio. Soy hijo de quien lo apostó todo por ti y logró que llegaras a ser capataz.

—¿Es verdad que Idris era tu padre? Sospeché desde el primer momento que tú eras un joven diferente al resto, pero nunca sospeché que fueras hijo suyo —intervino Yousra con la voz ronca.

—Sí, saida Pero aún hay más vergüenzas sobre la cabeza de este canalla. Cuando se refirió a nuestro padre como “ese pobre jornalero”, es porque Rachid lo arruinó. Mi padre era el propietario de un pequeño olivar que había pasado de generación en generación, antes de que Rachid lo traicionara. Utilizando malas artes, hizo todo lo posible para que nuestro padre cayera en bancarrota. Rachid había ido robándole durante meses lo cosechado cada noche por los temporeros, para vendérselo a comerciantes furtivos. Y aún hay más, saida Ziani

—¡Deja de contar mentiras, Hakim! —aulló Rachid con la cara roja y dos venas hinchadas en ambas sienes

—Rachid, cállate. Estoy en mi casa y quiero escucharlo todo.

—Mal pagaba a los temporeros quedándose parte de los jornales que le entregaba mi padre, quien confiaba plenamente en su hijo mayor. Se corrió la voz kilómetros a la redonda y nadie quería venir a cosechar a nuestro olivar. Entonces fue cuando, además, le convenció para malvender su olivar a Mohammed Ziani. Este le contrató como el capataz que es hoy en día. Arruinado, nuestro padre tuvo que ponerse a trabajar como un jornalero más. En aquel momento, nuestro padre renegó de Rachid. Y yo dejé de llamarte hermano. No eres merecedor de nuestro apellido.

—¿Qué maneras son esas de dirigirte a tu capataz, Hakim? — vociferó totalmente fuera de sí.

Yousra aprovechó el momento para zafarse de Rachid y acercarse a Hakim.

—Ahora soy consciente de todo, jovencito. Ahora comprendo porque tu padre me confió la navaja de marfil de sus antepasados. Tenía miedo de tener que dejársela como herencia al ser el mayor. O de que, si se negaba a hacerlo, este canalla se la robara.

—No te atrevas a insultarme, Yousra. Dame ahora mismo esa navaja.

Con gesto rápido, abrió la navaja y, sin soltársela de la cintura, se la puso entre las manos. Hakim cogió el mango con las dos manos y sintió su peso. Sus dedos rozaron la hoja que brillaba bajo la tenue luz de la alcoba.

En un tono casi inaudible, Yousra empezó a hablar con Hakim. Preguntas cortas a las que éste le respondía con monosílabos.

—¿Qué andáis cuchicheando a mis espaldas? —espetó Rachid tras ellos mientras cogía a cada uno del brazo con fuerza.

—¡Rachid, déjame en paz!

—¡Suéltala a ella y a mí no te atrevas a tocarme, granuja!

La conversación se detuvo de golpe.

Un golpe seco, sordo antes de que Rachid se desplomara.

Un sonido sordo, como un saco cayendo al suelo.

Rachid se llevó las manos al cuello, pero ya era tarde.

La navaja le sobresalía, clavada hasta el mango.

La sangre brotaba a borbotones, oscura, espesa, salpicando el suelo de la alcoba.

Trató de hablar, pero solo salió un gorgoteo.

Y se hizo el silencio.

Uno largo. Pegajoso. Como si el olivar entero contuviera el aliento.

Nadie en Tetuán volvió a hablar del capataz.

Nadie preguntó por él siquiera.

El olivar guardaría eternamente el secreto.

Tal y como se lo había descrito su padre.

 

 

 

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