59. Matar dos veces

Isabel II

 

La ceguera alquiló las pupilas de la abuela. Ahora solo puede recrear en su mente la voz del padre hablando de la cosecha de olivos centenarios. Sus neuronas aún conservan archivos donde la felicidad venía en forma de pan recién horneado, acompañado de un aceite especiado con sacrificio y amor. Ella siempre ha dicho que nacer entre olivos es caminar sobre polvo de estrellas, que el sol, cada mañana, convoca a teñir de verde oleoso la vida. Me contó que la lluvia de aceitunas es un ritual de sanación donde danzan cuerpo y alma, y que los olivos son antiguos habitantes del Edén.

Hoy, por su centésimo cumpleaños, me pide que le deje abrazar al olivo más anciano. Su voz de niña bloquea la manera en que pretendo contestarle. Sus manos temblorosas buscan las mías en complicidad. Sabe lo que implica viajar de Valencia a Jaén.

Prefiero que siga creyendo. Le digo que la botella que sostiene contiene el mismo aceite que ungió su infancia.

Me niego a contarle que duele respirar el aire donde la avaricia despojó su tierra y arrancó de raíz a sus viejos hermanos.

A una ciudadana de Jaén no se le puede matar dos veces.

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