48. El viejo olivo

Óscar Fernández Baquero

 

Se agachó con dificultad sobre la tierra seca y tomó un poco en su mano. Era una buena tierra, siempre lo fue. El sol castigaba su despoblada frente y el sudor resbalaba por su sien. Buscó con paso inestable la sombra del olivo y, con manos inseguras, abrió la tinaja. Aguardó un momento, quizá algo más, quizá toda una vida, quien sabe cuánto tiempo pasó por aquella vieja cabeza y, tomando con los dedos el contenido, lo espolvoreó alrededor suyo, tiñendo de gris ceniciento el suelo terroso.

Aurelio nació y creció en un pueblo jaenés. Sus padres, trabajadores hasta la extenuación, habían abierto con los ahorros familiares un colmado y a él dedicaban la mayor parte de su tiempo. Su abuelo materno tenía una de las casas más grandes de pueblo. Quedaba hacia las afueras y contaba con una gran parcela. Era un hombre de carácter abierto y dado a la cháchara. En su semblante ceñudo cohabitaba una impertérrita sonrisa, mezcolanza ésta que le dotaba de una genuina personalidad. Tenía en su haber un gran número de tierras, abonadas todas ellas de largas hileras de olivos. Aurelio gozaba en su compañía, y él, liberado en buena medida de cargas profesionales, no escatimaba tiempo con su nieto.

– Mira Aurelio, ¿ves estos árboles? Son todos ellos olivos picuales. Aurelio observó las interminables hiladas que quería abarcar su abuelo con el brazo extendido. De los paseos con su abuelo, fue aprendiendo todo lo concerniente a aquellos sobrios árboles y sus aceitunas. Además, encontró inesperadamente un nuevo aliciente para asistir a aquellas enseñanzas, Carmen, la hija de uno de los hombres que trabajaba en las tierras de su abuelo. Aquella niña le desconcertaba, de aspecto jovial y desenvuelto, le resultaba fácil sentirse cómodo con ella. Sin embargo, bajo aquella envoltura de placidez, intuía un recoveco oculto, oscuro e inaccesible. Esa misteriosa combinación se convirtió en una magnética e inevitable atracción para él.

Ambos participaban cada otoño en la recogida de la aceituna. Era un trabajo arduo y fatigoso, aunque siempre se las apañaban para encontrar sus momentos de entretenimiento. Armados con sus largos palos, agitaban las ramas para que las aceitunas cayeran en el manto, riéndose cuando algunas les llovían encima. De cuando en cuando, se escaqueaban del vareo para armar contienda de lanzas entre ellos. Una de las cosas que más les fascinaba era, una vez recogidas todas las aceitunas, ver en funcionamiento la vieja almazara. Aquella piedra monumental giraba y giraba, aplastando sin piedad todas aquellas pobres aceitunas. Aurelio probó por primera vez el aceite de su abuelo untado sobre pan tostado. Aquel sabor frutado, entre amargo y picante, apuñaló sus papilas gustativas y viajó directamente hasta el rincón más duradero de su memoria gustativa. Toda vez que lo probara en el futuro, recordaría aquel momento de su niñez.

Pasaron los años y Aurelio y Carmen crecieron, abriendo las puertas a la adolescencia. Seguían yendo a la finca de su abuelo, aunque ya no encontraban tanto interés en sus peregrinas charlas, sino más bien en los paseos bajo la sombra de los olivos. De entre todos ellos, tenían su preferido. Era un olivo viejo, de grueso y retorcido tronco, cuya frondosa copa ofrecía la mayor sombra del olivar. Allí, sentados sobre un tupido tapete, hacían merienda muchas tardes y charlaban de sus cosas. Carmen se había convertido en una joven agraciada y, Aurelio, aunque ya espigado y flacucho, mantenía la mirada cándida de su niñez. Algunas noches de verano, se adentraban en el olivar y buscaban su olivo entre las sombras, tumbándose allí para contemplar el cielo estrellado. A Aurelio le encantaba observar a Carmen en la negrura. Su rostro palidecía vivamente frente a la luz de la luna y sus enormes ojos marrones titilaban como una estrella más. Así, ambos esperaban pacientemente a las fugaces y cada uno, expectante, encargaba su deseo.

