336. Cuando el árbol habló

Violeta Kerszberg

En el pueblo nadie tocaba un olivo. Se decía que sus troncos, retorcidos como espirales de humo, guardaban un aliento secreto. En las tardes de agosto, bajo la calima, parecía que los árboles respiraban.

Llegó un forastero de Castilla, con la barba polvorienta y las botas rajadas. Decía que no creía en cuentos, que venía de atravesar campos de secano donde la leña era escasa. Una noche tomó el hacha y se internó en la loma, convencido de que un olivo viejo ardería mejor que el hambre.

El primer golpe abrió la corteza como una herida, y de ella manó un líquido espeso, verde y dorado, que chisporroteaba en la oscuridad. El forastero retrocedió, pero el aire se impregnó de un aroma tan intenso que le llenó los pulmones hasta el ahogo.

Al amanecer lo hallaron sentado en la plaza, con una hogaza abierta en dos y los dedos brillantes de aceite. No volvió a hablar nunca más. Solo sonreía, y en esa sonrisa los niños juraban ver la luz del olivar extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.

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