42. La cena final

Francisco Rodríguez Vargas

 

–¿Qué te pongo de cena?

–No sé, Matea, lo que quieras.

–Yo sí que no sé por qué te pregunto si siempre contestas lo mismo.

–Pues prepara un hoyo de aceite, que es lo que mejor se te da.

–Y un plato de aceitunas, ¿no?

–Pues claro. Ahora están en su punto.

–¿Y después qué?

La pregunta maliciosa quedó flotando en el aire envuelta entre las volutas del humo que Matías exhalaba por la nariz.

A ella no le quedaba pasión. El hombre que estaba a su lado ya no era su amor. Hacía días se había jugado en una apuesta clandestina el olivar de sus antepasados, su herencia sagrada. Y lo había perdido.

Matea, inflexible con sus principios, tenía clara la decisión.

En un rincón de la cocina, mientras preparaba el pan, dejó caer en el plato de aceitunas y en el pan impregnado del aceite de la última cosecha unas gotas transparentes de un líquido parecido al sudor.

Después se sentó frente al hombre que le truncó la esperanza perdiendo el olivar centenario, su bien más preciado. Y, dando un bocado al pan, cerró los ojos mientras Matías, preso de estertores, devoraba las últimas aceitunas del centenario olivar.

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