53. El oro virgen verde de Jaén

Jacobo de la Herrán Gascón

 

Hoy me ha liado mamá para hacer limpieza de trastos viejos en la casa grande del abuelo. Alguien aprovecha siempre mis vacaciones para no dejarme descansar. Todavía quedaban cosas viejas del bisabuelo: unas mantas, ropa militar, algunas tinajas de barro.

Dentro de una de esas tinajas de barro he sacado un esparavel aceitunero, un manto viejo de recolección que se ha ido a la basura, media alforja de burro, que también. A continuación, un capacho apretado que ocultaba, al fondo, una caja de hojalata de aspecto muy viejo. Han sonado metales dentro, así que la he abierto para saber si también se debían tirar. En su interior, había algunas monedas de la República, una pistola desmontada que podría ser de la Guerra Civil, balas sueltas, dos navajas de monte y dos de afeitar, también unos quevedos en una funda de alpaca. De debajo de todo ello he sacado un sobre desgastado que guardaba varias fotos en blanco y negro, algunas con dedicatoria de pluma. Son requeteviejas y están amarillas. En principio, no he reconocido a nadie: unos señores jóvenes, serios o sonrientes, con sombrero puesto o en la mano, vestidos con ropa apretada. Me ha parecido reconocer al bisabuelo, pero no era exactamente él. Una de las fotos incluía también a una mujer con cuatro hijos de alturas escalonadas. Detrás había escrito a tinta: «Those are my wife Carmella, and my boys Sonny, Fredo, Michael and Connie».

Con la curiosidad en la mano, me he ido a preguntar al abuelo, que estaba desayunando una rebanada de tomate untada de oliva virgen. Le he interrumpido para preguntarle:

—Abuelo, estas fotos estaban junto a objetos personales del bisabuelo don Antonio. Las he encontrado en el fondo de una caja de lata. ¿Las tenía escondidas? ¿Tú sabes quiénes son estos señores?

El abuelo Antonio se ha calado las gafas, ha observado durante un minuto las fotos, la mayoría con el barniz craquelado o perdido, y ha leído las dedicatorias. Su expresión ha cambiado como si le hubiera atravesado un rayo.

—¡Esto es un tesoro, hijo!

—Ah, ¿sí?

Todo él parecía haber experimentado un viaje al pasado. A un pasado muy lejano.

—No veía estos retratos desde que era más o menos de tu edad. Entonces yo estaba en una etapa muy rebelde. Quería ver mundo, no tenía ningún interés en ocuparme del aceite. Estas fotos cuentan una historia.

—A ver, ¿cuál es esa historia?

Mi abuelo ordenó las fotos antes de seguir.

—Me las enseñó mi abuelo para demostrarme lo importante que es el aceite de oliva en esta familia. Este es mi abuelo, tu tatarabuelo don Antonio.

—Ah, por eso se parece a mi bisabuelo, a tu padre.

—Eso es. Este, un poco más alto, es don Vito Corleone.

—Y ese, ¿quién es?

—Don Vito Corleone fue una persona muy importante en los Estados Unidos. Fue un empresario muy rico y, además, un mafioso.

—¿En serio?

—El más grande de todos. El más poderoso. Mira, te voy a contar la historia. ¿Quieres que te la cuente?

—Sí, ¿por qué no? Así no tengo que hacer limpieza —le he dicho mientras me sentaba a su lado.

—Vito Corleone… le llamaban así por un pueblo pequeño de Sicilia. La gente lo adoraba o lo temía, no había término medio. También le llamaban «El Padrino» porque protegía a sus amigos y familiares. Su nombre verdadero era Vito Andolini. Era un hombre atormentado y de gustos conservadores. Disfrutaba de pasar la tarde junto a Carmela, su esposa. Decía que, si alguien maltrataba a uno de sus aliados, se lo tomaría como si se lo hubiera hecho a él personalmente. Los vengaba. Eso creó un ambiente de respeto a su alrededor. En un ajuste de cuentas, otra familia de mafiosos mató al mayor. A pesar de que mató e hirió a muchos enemigos, y eso lo atormentaba, Vito Corleone sentía que siempre había hecho lo necesario para proteger a su familia y sus negocios.

—¿Y esa foto? ¿Es que era amigo del tatarabuelo don Antonio?

—Pues sí. En cierto modo. Esta colección de fotos se remonta a 1927. Don Antonio y don Vito Corleone debían tener una edad parecida. En aquel año mi abuelo era bastante rico y el americano, todavía pobre. Para viajar a Corleone, su localidad natal, pidió dinero prestado a sus familias amigas. Juntas formaban una especie de grupo o club de apoyo. Se fue en barco, acompañado de su mujer y de sus cuatro hijos. Quería enseñarles dónde había nacido, dónde estaba la casa de sus padres, su origen. Pero él tenía otros planes que su familia desconocía.

Recomendado por su amigo local don Tommasino, que es este de aquí, el más alto de todos, fue con un par de hombres más a pedirle autorización al capo de Corleone, don Ciccio, para exportar desde Sicilia los envíos del aceite de oliva a Estados Unidos.

