37. Cuentos para mi olivo

Evelyn Megias Carrasco

 

Se lo pregunté ayer al olivo, viejo y desdentado, con sus ramas secas como brazos que ya no recuerdan el abrazo. «¿Por qué te mueres?», murmuré mientras acariciaba su tronco cuarteado. La corteza me devolvió astillas bajo las uñas, como si se defendiera. Mi abuela, con voz cascada, respondió antes que él:

—Porque nadie le cuenta nada, niña. Los olivos viven de historias.

Me quedé pensando en sus raíces, gordas y retorcidas como serpientes dormidas. ¿Habrán olvidado el camino al agua? Esa noche me senté junto al tronco, la falda llena de polvo, y le hablé de mi madre, de su risa cuando llovía, de los santos colgados tras la puerta, de las peleas por la herencia.

El viento parecía escuchar, silbando entre las hojas muertas. «¿Te vale con esto?», le pregunté al árbol. Sentí un crujido, apenas un suspiro, y juraría que una rama verde despuntaba como un milagro terco. Mi abuela sonrió desde el umbral:

—Sigue contándole, que para eso estás tú.

Así aprendí que el olvido no es un pozo sin fondo, sino un silencio que se quiebra a golpe de palabras. Y aquí sigo, hablando sola, o quizá no tan sola.

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