41. El misterio de la aceituna del hueso de oro
Yo soy el tipo menos indicado para resolver nada. Soy un desastre, un sujeto con muchas deudas y pocos amigos, uno de esos detectives de poca monta que se pasan las noches comiendo bocadillos fríos en el coche a la espera de fotos indiscretas del marido infiel o del cretino que estafa al seguro por lumbago mientras se muscula de lo lindo en el gimnasio. Me gustan los locales sórdidos, las malas compañías y una balada triste de trompeta entre trago y trago de una petaca de whisky barato. Y aun así a veces algún optimista me paga por ello.
Hoy estoy revisando algunos documentos; falta poco para irme a ese oscuro y rancio rincón que algunos llaman hogar. Alguien llama al timbre. Mierda, estoy amodorrado, no tengo ganas de recibir a nadie. Levanto la mirilla: es Moisés. Me sirvo otro whisky, él sólo quiere agua: mejor, así se marchará antes. Habla y habla sin parar. Dudo. No me atrae especialmente el caso. Hasta que me muestra la deslumbrante escalera de color encima del tapete: hay dinero en juego. Mucho dinero. Eso sí me atrae.
—Me la estoy jugando. Me juego mi título de forense —asegura Moisés.
En realidad ese no es su nombre, es sólo un alias con el que es conocido en su logia masónica: excentricidades de la gente rica y aburrida, ya saben. Abre levemente la parte izquierda de su chaqueta y del bolsillo interior saca lo que parece ser una gran pepita de oro. Me la muestra orgulloso, desafiante, como si me estuviera mostrando el enigma de todos los tiempos; el corazón me da un vuelco, pero no por el enigma sino por ese maldito trozo de oro.
—La encontré alojada en la tráquea de un hombre, mientras le practicaba la autopsia —continúa—. Pero no es una pepita; coincide milimétricamente con los rasgos que presentan los huesos de las aceitunas. Y lo más increíble, ¿sabes dónde se encontraba? Exacto, dentro de una aceituna. Esto no es normal, esto es otra cosa.
Pongo la pepita, o lo que sea, en mi mano; pesa lo suyo.
—¿Dónde está la carne de la aceituna? —pregunto. Me mira como si yo fuera tonto.
—La tiré, claro. No creo que la necesitáramos.
Caray con el forense, pienso, pero no digo nada.
—¿Pudo hacerlo un joyero experto?
—Seguramente, pero, ¿cómo demonios metió el hueso de oro dentro de la aceituna sin cortes ni ninguna manipulación?
Moisés me explica que la logia a la que pertenece ya sospechaba de la existencia de este objeto fuera de tiempo y lugar, uno de esos «oopart» como los llaman los crédulos. Él es un crédulo. Me cuenta que reputados alquimistas de siglos pasados, como un tal Ibn Selim, hablaban de un olivo sagrado, un olivo que daba aceitunas de oro. El Santo Grial de los aceituneros, pienso; tampoco lo digo. Al final suelta lo más importante: que no me preocupe por el dinero, que su logia proveerá. Empezamos a entendernos.
—A nosotros lo que nos importa es el conocimiento y este promete ser de los grandes —asegura Moisés—. Por cierto, no volveré a llamarte por tu nombre. Por seguridad, ya sabes. A partir de ahora serás…
—¿Y qué hay del fiambre? —interrumpo—. ¿O sólo os interesa la pepita?
—Hay prioridades, Nicodemo, hay prioridades… —¿Nicodemo? ¿En serio? Tengo que esforzarme para no reír con el nombrecito de marras.
Bien, vamos al meollo. El muerto resulta ser un turco que estaba de paso por España, un tal Mehmet Demir. Al parecer ha muerto estrangulado. Mis contactos en la policía me dejan ver sus pertenencias: nada importante, a excepción de varios números de teléfono y una dirección de Túnez. No logro acceder a su móvil, lástima. También porta una tarjeta de visita con un logotipo que representa un árbol de oro. En ella aparece el nombre de una empresa dedicada al sector del aceite en Livorno, Italia. «Oro sólido», es su nombre. ¿Pero el aceite no era el oro líquido?, me pregunto. Llamo a los números que me ha pasado Moisés pero, tal como esperaba, nadie contesta. Bien, tengo la dirección de Túnez y la tarjeta de Italia. ¿Por dónde empezar? Me decido por ir a Livorno. A gastos pagados, claro.
