334. …Y regresó

Pilar Diezhandino Herrero

 

Viajaba adormilado por el traqueteo del tren; sin abrir los ojos, supo que ya estaba en casa. Percibió el olor penetrante que desprendían las almazaras ahora en pleno funcionamiento.  Abrió lentamente los ojos; tras los campos de olivos distinguió las blancas casas de su pueblo.

En su bolsillo tintineaban las llaves de la casa familiar. Caminó por las calles solitarias a la hora de la siesta. Llegó a la casa, abrió los portones y entró. Todo estaba como lo recordaba, menos el patio, otrora lleno de claveles y geranios, ahora seco y vacío.

Tan absorto estaba que no se enteró de que alguien había entrado tras él, hasta que le golpeó en la espalda. Un anciano le increpaba enfadado.

– ¡Eh! ¡Usted qué se ha creído! ¡Esta casa tiene dueño! ¡En este pueblo no queremos okupas de esos!

Se giró lentamente y el anciano enmudeció un instante incrédulo

_ ¿Don Manué es usted?

—Sí, Benito, soy yo.

—Qué alegría.

—Lo sé, lo sé. Pero aquí estoy para hacerme cargo de los olivares familiares y hacer el mejor aceite de la zona… como antes.

Y Benito lloró.

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