339. Nombre para un olivo

Domingo

 

¡Jurjo, Jurjo, ven aquí!

Así es como su madre lo llamó esa mañana gélida de febrero tras una noche de un frío tan intenso que hizo reventar las cañerías al quedar congelada el agua dentro de ellas y que hizo amanecer los campos de una capa de dura escarcha sobre los olivos que su padre con gran mimo y dedicación tenía en el término de las Capitanas, un lugar muy ligado a la historia familiar, pues allí se dirigían siempre sus pasos cada vez que quería festejar y dar gracias a Dios por cualquier cosa que concerniera a cada uno de los integrantes de su vasta y extensa familia.

Jurjo es alegre, cordial, con don de gentes, achatado y moreno de piel. Jurjo no es su nombre real, sino un apodo, que muy graciosamente, nótese la ironía, que su propia madre le impuso en honor a aquel general Sanjurjo para no tener que aludir el nombre de su suegro, que no le caía tan bien como debiera. De hecho, todo el pueblo y los alrededores lo conocían como Jurjo y no con el nombre que le impusieron en la pila bautismal de su pueblo, dónde fueron bautizados tantos y tantos miembros de su familia. No obstante, el portaba el apodo con orgullo, porque decir Jurjo en su pueblo era abrir puertas allá por donde pasaba. A su padre no le hacía gracia tal apodo, pero como su mujer tenía tanto carácter no había hombre que le chistara.

Ese preciso día tras desayunar unas ricas migas que su anciano padre se dedicaba en preparar con gran cariño para él y para todos sus hermanos antes incluso de que amaneciera para que las fuerzas no les abandonaran en toda la mañana y para que se dedicaran con ahínco en recoger esos frutos morados y negros que reflejan la madurez exacta para la extracción del oro líquido de la tierra que los vio nacer. Sí, en ese preciso momento, unos gritos sonaron en la casa de al lado. Unos gritos, que no presagiaban dolor, sino que por el contrario auguraban algo bueno, pues eran los primeros bramidos de un nuevo miembro de la familia que con sus pequeños pulmones hicieron surgir lágrimas entre aquellos labriegos que más si cabe se iban más felices aún a trabajar en los campos que con gran sudor había conseguido adquirir el patriarca de la familia.

Fue precisamente ese hecho el que hizo fraguar en Jurjo una idea que iría desarrollándose a lo largo de su larga y extensa vida. Dicha idea fue que si alguna vez tenía tierras propias, en ellas sembraría unos árboles de hojas plateadas que en mayo se llenarían de pequeñas flores amarillas que con las aguas de san Pedro, las de san Agustín y las propias de los días de otoño se convertirían en los frutos que serían el motor de esa tierra fértil y fecunda que lo vio nacer en los felices años veinte y que antaño fue una dehesa boyal de tierra calma. Gracias a las lluvias en estas tierras tan prolíficas se obtenía ese aceite de color verde intenso que empapado en una rebanada de pan candeal hacía las delicias de muchas personas del campo, pues era considerado un manjar y un bocado de los mismos dioses.

Tanto era su amor y su dedicación tanto al campo como a su familia que en el quedó grabada en su mente que el primer olivo, sembrado por él mismo en esa tierra que compraría con el sudor de su frente, tendría nombre propio, y como en su zona los olivos son olivas. Por tanto, sus olivos recibirían un nombre pero en femenino.

De este modo, tras muchas jornadas trabajando de sol a sol, consiguió su anhelo más deseado y codiciado, es decir, tener una porción de tierra dónde cultivar sus apreciados olivos.

Así en un lugar de esa dehesa boyal donde antaño no había olivos, porque allí pastaban en otro tiempo los bueyes, las ovejas, las cabras y cualquier animal que se pudiera pastorear, de un pestugón empezó a crecer Cristobalina, nombre dado en recuerdo de ese sobrino que nació en esa época tan ligada a la recogida de la aceituna, la fruta de la oliva.

En aquel lugar estaba desde los primeros rayos del alba hasta que el astro rey se ocultaba en el horizonte mimando su mas preciado tesoro, incluso podía ver el carro de Helios guiado por sus corceles blancos que iban en busca de las puertas del ocaso, mientras Selene con su cuadriga de yeguas plateadas empezaba a surcar el cielo con su haz de rayos argénteos, prometiendo una noche donde luciría una Luna que llamaría a los amantes nocturnos para que salieran a su encuentro y le rindieran pleitesía, pues tal era su imaginación desbordante.

