335. El olivar, memoria de una madre
Los tiempos habían cambiado mucho desde la posguerra, aunque la vida seguía trascurriendo con esa mezcla de tradición e improvisación que la caracteriza. Mi madre había siempre cargado sobre sus hombros el peso de la familia porque, aunque mi padre ganaba un buen sueldo como empleado del estado, él se dedicaba sobre todo a sus cosas. Así que, a ella como a muchas otras mujeres, le había tocado muchos años ir a la rebusca para que no faltara el pan con aceite en casa. El azúcar llegaría después, como un lujo. Éramos siete hermanos y, para calentar el brasero en las noches frías de invierno, nos turnábamos para recoger orujo en la fábrica de aceite de la calle El Pozo, como hacían la mayoría de familias en nuestro barrio, incluida la de mi amiga MariPili. Otro recuerdo que tengo de ese tiempo es del hallazgo, entre las cosas guardadas por mi madre, de los cupones de racionamiento que ya no valían nada, pero que nosotros enseguida convertimos en moneda de cambio en nuestros juegos, cuando con un puñado de aquellos cupones era posible comprar deliciosas chucherías en el quiosco, aunque fuera solo en nuestra imaginación.
Pero lo más duro ya había pasado cuando, en el año 1955, se volvió costumbre para mí ir a coser entre olivos, siempre a la sombra de mi favorito. Yo le contaba mis secretos en silencio, confiando en que él los guardaría, que nunca los revelaría como una madre nunca revela los secretos de familia. Bajo ese olivo, yo me sentía en calma, era un cobijo como lo es el regazo de una madre, donde todo está en orden y no necesitas de palabras para que te comprendan, aquel lugar se había convertido en uno de mis favoritos.
Cada tarde salíamos de un brinco mi hermana pequeña Paqui y yo desde la casa familiar, en el barrio de San Felipe, con nuestro kit de costura colgando del brazo camino del olivar para nuestro taller. Todavía hoy me pregunto de qué manera habíamos conseguido reunir por aquel entonces aquel valioso tesoro, sin duda mucho más de lo que necesitábamos: un bastidor para cada una, agujas de varios tamaños, un gran puñado de alfileres, unas tijeras oxidadas, algún que otro dedal demasiado grande, botones de muchas formas, cremalleras, hilos de colores, algún que otro parche y telas de distintas calidades entre otras cosas.
Más arriba de nuestra casa vivía MariPili. Frente a la ventana de su casa gritábamos impacientes su nombre, mientras adivinábamos si alguna de las siluetas que veíamos moverse a través del visillo, dentro del salón, era la suya. Entonces, en cuestión de segundos, ella salía corriendo apresurada con su banqueta a rastras, contenta porque estrenaba alguna bobina con la quería probar algún punto distinto. Aunque la situación para nosotras era cotidiana, ya que salíamos a coser al campo cada tarde, parecía que a ella siempre le sorprendía la escena, lo que nos hacía siempre reír a carcajadas, porque era como si aquel día siempre fuera el primero.
MariPili tenía mi edad, doce años. Era una niña distinta a las demás, tenía un gran corazón. No se trataba solo de la inocencia típica de la niñez, ella tenía algo más, una enorme bondad que le hacía especial, irradiaba mucha paz. Recuerdo cómo a veces le cantaba para molestarla: “Pila de lavar sin jabón”, pero nunca lo lograba. Ella respondía con una sonrisa torcida y los ojos entrecerrados, como una muñeca de porcelana que no corre el riesgo de romperse, susurrando despreocupada alguna cosa que le había sucedido aquel día. Por otro lado, mi hermana Paqui, con nueve años, era la más obediente de todos en casa. Si la modista le pedía que metiera la barriga al tomarle medidas para un vestido nuevo, ella aguantaba la respiración hasta ponerse roja, inmóvil como una estatua. Su amor por la costura no fue pasajero y de mayor se sacó el titulo superior de corte y confección, lo que después le sirvió para confeccionar sus propios diseños y, más adelante, enseñar el oficio a otras niñas en una escuela.
Yo era la cabecilla del grupo, un poco traviesa, pero muy sana en el fondo. A los siete años ya había convencido a mi padre para cambiarme de la escuela de párvulos, la que todos llamaban “la escuela de los cagones”. Le dije que el maestro me había mandado a primaria porque era demasiado mayor para seguir allí y resultó que me creyó o por lo menos me comprendió. Todavía recuerdo el sentimiento de orgullo que me invadió cuando a los pocos días ya estaba matriculada en la escuela de primaria, había pasado a ser oficialmente mayor, podía decirse que había dejado de ser una niña ante los ojos de todos. Aquella fue una sensación de triunfo que se convirtió en una especie de medalla que no me quitaría hasta varios años después y es que yo siempre fui una niña muy decidida, de ideas claras.
