58. Hermanos

Jesús Pérez Naranjo

 

El día que Mateo nació, su padre plantó un olivo frente a la casa, hundiendo la esperanza en la tierra. «Este árbol será tu hermano», dijo, y desde entonces crecieron juntos.

Mateo aprendió a caminar sobre sus raíces, a trepar por sus ramas en busca del cielo. En otoño, recogía sus aceitunas con manos pequeñas y ojos asombrados. Era un juego al principio. Luego, fue rito. Cada año, al caer la primera oliva, Mateo la tomaba con ternura y la guardaba cual tesoro.

El árbol lo vio convertirse en hombre, lo escuchó reír, llorar, amar, perder. Bajo su sombra celebró nacimientos, despidió a los suyos, enterró palabras que jamás dijo a nadie. Y siempre, cada otoño, con manos ya temblorosas, recogía su fruto como quien recoge lo último que ama.

Cuando Mateo murió, el olivo se quedó sin aire. Aquel año no hubo cosecha. Tampoco al siguiente. Sus ramas, antes plenas, comenzaron a rendirse. El tronco, hueco, parecía llamar al ausente. Nadie pudo salvarlo. Murió poco a poco, igual que quien tiene corazón.

Hoy, junto a sus raíces, crecen flores silvestres, como si la vida buscara, tímida, otra forma de volver a empezar. Como si aún esperara a su hermano.

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