332. Aceite y des arraigo

Ana Abril

*Dibujo realizado y cedido para este proyecto por la artista y amiga Estela Cecé

Para Juan, mi amigo torrecampeño, quien también siente la congoja

Cuando eres de Jaén, es imposible desligarse del aceite. El aceite no solo está en las tostadas del desayuno, sino en toda la gastronomía de la región: en la pipirrana, el ajoatao y los ochíos. Y más allá: está en el jabón de lavar la ropa interior de la abuela. En nuestros ojos, tan acostumbrados a las hileras infinitas de olivos al norte y sur, oriente y occidente. El aceite está en nuestro olfato. En las travesías por carreteras jiennenses, cuando nos llega el olor a orujo por las ventanas bajadas del coche. Y si están subidas, el tufo se cuela por nuestras fosas nasales junto con el aire acondicionado. Está en nuestros oídos. En el chapoteo producido por el líquido que cae de la botella de cinco litros de plástico en la sartén de freír papas. O en el sonido de las palabras “peones”, “varear”, “jornal”; en sus vocales abiertas y sonsonete jaenero.

En la adolescencia, mis amigas del pueblo se levantaban a las 5 de la mañana el día 1 de enero. A mediodía, mientras yo leía un libro, ellas sacaban su talega, con fruta, pan y morcilla, y tomaban su primer y único descanso del jornal.

Mis padres se fueron del pueblo para que yo me dedicase a estudiar. Y he estudiado tanto que todavía, con 33 años, no he parado. Primera generación que va a la universidad, primera generación que nace en la capital. “¡Lagarta, lagarta!” Recuerdo este improperio de un diálogo de La Zapatera Prodigiosa de Lorca que representamos en el colegio. Yo era la zapatera y mi compañera Celia la figurante que me insultaba. Nunca me he identificado con la legendaria figura de la Malena. Pienso que una única leyenda mengua las múltiples historias de la ibera Iltir, la Aurgi romana y la árabe Jayyan. Judía, árabe y cristiana. Jaén es frontera, eso sí me representa.

Siempre olivos para todo lugar, siempre aceite para rebañar. ¡Qué hartera! Cuando eres de Jaén, tu identidad olivarera se pega a la piel como el aceite que mi tía se echa en las quemaduras, provocadas por el mismo a 180 grados. Aquel que ha salpicado de las alcachofas friéndose. ¡Cómo duele esa abrasión!

Yo quería ser más, por eso escapé de Jaén. Jaén me parecía chico, trascamudao, jolillao, saborío. O quizás era yo la que se sentía chica y trascamudá. Como muchos andaluces, que se apocan, especialmente si eres de la parte oriental y no tienes una Alhambra de la que enorgullecerte. Yo todavía no sabía nada de la “descolonización de la mente” de Frantz Fanon: su idea de que a veces los pueblos oprimidos interiorizan percepciones y estereotipos de los opresores. Vivía con la desazón de haber nacido en Jaén y de llevar el título de “cateta perezosa” en el resto del Estado español.

Primero me fui a Madrid, donde se reían de mi deje. Así que empecé a hablar en mesetariano en la universidad y en jaenero con mi gente. Luego me mudé y me quedé muda en Praga. Menos cuando trabajaba en la radio, donde hablaba “fisno”. Y finalmente me marché a Brasil, donde nunca más tuve que mostrar el ronquío de la jota que se escondía bajo mi perfectamente aprendido portugués brasileiro. A pesar de mi rechazo, a 8.156 km en línea recta, yo seguía tomando mi aceite de Jaén. Lo echaba en el pan o en las ensaladas, con mucho cuidaíto. Y al final, rebañaba el plato con el dedo índice, al que después chupaba hasta quitar toda la tersura provocada por los lípidos.

Solo se lo daba de probar a la gente que quería mucho o a la que me ayudaba en esos momentos en que la morriña te muestra la absurdez de la emigración. Mi padre me preparaba las botellas alquímicas que ilegalmente iban en la maleta dirección Pindorama. Transfería el aceite a botellas de plástico duro. Luego las cerraba con mucha fuerza. Y acababa el ritual envolviéndolas en plástico de burbujas. Al llegar, yo las explotaba mientras recitaba los pueblos jaeneros en el orden de la canción de Ecos del Rocío: Torredelcampo, Porcuna, Carboneros, Ándujar, Marmolejo, Montizón, La Iruela, Vilches, Noalejo.

Hacía cuatro años que pensaba en volver, pero no me atrevía.