Al llegar al frenético puerto hago algunas preguntas que creo que no gustan, a juzgar por las dos balas que se incrustan en la carrocería de mi Chevrolet Camaro del noventa y dos, una antigualla que fabricaron cuando mi gabardina ya estaba vieja. Ni siquiera llego a ver la supuesta empresa; lo primero es correr, como alguien dijo hay prioridades. Acto seguido me llama Moisés. Quiere avisarme de que, tras investigar a «Oro Sólido» no consta ninguna actividad comercial, quizá es una tapadera. Y un nido de pistoleros, añado. Minutos después recibo otro mensaje: «Nicodemo, uno de los números del turco corresponde a una empresa de Rosignano Marittimo, muy cerca de Livorno». La verdad es que cuanto más escucho mi alias más gracia me hace.
Hora y media después aparco mi pobre y agujereado coche a las afueras del coqueto pueblecito de la Toscana que voy buscando. Levanto la vista, me deslumbran las placas solares. Es una moderna empresa de tres plantas, esperaba algo más rústico. Me recibe la nieta de Sofía Loren, o al menos lo parece: estoy deslumbrado ante tanta belleza. Y no, no hablo de la Toscana. Se identifica como Giulia y me cuenta muchas cosas acerca de su empresa de producción y exportación de aceite aunque no me entero de casi nada; Giulia me nubla el pensamiento con su sensual forma de pronunciar olio extravergine di oliva. Al poco mi cabeza sólo escucha: Ti amo, Nicodemo, ti amo. Quizá eso lo imagino.
La cuestión es que cuando le enseño la foto del turco, ella lo reconoce. Bien, al fin algún progreso. Me cuenta que vino hace un par de semanas y que pretendía venderle unas aceitunas extraordinarias pero que ella no le hizo mucho caso, que aquel tipo tenía algo que le hizo desconfiar. Después de esta visita se dirigía a cerrar un negocio en Jaén, más concretamente en Andújar. Curioso, todo en este maldito caso gira alrededor del aceite. Ya me marcho —con el corazón roto— cuando Giulia me llama: aún guarda el puñado de aceitunas que el turco traía.
—No sé por qué las guardé. Si quiere puede llevárselas —añade. Estoy a punto de llorar de alegría. La besaría. Aunque no me hubiese dado las aceitunas.
Tomo mi botín y corro hasta el coche como alma que lleva el diablo. ¿Será posible que alguna de estas aceitunas sea como la que se tragó el muerto? Abro una cualquiera, con desesperación, con las uñas, con los dientes, con el zumo cayendo obscenamente por mis pantalones; no importa. Para mi decepción dentro sólo hay un hueso de los de toda la vida, de celulosa, o de lignina, o de lo que quiera que sean estas cosas. Abro otra. Y otra. Y otra más. Y de repente mis dientes chocan con algo duro y metálico: allí está, se ha obrado el milagro. ¡Una aceituna con el hueso de oro! Una aceituna exactamente igual a la del turco; de repente tengo en mis manos la madre de todas las pepitas de oro. Cualquiera se pondría de los nervios. Yo también. Instintivamente pienso que si hay dos aceitunas de oro puede haber más. Nota mental: de esto ni una palabra a Moisés. Por cierto, la aceituna es la más sabrosa que he probado en mi vida, creo que sería importante averiguar la variedad.
Recapitulo. Hasta ahora tengo una aceituna en la boca de un muerto, una empresa presuntamente fantasma dedicada al aceite, otra empresa toscana que se dedica a lo mismo y una conexión con Andújar, donde juraría que también saben algo sobre aceitunas. Ardo en deseos de volver a España y echar una ojeada por Jaén pero mi próximo destino es Túnez. Y ya me imagino a qué se dedican allí.
Me dirijo a Sicilia. El embarque desde Palermo a Túnez es desesperadamente lento y encima el ferry tarda doce infernales horas, aprovecho para apagar el teléfono y olvidarme un rato de Moisés. Aparento echar una cabezada. Sólo lo aparento, creo que un tipo me sigue por cubierta. Me siento en una hamaca, dejo que el fisgón avance con paso tranquilo. Cuando está a mi altura me levanto y choco con él intencionadamente. Me mira de soslayo, tiene rasgos judíos, se disculpa sin ganas en hebreo y sigue su camino sin mirar atrás. No me gusta, es un tipo frío. Puede que vaya armado. Aunque él no sabe algo que yo sí sé: también voy armado.
Desembarco en Túnez pero la dirección que busco está en Kairuán. Otras tres horas de coche por carreteras espantosas. Sólo pienso en algo: tendré que volver a hacer esta mierda de viaje si quiero volver. Y claro que quiero. Conecto de nuevo el móvil. Apenas hay cobertura pero entran varios mensajes de Moisés. Creo que hablan de alquimia, ya los revisaré.
