340. Volver a casa

Noah

 

El paisaje, poco a poco, se va llenando de olivos. Bajo la ventanilla y siento el aire seco en mi cara, ya ligeramente caliente por la proximidad del verano, con ese olor a tierra vieja y a castillos. Vuelvo a mi casa, al terruño, mi querido terruño.
No importa cuántos años lleve viviendo lejos, Jaén siempre será mi casa, mi hogar, el lugar al que pertenezco, al que volver cuando quiero refugiarme o, a veces, esconderme. Y, como ahora, cuando tengo mucho, mucho miedo.
No es una decisión que haya meditado, ni siquiera lo he pensado. Simplemente me pareció lo más natural; hacer una pequeña maleta en cuanto salí del hospital, coger el coche y venir aquí. No sabría explicar por qué. Podría haberme quedado en casa con mi pareja, llorando o cabreada, o todo a la vez, pero ni siquiera nos lo planteamos. Es como si una fuerza nos hubiese atraído aquí. Solo obedecimos.
Mientras nos alejábamos de la ciudad donde vivimos, me fui sintiendo mejor, como más ligera, como si lo que acababan de decirme en el hospital se hubiese quedado allí, en esa consulta de paredes blancas y frías, y no viajara aquí, conmigo. Como si aquello hubiese sido un sueño, solo una escena, una pesadilla que no llega a serlo. Y ahora, en el coche, sentía que soñaba de nuevo, pero un sueño agradable en el que la vida parecía volver a su rutina, llena de preciosas cosas pequeñas. Me sentí adormecer.
Mientras veo pasar una oliva tras otra, me siento extrañamente tranquila, casi disfrutando del viaje. A veces se me olvida lo bonita que es nuestra tierra, y lo única que es.
Soy otra yo cuando vuelvo. Ni mejor ni peor, solo otra.
A veces, cuando voy a la casa de campo donde pasé mis veranos, soy la niña que jugaba a cazar ranas, la que veía cómo su familia, cuando llegaba septiembre, se iba al amanecer a recoger las uvas y volvía cansada pero satisfecha.
Cuando paso por mi instituto, soy la adolescente que hizo las mejores amistades entre esas paredes, esas con las que pasó riendo y bailando tantas ferias de octubre.
Cuando paso cerca del cementerio, soy la joven que perdió a su madre, que se fue demasiado pronto y a la que nunca dejaré de echar de menos. Esa que me inculcó el amor por esta tierra de la que formo parte, sin remedio.
Y cuando vuelvo, como ahora, soy la forastera, la que vive lejos. Y soy todas. Y ninguna. Y también alguna otra.
Ahora no sé quién soy. Esto es nuevo para mí.
¿Soy la que va a morir? ¿Soy una elefanta que, ante la proximidad de su muerte, vuelve a un lugar seguro? Qué básicos somos y qué complicados nos creemos.
Soy la amiga enferma, la que va a congregar esta noche a todas sus amistades. Las de verdad.
Las que saben quién soy, con mis defectos y virtudes.
Hoy soy la amiga que necesita a sus amigas, a sus amigos, que necesita un abrazo, miles de abrazos. Y esos abrazos no los tengo allí donde vivo. Tengo muchos, pero no son iguales. No conocen todas mis “yos”. Solo la última versión: mi yo adulta comportándose como una adulta.
Esa no soy yo, y sí que lo soy. Pero hoy no, hoy no.
Hoy soy la que busca consuelo, la que no quiere estar sola, la que huye, la que grita por la ventana del coche al viento para que este se lleve las palabras que tanto le asustan: cáncer, metástasis.
No quiero llorar.
No quiero ir para que se pongan tristes.
Solo quiero que estén.
A lo lejos, ya se ve el castillo dominando la ciudad, tan poderoso e inmenso, vigilando toda la comarca a su alrededor. Me imagino a mí misma allí, delante de él, sacando mi espada de caballera e intentando pelear contra lo que me ha tocado, ese enemigo invisible y tan temido, ese gigante con el que batallar y al que quiero quitarle la vida antes de que me la quite a mí.
Saco mi lanza, y encomendándome de todo corazón a mi amado embisto contra él y grito: ¡No tengo miedo! ¡Acabaré contigo!
Entramos en Jaén y casi me da pena que se haya acabado ya el viaje. La sensación de estar moviéndome me gusta, ir allí metida en un espacio cerrado en el que nada más tiene cabida. Solo él y yo, y los olivos pasando. Tengo miedo de que, al llegar, me embargue otra vez el miedo que he logrado dejar atrás, el que se ha llevado el viento, el que dejé en algún lugar del camino, tirado en el arcén, buscando otra víctima a la que pegarse. Tengo miedo de que haya venido para nada, de que esté simplemente huyendo, sin rumbo, solo huyendo.