No obstante, a Cristobalina siguieron sus hermanas que crecieron en un otero desde el que se divisaba la era dónde su padre tenía ese pozo de agua dulce en el que abrevaban las bestias de la familia y que tenía tan limpio e impoluto que ni siquiera consentía que las mujeres de la familia fueran a la era a lavar las prendas sucias por el duro trabajo del campo en la pila que había en la puerta, pues el simple hecho del agua con jabón una vez vaciada la pila le molestaba.

En dicha era abrevaba su querida mula Argentina que tanto lo descargaba del ir y venir del tajo al molino para llevar la aceituna recolectada para ser pesada y molturada en el molino de santa Ana que pertenecía a la familia de su madre.

Con dicha mula, Argentina, abrió los surcos donde plantaría sus estimadas y queridas olivas, a las que se dedicaría con ahínco todos y cada uno de sus ratos libres y estuvieron en su mente hasta su último hálito de vida.

Ya en la edad madura, cuando iba con su yunta de bueyes castaños junto con su hermano pequeño para trabajar las tierras de su padre, una mañana soleada de finales de primavera su mirada se cruzó con la mujer que lo conquistaría y con la que compartiría el resto de su vida. En ese mismo momento le enamoró la grácil figura de esa morena de ojos verdes que reflejaban un verde oliva que a él tanto le gustaba, y que con el paso de los años compartiría con él el amor por el campo y de sus olivos. Se quedó tan ensimismado con la imagen de esta bella mujer que su hermano tuvo que darle un leve codazo para sacarlo del sueño en el que se hallaba inmerso, lo que provocó que los tres se echaran a reír por tan curiosa situación y que en un futuro serviría de burla en las reuniones de la familia y que harían sonrojar a Jurjo y rememorar tan bellos recuerdos.

Ella era altanera y esquiva, no dejándose enamorar fácilmente, porque su padre la tenía atada en corto, porque pensaba que sus hijas debían tener un futuro prometedor y no cualquiera iba a pedir su mano. No obstante, una vez que empezó a cortejar a su hija, el padre comprobó que Jurjo era un hombre de bien y que daría a su hija la vida que se merecía y un futuro prometedor, pues al saber con el gran ahínco con el que trabajaba su tierra y que ya contaba con tierras propias pese a su corta edad, hizo decantar la balanza hacia este joven aunque ya maduro, pues tenía un futuro por delante y daría a su hija lo que ésta necesitara.

María, que así se llamaba aquella mujer que lo encandiló y que cuanto más se conocían más se daba cuenta que le afligía o que le alegraba con sólo observar su semblante, pronto empezó a cambiar su altanería por un carácter más tranquilo, teniendo un afecto sincero hacia todos los miembros de la extensa familia de su esposo. Pese a ser una familia muy numerosa, siempre hubo cordialidad entre todos ellos, no habiendo rencillas o peleas ni entre suegros y yernos y nueras, ni entre cuñados ni cuñadas, y si los hubo Jurjo siempre actúo como árbitro para apaciguar siempre los ánimos para que reinara la paz entre su familia.

¡Jurjo, Jurjo, despierta!, le hubiera dicho el gran amor de su vida si su mente no estuviera perdida a causa de esa cruel enfermedad que hace olvidar hasta esos amores tan intensos. Sin embargo, él la sentía con gran fuerza pese a no estar ya en este mundo, porque los amores verdaderos no se olvidan y para él esos grandes amores fueron su amada, su vasta familia y sus olivos, a los que supo cuidar muy bien a todos ellos.

Pareciera que ahí acostado en el lecho mortuorio, siguiera velando por todos sus seres queridos y que tras la rendija de sus ya ojos opacos por la parca siguiera viendo y escuchando a todos los suyos, además de esbozar una sonrisa postrera al saber que uno de los suyos ha colocado entre sus manos una rama con aceitunas de su querida oliva Cristobalina, como testigo de su gran pasión por el campo y como uno de los bienes más preciados por él.

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