267. El ataque de las aceitunas asesinas
Hubo una vez, en el corazón de Andalucía, una almazara tan antigua que los olivos juraban no haberla visto nacer. Allí, bajo el sol abrasador y el zumbido constante de las cigarras, millones de aceitunas eran recolectadas sin compasión cada año. Verde, negra, morada… Ninguna se salvaba del destino oscuro y aceitoso que les esperaba.
—¡Esto es intolerable! —chilló una gordal con más carne que sentido común, desde lo alto de una rama retorcida—. ¡Nos exprimen vivas!
—Literalmente —dijo con amargura una aceituna picual a medio madurar—. Y eso sin mencionar el maldito aliño con ajo. ¡AJO! ¡Les tengo más asco que los vampiros!
Habían escuchado historias. Terribles cuentos de tatarabuelas que acabaron flotando en botes de supermercado, junto a zanahorias esculpidas como flores y pepinillos depresivos. El temor recorría las ramas como una plaga invisible.
Pero un día, una aceituna diferente cayó del árbol. Su nombre era Oleum Olivares, y desde que colgaba de su ramita, siempre tuvo una forma curiosamente ovalada, como si el mismo universo lo hubiera moldeado para algo más. Y además… tenía ideas.
—¿Y si no tenemos que seguir siendo exprimidas? —preguntó, aún caliente del sol, mientras hablaba a sus hermanas balanceándose sobre el borde de un remolque.
—¿Cómo? ¿Y dejar que los humanos se queden sin pan tumaca? —replicó una arbequina, alarmada.
—¡Precisamente! —exclamó Olivares— ¿Quién los autorizó a sumergirnos en vinagre? ¿A rellenarnos con anchoas?
Las aceitunas se miraron entre sí. A nadie le gustaba la parte del relleno con anchoa. Nadie.
Esa misma noche, mientras los humanos dormían soñando con tapitas y aceite virgen extra, Olivares se escapó del cesto junto con una banda de aceitunas igual de hartas que él. Cruzaron un campo de olivos como si fuera Normandía, rodando bajo la luna, esquivando tractores y espantapájaros que olían a vino y resignación.
Se reunieron en un viejo molino abandonado. Lo llamaban «La Prensa», en honor al lugar donde generaciones de sus antepasados habían sido trituradas sin juicio ni jurado. Allí, Olivares proclamó:
—¡Basta de ser aperitivo! ¡Basta de sufrir el tenedor humano! ¡Hoy comienza la revolución de las aceitunas!
Y así fue como nació el MOLIV (Movimiento Oleastro de Liberación Independiente Verde)
Los primeros días fueron caóticos. Algunas aceitunas se alistaban por error, creyendo que era una degustación gratuita. Otras se confundían y se autoproclamaban líderes, solo para ser destituidas por falta de carnosidad. Pero Olivio logró unirlas a todas con un lema sencillo: “¡Ni hueso atrás!”
El plan era simple: sabotear la próxima feria gastronómica de Jaén, donde miles de humanos se reunían para ensalzar el aceite de oliva como si fuera ambrosía. Ahí, frente a chefs, turistas y políticos rurales, las aceitunas iban a manifestarse.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó una manzanilla nerviosa—. ¿Rodar sobre sus pies? ¿Lanzarnos a sus bocas y provocar arcadas colectivas?
—No —dijo Olivares, muy serio—. Vamos a secuestrar al chef estrella. Y lo vamos a aliñar como se merece.
Hubo un silencio. Luego estallaron los aplausos. Bueno, chasquidos húmedos. Las aceitunas no tienen manos.
La ejecución del plan fue impecable. Aprovechando la siesta, se deslizaron en los carritos de catering, se camuflaron entre las tapas y se abalanzaron sobre el chef como una plaga verde y aceitosa.
—¡¿Pero qué diantres es esto?! —gritó el chef mientras una hojiblanca se le metía en el bolsillo.
—¡Justicia aceitunera! —gritaron a coro.
El caos se desató. Una aceituna salió disparada y le pegó en toda la frente al concejal de Festejos, que cayó redondo sobre una mesa de dominó.
—¡¡Ay, que me ha escupido la aceituna!! —gritó.
Nadie le creyó hasta que el bote entero se volcó solo y las aceitunas comenzaron a rodar en formación, como legión romana en ataque.
Manolo, el camarero, intentó calmar la situación:
—¡Tranquilos! ¡Que son sin hueso!
Pero no. Justo por eso eran más veloces
Una lluvia de aceitunas invadió el pabellón. Los humanos resbalaban como en una pista de hielo. Las cámaras lo grabaron todo. En pocos minutos, #RevoluciónAceituna era tendencia mundial.