Bajo del coche con bastante aprensión, como si al cambiar el aire de allí, en el que ya me sentía mejor, por este nuevo, se fuese a romper el frágil equilibrio en el que sin duda ando. Pero salgo, y no pasa nada. No me siento peor. Sigo con la impresión de haber hecho lo correcto: venir aquí, buscar apoyo.
Entro en mi casa. Mi padre está en la cocina haciendo la comida: patatas a lo pobre con huevos fritos en AOVE. Sabía que veníamos, pero no por qué. Mientras cocina, beber una copa de vino acompañado de unas aceitunas de cornezuelo y pan con aceite.
—La vida está para disfrutar —me dice mientras se come un trozo de pan empapado en el aceite—. Venga, comed un poco. 
—Claro, me encantaría — digo mientras corto un trozo de pan. 
Es el aceite que hace para la familia y los amigos en el antiguo molino de sus abuelos. Ese que no se vende, solo se regala y se comparte. —Este año ha salido especialmente bueno, ya veréis, probad. Come que te estás quedando muy delgada, con esas modas que tenéis ahora las jóvenes, que no sois más que huesos —me dice, regañándome.
Y se lo cuento. Le cuento la razón de mi delgadez.
Él termina de comerse la aceituna y, un poco enfadado, me dice:
—¿Pero en qué lío te has metido?
No sé qué contestarle. Me limito a levantar los hombros. Él me da la espalda y corta el fuego.
—Venga, pon la mesa, que esto no es un hotel —me dice.
Y comemos mientras nos cuenta los problemas con la bomba para el riego, que con la sequía la cosecha no se espera muy buena, que han prohibido el fungicida que él ha usado toda su vida y ahora el que venden no es igual de efectivo, que sigue peleado por las lindes con el nuevo vecino, que no se entera… y no para de hablar hasta que terminamos de comer y se va a echar una siesta.
Por la noche, nos dirigimos al bar de siempre, el bar de la pandilla, donde tantas horas hemos pasado sin hacer nada y viviendo tanto. Y allí están todos ya, esperándonos. Se levantan y empezamos a saludarnos, dándonos besos y abrazos como hacemos siempre, como si fuese una noche de viernes más.
Viene el camarero que nos explica que esa noche hay cata de aceite de las cooperativas de la zona para promocionar sus productos. Cuando llegan las botellas empezamos a probar, cada uno empieza por su preferido: Lorena va directa al Picual, la nuestra por excelencia; Pedro prueba un carrasqueño de Alcaudete; Luisa elige un hojiblanca ligeramente picante como a ella le gusta; Carlos sigue fiel al Royal de Cazorla, su pueblo; y Ana y yo empezamos por un manzanilla de Jaén. En ningún lugar se pueden degustar estas maravillas como aquí. La mesa se llena de pan recién horneado, risas y comentarios sobre matices que solo los locales saben apreciar: el frutado intenso, el amargor justo, el picor final que despierta recuerdos de infancia y campo. El ambiente se vuelve casi solemne, como si participáramos en un ritual heredado. Cada sorbo evoca historias de amaneceres entre olivos, del trabajo paciente de generaciones que han cuidado la tierra con esmero. Descubrimos que esta cata no es solo degustar un producto, sino abrazar una cultura, un patrimonio vivo que se derrama en cada gota dorada, brillante y eterna.
Noto una mano en el hombro. Me vuelvo y es mi padre, que me sonríe con los ojos llorosos, conteniendo las lágrimas. Se sienta a mi lado y le dice a la camarera:
—Otro plato para mi y copas de vino para todos.
Cuando llegan las copas, brindamos como cualquier otro día, mirándonos a los ojos y sonriendo, sabiendo que esos momentos hay que retenerlos en la memoria para siempre, para recordarlos en los días tristes.
Nadie me pregunta nada. No hace falta. Yo sé que lo saben, y sé que lo sienten. Me lo dicen con sus miradas fugaces, con sus sonrisas. No hace falta hablar con quien ya te has dicho tanto, con quien te conoce tan bien.
Alguien dice una broma y todos se ríen, y yo también me río, y en esa risa me reconozco. Bebo un poco de mi espumoso. Estoy aquí. Todavía estoy aquí. Y, por ahora, eso basta.

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