55. Ella…

Gato Negro

 

En el lagar de sus siglos y el jardín de mis ausencias —de su tacto las ramas buscaban, de sus frutos el néctar era cura de nostalgias—, eso decían. Yo vi cómo una viuda bebió una cucharada y vomitó flores de almendro. Después, la olivarera me mostró su inventario:
Año 312: plantado con lágrimas.
Año 412: regado de mis imposibles.
La última entrada decía solo:
Hoy, el árbol me pidió el adiós.

Otro aceite, negro, profundo, lo guardaba en ampollas de vidrio verde, etiquetadas con fechas que solo coincidían con eclipses. Ella lo vertía sobre las raíces, y al amanecer, el olivo había florecido en pleno invierno. Por eso los campesinos la conocían como la dama de los frutos invernales y veranos adormilados; un rumor que no lo era tanto.

Ella, cantando, trabajaba. De humanidad, poco eran sus versos: contendientes de sílabas del viento. Una vez, un niño la vio llorar sobre un tronco talado: sus lágrimas eran semillas. Yo guardé una. Ahora, cada vez que la toco, mis manos huelen a mar remotísimo, y oigo su voz —con la proposición para y el pronombre ti—.

Esta mañana, una aceituna sangró savia azul al aplastarla. La enterré bajo la luna.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad