46. Regresar

Lahiri

 

Te enseñé mi pueblo. Los campos de olivos que abrazaban las casas, la tierra que daba vida y de la que me marché siendo adolescente en busca de un futuro alejado de inviernos.

Te mostré cómo el aceite nace del trabajo y se convierte en sangre en la distancia, en la herencia ancestral que corre por nuestras venas, aunque tratemos de huir de las raíces que nos atan con silenciosa fuerza a la tierra.

Te presenté los olivos que no tienen más dueño que el que los trabaja y los ama, y que sobreviven entre generaciones siendo madres de una sangre que a todos nos une.

Te agarré con fuerza de la mano y me preguntaste:

“¿Por qué lloras, papá?”

Emocionado, viendo las hileras de olivos infinitos, sentí cómo la sangre verde corriendo por mis venas sanaba mi alma herida por la distancia.

“Lloro porque me fui y lloro porque, por fin, he podido regresar”

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