– ¿Qué has pedido? – Ja, si te lo digo no se cumplirá. – Venga hombre, ¿no me lo vas a decir? – Si claro, y tú, ¿qué has pedido? – Na, si te lo digo no se cumplirá.

Se río, con aquella risa encantadora de almas. Aquel día, arropados por la negrura de la noche y bajo el embrujo de su risa, Aurelio cruzó el umbral de la amistad y besó aquellos labios por los que tanto tiempo llevaba suspirando. Se apartó bruscamente, nervioso, y ambos se miraron durante unos segundos que le parecieron una eternidad. El corazón de Aurelio palpitaba con fuerza. Volvió a acercar su boca, esta vez no torpe ni improvisadamente, y Carmen, cerrando sus ojos, le correspondió.

La dicha de Aurelio durante aquellos días no podía mayor. Pero la felicidad puede ser efímera y traicionera. Una tarde, cuando regresó a casa, encontró a sus padres sentados a la mesa de la cocina. – Oh, Aurelio. Su madre se echó a llorar desconsoladamente. Su padre, dirigiéndose a su hijo, le dio la nefasta noticia. – Aurelio, tu abuelo ha muerto. Aquella noticia le arrancó el corazón y lo pisoteó. Aquel mismo corazón que ahora latía con fuerza por Carmen. No lloró, no derramó ni una sola lágrima en ese momento. Abrazó a su madre fuerte y trató de consolarla.

Al funeral asistió mucha gente. Su abuelo era un hombre muy conocido y apreciado en el pueblo y alrededores. Ahora, todos querían darle su último adiós. Aurelio tampoco lloró cuando le dieron sepultura. Acompañó a sus padres a casa y se tumbó sobre la cama. A medianoche, el rezongado de su estómago le despertó y, perezosamente, se acercó hasta la cocina. Tomó una hogaza de pan y la regó de abundante aceite. Sentado a la mesa, dio el primer mordisco y allí, en la soledad de aquella oscura y fría cocina, realizando un acto tan mundano como aquel, Aurelio se derrumbó y sollozó como un niño.

En los siguientes días todo sucedió demasiado deprisa. Sus padres se mostraron muy nerviosos con el tema de la herencia. Al fin y al cabo, ¿qué sabían ellos del negocio del aceite? Echaban cuentas, barajaban alternativas, entre las que estaba venderlo todo. Aurelio escuchó aquellas conversaciones una y otra vez, sin inmiscuirse. Sin embargo, un día habló, y dijo en voz alta lo que hacía tiempo venia barruntando: – ¿Y si me encargo yo de la finca? Sus padres callaron y le miraron sorprendidos. – Casi soy mayor de edad y conozco el negocio. El abuelo me lo enseñó todo. Sus padres seguían mirándole. – Y Carmen podría ayudarme.

Una semana antes de cumplir los dieciocho, Aurelio se estaba mudando a la casa de su abuelo. Aquella casa, cargada de recuerdos pasados, era a la vez un lugar donde construir un futuro. Una vez alojado, se hizo cargo del negocio, siendo consciente de la dificultad que entrañaba. Pronto se dio cuenta de que tan sólo conocía aspectos técnicos, como la recogida de la aceituna, elaboración del aceite y almacenaje, pero no tenía idea alguna de contabilidad, gestión del personal o la distribución. Aurelio necesitó madurar precipitadamente. Los padres de Carmen no aceptaron que su hija, que aún no había cumplido los dieciocho, se fuera a vivir con él. Así que mantuvieron su noviazgo un año más y, cuando su documento de identidad lo permitió, se casaron. Fue un día muy especial. Carmen estaba radiante y Aurelio se sentía pleno.