Un tal Rachid es quien me atiende mientras carga cajas de aceitunas en un gran almacén, parece que es el único que chapurrea español. Está obeso y suda a mares, viste una túnica a rayas y sandalias color camello. Estamos a las puertas del desierto. No me importa un pimiento qué desierto es, sólo que podría asar ese pimiento en el suelo. Rachid también conoce al turco.
—Sí, yo conozco. Turco dice yo tengo aceitunas de oro, yo digo trae aceitunas de oro pero turco no vuelve. Yo quiero aceitunas de oro. Mi abuelo dice que existen hace mil años en libros de alquimia.
¿Alquimia? ¿Aceitunas de oro? Un modesto mozo de un almacén perdido en el desierto parece ser el más próximo a las fantasías de Moisés. Increíble.
—Mi abuelo hombre sabio, lee libros antiguos, lee alquimia, lee Talmud, lee Corán.
Pregunto a Rachid dónde está su abuelo, quiero hablar con él. Mientras, un tipo con aspecto de jefe vocea ostensiblemente en árabe, no quiere que nadie pare de trabajar para atender al extranjero. Pronto se enzarzan en un galimatías de gritos y gestos.
—Mi abuelo ya no vive, está con Alá. O con Yahvé. Ahora muerto. Abuelo dice: Rachid, busca a maestro Levi. Maestro Levi de Chipre es hombre santo.
Terminada la esclarecedora charla con Rachid observo mi coche, polvoriento como mi mesilla de noche. El motor humea, me temo lo peor. Después echo una ojeada al desierto, me esperan otras tres horas de tortuoso viaje. Quiero morir.
Me vienen muchas preguntas a la mente pero pocas respuestas. ¿Quién será ese maestro Levi de Chipre? ¿Y qué demonios buscaba el turco por los olivares de todo el Mediterráneo? Ya pensaré en todo eso, ahora necesito volver a España para recuperar las ganas de vivir.
Andújar, Jaén. Aquí sólo hay unos cuarenta grados. Inaguantables, pero al menos compatibles con la vida. Me encuentro en una almazara imponente, rodeada de un mar de olivos. Me atiende su gerente, Consuelo. Encantadora, pero no es Giulia. Jamás podría reprochárselo, nadie es como Giulia. Antes de llegar me he dedicado a leer los mensajes de Moisés, me obligo a estudiarlos con detenimiento. Hablan de antiguos textos apócrifos y libros que versan sobre alquimia. Splendor Solis, Aurora Consurgens y obras de Zósimo de Panópolis, de Paracelso y otros. Arcaicos artefactos, alambiques de varios brazos con los que calentaban los principios: mercurio, azufre y sal, y mil sustancias más para recoger sus vapores. Y más y más textos cabalísticos. Y proporciones matemáticas basadas en el estudio de los planetas para lograr la destilación hasta conseguir las esencias más puras. Y luego el estudio de los tipos de aceituna que debieron haber probado desde la Edad Media para bla, bla, bla… Desisto. No puedo más.
Me recomienda además varias bibliotecas donde se guardan textos originales para que vaya a consultarlos. Va listo. Me ceñiré a preguntarle a Consuelo por las variedades de aceituna que se cultivaban antaño por toda la cuenca mediterránea, que es la que parece tener más posibilidades de haber obrado el milagro de convertir las olivas en oro. Ella intenta invitarme a una cata pero yo le insisto en que sólo quiero conocer las variedades antiguas. También me mira como si fuera tonto. Resumiendo, que en la zona oriental hasta Oriente Próximo las aceitunas por las que apostaría serían barnea y nabali, las más antiguas de la zona, exquisitas, con excelentes aptitudes de carne y alto contenido de aceite para aceituna de mesa y prensa. Consuelo, además, descartaría picual, manzanilla o arbequina por ser más occidentales y de reciente introducción en el este.
—Tengo que marcharme, encanto. Quizá acepte esa cata en otra ocasión —me duele la cabeza con tanta información. Por cierto, el turco también había pasado por aquí. ¿De dónde habría sacado las aceitunas que pretendía vender?
No hay tiempo que perder. Mi próximo destino es Chipre. Contacto con Moisés para que me aporte algo sobre el tal maestro Levi. Varias horas después recibo un mensaje: al parecer la logia está la mar de contenta porque han determinado la identidad del maestro. Creen que se trata de Levi Yosef, una eminencia en el campo que nos ocupa. Debo dirigirme a una aldea cercana a Güzelyurt. Me reciben majestuosos olivos monumentales aquí y allá. Pronto localizo a Levi. Es amable, místico, acogedor. Noto cómo a medida que él habla, mi alma se transforma.
—Conozco tu nombre secreto, viajero: perteneció a un fariseo que interrogó a Jesucristo en busca de la verdad; parece que tú también la buscas —susurra en perfecto castellano el maestro—. Adelante, siéntete como en casa.