Las tres compartíamos muchas cosas aquellas tardes de costura, historias cuyo significado comprendo ahora mejor que en aquellos días, cuando parecían simples anécdotas que nos producían risas o, todo lo contrario, mucho miedo. Recordábamos meriendas de pan con aceite y azúcar, que sabía a gloria, noches en que compartía cama con mi hermana mediana y acabábamos en el suelo entre codazos y carcajadas o la de aquellas niñas que por el destino y algo de mala suerte habían desaparecido porque se las había comido el lagarto de la Magdalena, debido a su gran apetito. Y es que es una verdadera suerte ser de Jaén, donde todo se convierte en aventura bajo la sombra, aunque escasa en verano, de los olivos que dejan de ser paisaje para ser refugio de un tiempo en el que bordábamos con paciencia no solo flores sino sobre todo muchos sueños, que crecían día tras día como lo hacían aquellos diseños en nuestros bastidores.
Nosotras no lo sabíamos entonces, pero coser bajo los olivos como en nuestro caso o, en cualquier otro lugar, no era solo un pasatiempo infantil, sino que era una tradición heredada de generaciones. En aquellos años, la costura era uno de los oficios más propios de las mujeres y muchas de mi época llegaron a ser reconocidas en Jaén y alrededores por sus diseños y bordados, incluida mi hermana Paqui a la que muchas mujeres recurrieron para vestirse en eventos importantes en sus vidas como la boda de un hijo, la primera comunión de su ahijada favorita o incluso el bautizo de una nieta. La costura era un arte que daba independencia en un tiempo en que las mujeres tenían pocas salidas, con cada puntada se reafirmaban en su esfuerzo y su valía para aquel oficio.
La mía fue una experiencia más discreta con la costura. Recuerdo que en la escuela mi maestra me pidió bordar unas florecillas en el canesú de un camisón, un trabajo para su hija que estudiaba magisterio, donde aún se enseñaba costura como asignatura. Unos años más tarde sería yo quien estaría cursando magisterio para convertirme en maestra, oficio que me enseñó y disfruté mucho. También durante el taller, recuerdo estar bordando en un pañuelo las iniciales de mi hermano mayor para regalárselo por su cumpleaños, mientras que MariPili insistía en probar distintos tipos de flores, aunque las margaritas eran siempre las que mejor le salían, destacando entre todas las demás.
La señorita que nos dirigía en el taller cada tarde cosía, con una técnica impecable, en silencio, sentada en su silla bajo un olivo que me recordaba a un viajero del tiempo, sabio y viejo capaz de contar miles de historias, sin decir ni si quiera una palabra, y fuerte y joven apto para cada año dar su fruto y alimentar a varias familias del barrio. Ahora, no recuerdo el nombre de la señorita, pero sé que era muy guapa, que tenía menos de veinte años y que era soltera todavía. De ella se inventaban historias, quizá porque hablaba poco. La más popular era la del supuesto tercer seno, situado entre sus muslos, con el que tendría que amamantar a su futuro bebé. Sin duda historias tan increíbles como estas crecían al calor de la imaginación, cuando la tradición oral, casi perdida hoy en día, servía como forma de identidad y expresión del pueblo.
El mayor logro, en mi opinión, de la señorita fue un bordado para el manto de la Virgen de la Soledad. Aunque cuando hoy pienso en ella, la recuerdo no tanto por la perfección de sus puntadas, sino por la paciencia que mostraba con todas nosotras, como si adivinara el futuro que a cada una nos aguardaba. En cualquier caso, ese año la Virgen lucía deslumbrante en la procesión, a la que fui sin falta, aunque mi familia no era muy devota. Aquel día me sentí parte de algo mucho más grande que yo, más incluso que el pueblo entero de Jaén, aquello era una ofrenda a nuestra Madre, en agradecimiento por su amor y es que al final, lo que permanece es la memoria del olivar como la memoria de una madre. Se trata del aceite como alimento que produce nuestra madre tierra, de la vida de toda la gente que habita el campo y de la huella que esas vivencias dejan en quienes recuerdan su tierra, Jaén. Solo con los años he comprendido que aquellos olivos fueron testigos de nuestras tardes de costura, guardianes de nuestros secretos y todavía hoy siguen siéndolo de nuestros sueños. El olivar es como una madre, debemos respetarlo, cuidarlo y amarlo para siempre, porque sin él nuestra memoria estaría incompleta, nuestro presente vacío y nuestro futuro incierto.