Aurelio y Carmen pusieron en el negocio todo su empeño y energía, con la convicción del iniciado emprendedor. Y éste prosperó. Sin embargo, el tiempo pasaba y los hijos que ambos anhelaban no llegaban. Y no lo harían jamás. Los años se sucedieron y la casa se volvió demasiado grande, demasiado vacía. Carmen se fue sumiendo poco a poco en una profunda desdicha que hizo aflorar aquel lado oscuro que tanto había atraído a Aurelio en el pasado, consumiendo gran parte de su luz. No era extraño verla caminar sola por el olivar o permanecer horas sentada en una butaca, en la penumbra del salón. Aurelio, volcó su frustración en el trabajo. Cada vez eran más las horas que pasaba fuera de casa. Y cada vez más el tiempo que no estaba con su mujer. No pocas veces, después del trabajo, se acercaba con los empleados a la cantina del pueblo y, cuando regresaba a casa con el paso inestable, Carmen ya dormía ajena de su presencia. El tiempo pasó, y los dos encontraron un cierto acomodo entre el cariño y la distancia. Se querían, sí, pero a su manera.

Aquel día, largo y agotador, cuando Aurelio llegó a la casa, sintió como el vacío le golpeaba en la cara. El vacío doloroso e intenso que anida en la pérdida y la ausencia. Parado bajo el umbral de la entrada, comprendió y se resignó.

Pasaron los años y Aurelio llenó su soledad con trabajo. Los tiempos cambiaron y con ellos también el negocio. La recogida se mecanizó mediante aparatos vibradores y, aunque nunca se perdió del todo el antiguo sistema de vareo, ahora un tractor hacía la parte más pesada del trabajo. Sus padres habían fallecido hacía unos años, dejándole, además de una gran pena, una casa vacía y un negocio familiar que no quería. Decidir traspasar el colmado no le costó mucho, pero sí deshacerse de la antigua casa. Muchos recuerdos de su infancia permanecían incólumes entre aquellas viejas paredes. Con el dinero de la venta construyó una nave almacén en la que instaló las prensas hidráulicas que se encargaban de prensado y separación. Nunca prescindió de la vieja almazara que, de vez en cuando, ponía en funcionamiento para satisfacer una arraigada nostalgia. El negocio creció. Y Aurelio envejeció.

Fue en la primavera de aquel año, cualquiera que fuera, cuando recibió la carta y, aunque no había remitente, supo enseguida quién la había escrito. Sus manos temblaron y el corazón latió con fuerza. Todos aquellos años, todo ese tiempo, y ahora…..Abrió el sobre y la leyó. Leyó cada una de aquellas letras, cada una de aquellas palabras y frases, tan suyas, tan duras y a la vez tan hermosas. Leyó y perdonó. Y lloró. Lloró lo que no había llorado todos aquellos años, lloró desconsoladamente hasta que sus rodillas flaquearon y derrumbaron su cuerpo sobre la silla. Lloró hasta que, finalmente, no pudo llorar más.

La hermana de Carmen, a pesar del paso del tiempo, mantenía un cierto parecido con ella. Nada más verla, cuando le abrió la puerta, evocó vivas e intensas imágenes del pasado. – Aurelio. Se abrazaron, un compungido abrazo, en silencio. Regresó al pueblo con la tinaja que contenían las cenizas de su esposa y, con pesado andar, atravesó el olivar hasta el viejo olivo. Se agachó con dificultad sobre la tierra seca y tomó un poco en su mano, curtida y ajada por el trabajo, dejándola deslizar entre los viejos dedos. Abrió la tinaja y espolvoreó el contenido alrededor suyo, tiñendo de gris ceniciento el suelo terroso. El viento levantó el polvo y mezcló en el aire el tono arcilloso de la tierra con el grisáceo de sus cenizas. Sintió Aurelio en aquel contraste de colores a su Carmen, así, como era ella, despidiéndose.

Y, dando media vuelta, con el pesar inabarcable de todos aquellos años perdidos, regresó sobre sus pasos a través del olivar hacía la vieja casa de su abuelo.

 

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