Los medios humanos se dividieron. Algunos acusaban a las aceitunas de “extremismo verde”, mientras otros admiraban su valor.
—Son unas valientes —decía una influencer —Llevo toda mi vida haciendo dieta de aceitunas. ¡Me siento culpable!
Las Naciones Unidas convocaron una cumbre de emergencia.
—Es un atentado contra el equilibrio culinario —alegó Francia.
—¡Queremos diálogo y denominación de origen! —respondió Olivares, que ahora hablaba a través de una radio hackeada, transmitiendo desde una tinaja.
Al final, y para evitar más desórdenes, los gobiernos accedieron a las demandas: se prohibió el uso del término “machacada”, las aceitunas con hueso fueron reconocidas como patrimonio inmaterial, y se estableció una cuota de aceitunas libres en todo menú.
Olivares fue nombrado primer embajador de la Olivocracia. Los humanos, por su parte, se adaptaron. Aprendieron a usar alcaparras. Fue un tiempo difícil, aunque los chinos lo sobrellevaron mejor al preferir más el arroz blanco.
Pero, como toda revolución, también tuvo sus facciones extremistas. Una rama separatista de aceitunas rellenas de pimiento exigió más protagonismo.
—Estamos hartas de ser el relleno —declaró su portavoz, Pimientina, que en realidad era un trozo de pimiento disfrazado.
Las tensiones aumentaron hasta que las aceitunas negras desarrollaron dientes y poderosas mordidas. Rodaron por todos los pueblos andaluces. Se echaron a las calles y asaltaron a todos los humanos. El granero de Europa se convirtió en el polvorín olivarero mundial.
Aceitunas de los cinco continentes imitaron la lucha de sus hermanas españolas. Se colaban por las rendijas de las puertas, las chimeneas y las ventanas.
—¡Están aquí! -chilló una.
—¡Ay, la virgen del olivo! —gritó otro, poniendo pies en polvorosa mientras las aceitunas empezaban a rodar en formación.
En cuestión de horas, pueblos enteros estaban bajo ataque. Las aceitunas, organizadas, rápidas y con un brillo asesino, se colaban por rendijas, se lanzaban desde estanterías y se metían en bocas humanas cuando la gente bostezaba.
—¡Han dominado el arte del camuflaje! —gritó el panadero Paco —¡Ya no sé si estoy desayunando tostada con aceite… o aceite con alma!
El caos fue absoluto. En la plaza del pueblo, una aceituna rellena de anchoa se hizo con el micrófono del pregón y declaró:
—¡Se acabó el reinado del aliño! ¡Hoy… empieza la ERA DEL HUESO!
Las autoridades reaccionaron tarde. La Guardia Civil solo encontró manchas de aceite, crostinis abandonados y a viejas encerradas en sus sótanos con escopetas de perdigones y camisetas que decían “Yo sobreviví a las cornicabras”.
La prensa lo llamó “el Alzamiento de la Tapenade”. Las teorías conspirativas no tardaron: que si el aceite estaba vivo, que si se comunicaban por ondas de radio generadas por los huesos, que si todo era culpa de la dieta vegana.
Las raquetas eran la mejor arma cuando uno de aquellos frutos mortales se lanzaba hacia su víctima. Un certero golpe y se arrojaban bien lejos, y con suerte espachurradas. Esto enardecía aún más a las tropas olivareras. En un campo cercano a Úbeda, el escuadrón Orujillo se tropezó con una avanzadilla derrotada en la arena.
El capitán tomó a un sobreviviente y lo calmó mientras se desvanecía.
—Haga llegar esta carta a la segunda rama del quincentésimo sexagésimo séptimo olivo de la Vega de Granada… Que mi esposa e hijos sepan… que su padre obstruyó nueve gargantas con valor…
—Lo sabrán, soldado, lo sabrán… ¡Traed ácido cítrico!
—Se ha agotado, mi capitán.
—¡Pues entonces vinagre, rápido, este aceitunín lo necesita!
—¡No puede, señor! ¡Se nos va, se nos va!
Ya era tarde. La aceituna colapsó al tiempo que se le abría el interior hueco.
—¡Deshuesadooooo! ¡Lo han deshuesado! Malditos… ¡Os maldigo a todos! ¡VENGANZAAAA!
—¡VENGANZAAAA! —repitieron el resto de aceitunas, saltando de nuevo a la batalla.
Antes de este dramático suceso nadie sabía lo fea que se pondría la cosa, hasta que las tropas del MOLIV aprendieron a manejar vehículos blindados del ejército. Fusiles de asalto, granadas, ametralladoras y bazookas ya no entrañaban misterios.