Vito Andolini aprovechó un descuido de la guardia de don Ciccio para hablarle al anciano al oído. Imagínate que era viejo y debía estar medio sordo. ¿Qué le dijo? Muy sencillo; estas palabras. Debes saber que mi abuelo me dijo, lo mismo que ahora estás tú delante de mí, la explicación justa, lo que se le dice a alguien a quien vas a matar porque llevas esperando esta oportunidad toda tu vida:

—Mi padre se llamaba Antonio Andolini, ¡y esto es para usted! —le susurró. Con un cuchillo escondido en un brazo le abrió desde la tripa hasta el corazón. Igual que en la matanza del cerdo. Y continuó su conversación mientras limpiaba el cuchillo—: De parte de Vito Andolini, por matar a mi padre, a mi hermano Paolo, a mi madre… La vigilanza de sicurezza de don Ciccio reaccionó tarde. El anciano herido se quedó sufriendo y chillando. Seguramente, tardaría horas en morir.

—Y después, ¿qué? —le dije.

—Salieron a tiros de la hacienda de don Ciccio. La familia Corleone fue buscada por los pueblos cercanos, por toda la comarca de Palermo y por todos los puertos de la isla de Sicilia. Don Tommasino le recomendó evitar el regreso directo a Norteamérica. Le sería mejor refugiarse en España, que se perdieran unas semanas para que dejaran de perseguirle a él y a su familia. Su propuesta tenía el añadido de que conocería la provincia de Jaén, donde estaría seguro y le sería desvelado el secreto del oro virgen verde.

Don Tommasino lo llevó directamente a conocer a la familia de Jaén que mejor podría congeniar con sus gustos. Vito Andolini conoció en Baeza a don Antonio Arévalo, mi abuelo, este de la foto. Ya entonces era el dueño de la almazara más antigua de Jaén. Después de las presentaciones, pasearon por el interior de la factoría. Don Tommasino hizo de intérprete para don Vito.

—En Baeza —explicó don Antonio a don Tommasino para que le tradujera a Vito Andolini— se recogen y se molturan la mayor cantidad de aceitunas de Jaén. Por lo tanto, del mundo. Yo he sido el primero en instalar el molino aceitero de vapor. Esta preciosidad lleva funcionando sin interrupción desde hace casi setenta años. Llegan los tiempos modernos, don Vito. Dicen que el americano paladeó una tostada como esta mía y le supo deliciosa. Le gustó tanto que pidió que le dieran a probar a su mujer e hijos. Después levantó una botella de cristal, la miró hacia el cielo y vio en ella oro teñido de verde.

Se debieron hacer estas fotos durante esos días porque Vito Andolini nunca más vino a Baeza. No lo necesitó. Se hizo amigo de mi abuelo don Antonio, así como de varias familias de Linares, Andújar, Úbeda y Baeza. De hecho, su presencia catalizó que, entre las antiguas familias olivareras, hubiera un trato más relajado. Durante más de un mes, comprobó en persona que en Jaén se cultiva la mejor oliva de Europa.

Compró para exportar la mitad del aceite de casi todos los grandes productores de Jaén para poderla etiquetar unificada como Genco Olive Oil. Su relación comercial se mantuvo estable durante toda la vida de Corleone.

Las familias italianas, españolas y griegas de Nueva York se beneficiaron con la calidad del aceite virgen. En pocas semanas se corrió la voz. Para conseguir el mejor aceite de oliva sólo podían recurrir a Genco Olive Oil, lo que provocó que la empresa creciera y se expandiera por toda la ciudad de Nueva York y, con el paso de los años, se crearan sucursales en otras ciudades de Norteamérica con barrios de población mayoritaria hispana.

En aquellos años de 1930 de Nueva York, muchas personas tomaban expresamente el tranvía para acudir a su establecimiento. La línea que llegaba a su tienda la empezaron a llamar la línea de las garrafas de aceite de oliva. En paralelo, Vito Andolini aumentaba sin parar sus conexiones e influencia. Estableció nuevos negocios. En no pocas ocasiones, utilizó el aceite de oliva virgen extra de Jaén para regalárselo a otros empresarios con los que cerraba acuerdos mercantiles.

A partir del éxito que supuso la venta del aceite virgen extra de Jaén, el negocio en el Bronx creció de forma indefinida, fortaleciendo a su familia y a las de Genco, Clemenza y Tessio.

El secreto del oro virgen verde de Jaén siempre se ha mantenido bien guardado. Lo han buscado por toda Italia, en Grecia y en Estados Unidos. Pero no, el mejor aceite del mundo lo tienes aquí mismo, en tu casa: el aceite virgen extra de Jaén. Tanto ha sido así que la mayoría desconocen cuál fue el verdadero origen del éxito de su grupo de familias a partir de los años 1930.

Entonces, he mirado a mi abuelo de forma diferente, no sólo como a un abuelo. He visto en él al responsable de la olivarera Sucesores de Antonio Arévalo, S.L. Me he llenado de orgullo y satisfacción.

—Estas fotos son un pellizco de historia, de esta casa y de tu familia.

—¿Me las puedo guardar?

—Son tuyas, Toño. A partir de ahora son todas tuyas.

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