333. ¡El lamento del olivar!

Solange de los vientos

 

En medio del olivar, Don Eusebio pasaba las tardes sentado en una piedra, mirando los troncos torcidos como si fueran sus propios huesos. Decía que cada rama guardaba un secreto suyo: una traición, un beso robado, una deuda impagable. El pueblo se burlaba: “ese viejo ya perdió la cabeza”. Pero él insistía, convencido de que los olivos lo escuchaban. Una tarde, viendo las aceitunas caer como lágrimas negras, gritó: “¡ustedes también están cansados de esperar!”. El eco retumbó entre los árboles y él, con el rostro enrojecido, se desplomó. Lo encontraron al amanecer, abrazado al olivo más viejo, con las manos llenas de tierra y la mirada fija, como acusando al cielo. Desde entonces, cuando sopla el viento, el olivar gime como un lamento que no cesa.

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