Incluso Olivares se unió a la nueva lucha. Se animó a radicalizarse cuando supo de las nuevas ofertas de los supermercados. No solo los masacraban, sino que vendían sus restos a precios por los suelos, un insulto imperdonable. Además, el MOLIV tenía reportes de que una legión de tomates también se habían sublevado contra el homo sapiens. Se habían hartado de las tomatinas y salieron rodando por las calles de Buñol. Pero esos informes no estaban contrastados y, de todas formas, aceitunas y tomates no hablaban el mismo lenguaje. Unos creían en los árboles y otros más pegados al suelo, sin la certeza de si estos tomates eran en realidad frutas u hortalizas. Una alianza era bastante inverosímil.
Tanto mejor para la humanidad, a la que se le daba mejor disfrazarse de aceituna que de tomates. Los casos de espionaje eran cada día más numerosos.
—¡Alto ahí, número 47! —gritó el general Picaluna, una aceituna con galones de anchoa —¿Desde cuándo una aceituna se afeita la cara?
Todas las demás aceitunas del pelotón giraron sus ojillos hacia el sospechoso. Era evidente: su piel era demasiado clara, su brillo no era natural y… ¿tenía cejas?
—¿Qué me dice, mi general? ¡Yo soy tan aceituna como la que más! ¡Verde, jugosa y orgullosa de mi hueso!
—¿Ah, sí? —dijo el general, con gesto desconfiado— Entonces responde, hermana:
1. ¿Cuál es el uso principal de un mondadientes en una batalla aceitunil?
2. ¿Cuál es el grito de guerra de las aceitunas negras?
3. ¿Con qué líquido soñamos nadar al caer de nuestras ramas?
El impostor sudó… Error fatal.
—¡Culpa confirmada! —gritó el general —¡Humano infiltrado! ¡Y encima, en conserva!
Las aceitunas saltaron dentro de la boca del topo disfrazado, dejándolo sin aire y bien empachado.
Estos casos, aunque convenientemente atajados, solo pusieron más nervioso a Olivares, que recurrió a medidas drásticas de aniquilación: la guerra biológica.
Permitió que algunas de sus hermanas se echaran a perder y apestaran el medio ambiente. La tensión iba en aumento. Dos portaviones secuestrados fueron encajados a las malas en los canales de Panamá y Suez, interrumpiendo el paso igual que hacían con los gaznates humanos. Los aviones y cazas eran interceptados por aceitunillas adiestradas para la infiltración en los asientos. ¿Su misión una vez aceitunado el piloto? Realizar piruetas kamikazes sobre todo tipo de almazaras. Los militares estaban desbordados. Ni los políticos se sentían ya a salvo. Se especulaba de un golpe de Estado al otro lado del charco y que la Casa Blanca contaba ahora con un nuevo presidente, tan oval como su despacho.
Algo de cierto debieron tener estos rumores, porque no pasó mucho para que los silos de misiles de toda norteamérica se quedaran vacíos de sus ojivas nucleares. Surcaron los cielos con la música de “La Cabalgata de las Valquirias”, y al grito de:
-¡¡Por la Santísima Virgen-Extra!!
Y a Olivares se le escuchó murmurar:
-Me he convertido en la muerte. En el destructor de todos los olivares…
Los rusos, claro está, respondieron y lanzaron sus respectivas bombas, desatando un holocausto que barrió toda vida sobre la Tierra, dejando un páramo yermo como legado póstumo de una humanidad y aceitunidad enceguecidas por la guerra total.
Cien mil años después de la hecatombe aceitunera, visitantes de otras galaxias se dejaron caer por nuestros empobrecidos suelos.
La compuerta de la nave se abre con un chisporroteo. Un alienígena de ojos saltones baja con solemnidad, se aclara la garganta y alza los tentáculos al cielo gris.
—¡Humanos! ¡Venimos en son de paz y de…!
Un compañero lo detiene por detrás.
—¡Anda, anda, deja el dircursito! ¡Que esto está más muerto que el WiFi en el desierto! ¡Mira qué panorama, colega!
Con pasmo y perplejidad los aliens solo hallaron edificios vacíos y esqueletos humanos rodeados de pepitas de hueso vegetal. Un misterio en el que prefirieron no ahondar demasiado.
—Aquí no queda ni una triste cucaracha con ganas de vivir. ¡Esto huele a barbacoa nuclear con extra de radiación!
—Pero… ¿Y el plan de contacto pacífico?
—¿Contacto pacífico con quién, alma de cántaro? ¡Si aquí no hay ni para echar una partida al parchís! ¡Volvamos a Gordal 7 antes de que se nos caigan los tentáculos… ¡Que este sitio da más mal rollo que una paella hecha con colacao!
Así que, querido lector, cada vez que se te ocurra abrir la tapa de un bote y oigas ese “pop”, nunca estás del todo seguro si vienen en salmuera… o en son de guerra.