La emigración conlleva un duelo. Siempre te mueves con una maleta muy pesada: la pérdida de tu lugar de origen. Ya nunca vuelves a relacionarte de igual forma con tu tierra. Tu gente sigue siendo la misma, pero está en diferentes lugares. Y una ya nunca es la misma y ha estado en demasiados lugares. Madrid, São Paulo, Praga, Utrecht, Budapest, Viena, Berlín, Bogotá. Desde Austria ya anunciaba mi inminente vuelta. Había deseo y miedo. Sopesaba. ¿Qué me conecta con Jaén más allá del aceite y el olivo? Una costumbre, una canción, una leyenda (no la del lagarto de la Magdalena), un patrón de tejido. Todo y nada al mismo tiempo.

Pero ante todo, el aceite. Shemen, zayt y aceite. Jaén es una linde entre culturas y tal vez por eso, solo por eso, es un árbol y un fruto lo que la representa. Emanuele Coccia dice en La vida de las plantas:  “[…] ningún otro ser vivo se adhiere al mundo que le rodea con mayor intensidad”. Es esa adherencia —la del aceite en la piel, la de las quemaduras que deja aceite, la de las raíces del olivo— que tanto me atrae y lo que tanto desprecio.

Posponía mi regreso. El paro juvenil, el turismo masivo, la falta de vivienda y los olivos centenarios siendo sustituidos por megaproyectos solares no ayudaban a mi lista de pros. La vida, sin embargo, se impone. Siempre te obliga a mirar aquello que has evitado. En mi caso, el duelo. Al duelo de la madre tierra, se añadió el de la enfermedad de mi padre. ¿Quién contrabandearía mis garrafas de aceite? ¿Podré cerrarlas con fuerza? Se abrirán en mi maleta y lo pringarán todo.

Sin papá ni mamá, soy huérfana. Me puse de luto, pero en Berlín, donde el negro es un outfit, nadie se dio cuenta.

La tierra en la que se enraízan los olivos es dura y seca. Como yo he tenido que ser para navegar los siete países en los que he vivido. Como mi boca árida, que pide escupitajos ajenos para poder lubricarse y hablar, sin rigidez. Para decir algo con tantos acentos diferentes que ni yo misma me reconozco. Me estremezco al escuchar mi voz. ¿A quién pertenece? ¿Por qué cada vez suena diferente? Quería volver a mi estado virginal jiennense para escuchar mi habla andaluza más esencial. La más pura, como el aceite virgen extra de primera extracción en frío. Pero mi sed, que nunca pasa, no puede beber solo aceite. Además, no existe lo realmente puro. Jaén, que es linde, es prueba de ello.

Me pregunto si esa tierra dura tiene alguna función más allá de proteger las raíces del exceso de humedad. Para obtener respuesta, me agacho sobre el colchón de tierra agrietado y escupo. Mi saliva no penetra. Se escurre y crea un río, con sus afluentes. Me acerco más, y por una grieta pregunto: ¿Para qué sirve esta tierra tan seca y dura? Y la grieta me responde, bien bajito: “Es el suelo que ha decidido quedarse estable bajo tus pies”. El amor es tierra firme. Cuando eres de Jaén, hay amor en el secano. Ahora entiendo el amor de mi madre, tan parecido al de mi tierra: agrietado, firme, profundo.

Chominá que briegues, como diría mi vecina. El aceite no se puede separar del agua de un cuerpo jaenero, así que volví a casa. Las procesiones de olivos sorprendieron a mis ojos. Me recordaban a las trenzas africanas, que en su perfecta rectitud adornan cabezas diferentes a las mías. Y ahora venían acompañados de placas fotovoltaicas. El campo jiennense es un cíborg.

Quería sentir el dolor de mis manos cortadas por el frío y las lumbares tiesas por haber recogido espuertas y espuertas de aceitunas. Pero no me atrevía a echar un jornal. Lo que sí me echaba era oro líquido en el pelo, para hidratarlo, y su fuerte olor verde me perseguía durante horas. Me iba a la cooperativa de mi pueblo para escuchar la aceituna siendo descargada en la rejilla del suelo, para después ser limpiada de arena y hojas y, finalmente, pesada. Hablaba con mis amigas que, muy inquietas, me decían lo mucho que había cambiado. Igual que el campo, ahora medio verde, medio negro. Inundaba la tostada de aceite, de forma ostentosa y casi vulgar, y el pan con aceite o, mejor dicho, el aceite con pan, bajaba por mi garganta lubricándola. Me recordaba la unión profunda del ser humano con su tierra. Y me dejaba un regusto picoso, una advertencia, que me forzaba a no olvidar que pese a la profunda raíz, también soy linde, y que lo ajeno siempre está en mí.

Des arraigo es lo que llevo dentro. No es mitad arraigo y mitad desarraigo. Es des arraigo.

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