Recuerdo mi casa y la verdad, prefiero sentarme en esta cómoda terraza rodeada de cipreses que huele a brezo. Me dejo llevar por la intuición, quizá por la inconsciencia, y le muestro el hueso de oro. Él sonríe.
—¿Cómo es posible esto, anciano? ¿Se pueden fabricar así como así?
—En efecto, se puede. Creo que puedo confiar en ti. Puedo ver tu alma, es pura —¿pura? No sé, quizá no es tan sabio.
Por primera vez en todo este caso no tengo las ideas confusas, ese hombre desprende un halo de santidad. De repente veo un símbolo en la pared, ¿de qué me suena? Claro, el logotipo de «Oro Sólido». El maestro descubre mi perplejidad.
—Es el árbol de la vida, viajero, el conocimiento divino y la inmortalidad, la conexión entre la tierra, el cielo y la vida misma. El maestro Ibn Selim, hace más de mil años nos lo enseñó. Y revistió de oro el símbolo eterno. Ese árbol es nuestra piedra filosofal, la llave que conduce al mundo del espíritu. Sé humilde como una aceituna y el olivo te regalará aceite, ten paciencia y tendrás sabiduría, todos los dones te serán dados.
Apenas lo entiendo pero escucho a Levi como si de repente ya no me importasen las pepitas, creo reconocer un momento trascendental de mi vida frente a mí. Aunque debo continuar con la investigación, le enseño la foto del turco.
—Ah, Mehmet. Mehmet fue mi invitado en esta casa y me robó. Yo no juzgo, Yahvé se lo devolverá.
De repente se escucha un estruendo por toda la terraza, es un disparo. El maestro se inclina hacia adelante, sangra abundantemente y finalmente se desploma en el suelo, arrollando la mesita de té. Desde detrás de una puerta aparece la siniestra figura de un tipo encañonándome. El judío del barco de Palermo, debí suponerlo.
—Gracias por traerme hasta aquí —exclama lacónico.
—Tú estrangulaste al turco, ¿no es cierto? ¿Para quién trabajas? —le pregunto.
—Los masones sólo trabajamos para la verdad. El turco era codicioso. Robó las aceitunas pero fue un estúpido; las mezcló y ya no sabía distinguirlas. Sólo quería venderlas al mejor postor.
—A precio de oro… —bromeo. El judío hace una mueca. Otro que me mira como a un tonto; el sarcasmo no es lo suyo—. ¿Qué clase de aceitunas son estas?
—¿Y eso qué importa? No has entendido nada. Y sin embargo has estado a punto de conocer la verdad, la tenías muy cerca. Pero ya no, Nicodemo, ya no.
—¿Nicodemo? ¿Cómo sabes tú…? —hay conocimientos divinos, conocimientos profundos y conocimientos superficiales. Y luego están los conocimientos que no se olvidan, como lanzar a tu enemigo una tarjeta de «Oro Sólido» y en medio del desconcierto desenfundar muy rápido y disparar a esa comadreja. Eso no se olvida.
Observo a ambos, el matón no se mueve ni después de tres patadas. Me acerco al viejo. Pobre maestro. Apenas lo conocía pero creo que le echaré de menos. Le cierro en un gesto sincero los ojos. ¿Qué querría decir el pistolero con eso de que la verdad estaba cerca? Echo una ojeada hacia la parte trasera de la mansión. Diviso un semisótano al que se accede por una escalera de piedra. Al entrar me tiemblan las piernas, creo que estoy a punto de desmayarme. En medio crece altivo un majestuoso olivo. Una gran claraboya hace las veces de techo e inunda la estancia de una luz que ciega la vista. El tronco y las ramas del olivo son de oro. Un oro que brilla con furia. ¿Cómo demonios consiguieron esto? ¿Alquimia? ¿Magia? Lástima, el maestro se llevó para siempre el secreto. Acaricio el metal, frío como una tumba, y medito. ¿Hacia dónde quiero ir? ¿Deseo volver a mi turbia existencia pero cargado de oro? ¿Debo honrar la memoria de Levi? Me siento y cierro los ojos.
Suena el móvil, es Moisés. Rechazo la llamada y suspiro. Hay cicatrices que nunca se cierran, me temo que esta será una de ellas. Hubo un tiempo en el que me hubiera llamado amigo, hoy sólo soy el gilipollas que hace el trabajo sucio. De pronto algo me hace sonreír, no sé muy bien qué es. Me levanto y me sacudo la ropa, sucia y polvorienta. ¿Y ahora qué? ¿Ser el nuevo guardián del árbol de la vida? Suena bien, ¿por qué no? A Giulia le encantaría.



