33. Las raíces de Feliciano
En un cortijo llamado Agua Fría, donde el polvo se mete hasta en el ojo el culo y los tractores suenan más que las campanas, vivía mi abuelo Feliciano un hombre gordito y bajito, viejo, más duro que el pellejo un cochino con los ojos grandes y con una alegría en su mirada, casi siempre con la misma ropa, esos pantalones de pana que habían pasado ya sus 7 vidas como las de un gato y aún así seguía poniéndoselos eran sus favoritos, esa camisilla fina y pasa de tantos lavados que tenía ya, la que siempre estaba medio abierta y cuando se la abrochaba se ponía los botones paticojos. Y otra virtud u defecto a la vez es que era hablador como el solo.
Tenía un cortijo de los años de la pera, que a simple vista parecía que estaba bien que no habían pasado los años por él, luego salías fuera y tenía unas asas de olivos retorcíos, que pa los forasteros eran puro escombro, pero pa él eran su familia. Los llamaba por nombre: “El Fino”, “El gordito”, “El Pelon” y hasta “El minion”, un olivo chiquitajo que nunca dio fruto pero que él cuidaba como si fuera de oro era al que más aprecio le tenía.
Mi abuelo decía que un olivo no se mide por la aceituna que da, sino por las tormentas que ha aguantao.
Vivía solo desde que mi abuela se le fue, hace ya más de veinte años. No por muerte, sino por hartura y con tal de no escucharlo. Se largó con un cantaor que venía de feria en feria, y él no volvió a nombrarla. Cuando alguien sacaba el tema, soltaba un escupitajo en la tierra y decía:
[Eso no regó na así que no creció.]
Se levantaba antes que el gallo, encendía la candela con papeles viejos y cachos de palos y se tomaba un café que más que café parecía petróleo, en esa cafetera antigua y desgastada como ella sola. Luego se echaba al campo con la radio que no le podía faltar al hombro y el sombrero con más mierda que el palillo una jaula. Era de esos que hablaban solos, pero no porque estuviera loco, sino porque la tierra le respondía a su manera, era la única que ya lo escuchaba.
La única que le sacaba una sonrisa era su nieta Rosario una chavala de ciudad que venía en verano con los ojos pintados como una choni y sin saber distinguir una aceituna de una cagarruta de cabra. La niña llegaba todos los agostos manda por la madre, que decía: “Pa que se le pegue algo de hombría y se le quiten las tonterías del TikTok”.
Feliciano no entendía ni media de esas modernuras, pero lo aceptaba porque, en el fondo, le gustaba tener compañía que no fuera el eco, aparte su nieta Rosario le daba mucha charla, era de habladora como él.
El primer año, Rosario no sabía ni atarse las botas del campo. Se le torcieron dos o tres veces los pies, ella no estaba preparada para eso ella era muy pijita solo entendía de maquillajes, Pero el abuelo, sin decirle mucho, la fue metiendo en vereda. Le enseñó a varear sin hacerle daño al árbol, a distinguir la buena aceituna de la picada, y a respetar la sombra del mediodía, que ahí ni Dios trabaja.
Escucha, niña le dijo un día, los olivos no hablan, pero te avisan. Si crujen de madrugada, viene agua. Si se quedan quietos en la calor es que están rabiando, que les está cayendo la pelona ya sea de frío en invierno o de calor en verano.
Rosario se quedaba loca escuchándolo, porque aunque el viejo no tenía estudios ni sabía escribir más que su nombre y su firma, hablaba con la sabiduría de los que han mirao al campo más que a las personas, él ya tenía experiencia.
Un verano, su nieta llegó distinta. Venía con los ojos tristes y la espalda encogía. Se le notaba que algo le roía por dentro.
¿Y tú qué traes? le preguntó el abuelo, mientras cortaban pan en la sombra del gran olivo de la entrada de ese cortijo.
Na que mi madre ya no vive con nosotros. Se ha ido con otro hombre. Mi padre no me lo ha querido decir, pero yo lo vi saliendo del piso de ese señor que no me gustó un pelo.
Feliciano se quedó callao. Partió el pan con la navaja, lo mojó en aceite y vinagre y se lo puso en la mano a su nieta
Traga esto y calla. Que pa llorar hay sombra, pero no se puede llorar con la barriga vacía.
Y así, sin más, la abrazo y el campo se le vino encima, era muy duro para ella, lo bueno es que su abuelo siempre sabía cómo animarla le decía de echar unas partidas a la brisca, vamos lo que se conoce como la baraja española, en la que el abuelo sabe más por viejo que por sabio y siempre le ganaba, aunque alguna vez que otra su nieta también le dejaba ganar con tal de verle reírse pensando que él había ganado a su nieta, ella al final era una granujilla y sabía cómo ganarse al abuelo en muchos campos.
La de tardes que ella llegaba y contaba bajo el olivo un montón de cosas a su abuelo, era en el único hombre que más confiaba le confesaba cosas inconfesables y le mostraba su lado más débil, y como siempre el abuelo le decía que había que llorar por cosas importantes como era un buen peñón lleno de olivos y que fuera bien en la temporada de aceituna, él como siempre tan bromista y que poco se tomaba las cosas en serio pero al final no sé cómo lo hacía siempre sacaba una sonrisa a su nieta, que por cierto era su favorita aunque él no lo quisiera admitir siempre se le notaba a leguas.
Ese verano, Rosario se hizo una mujer, se llenó las manos de tierra, le cogió cariño al campo, y hasta empezó a llamar por nombre a los olivos, igual que su abuelo.
Ese se parece al profe de mates, decía señalando un olivo torcío siempre está de mala leche, además de que ese es el que no echa aceitunas, decía riéndose.
Pasaron los años, Rosario dejó de venir, primero por los exámenes, luego por que conoció a un chico, luego por la universidad. El abuelo Feliciano no decía nada, pero cada vez que veía la hamaca vacía en el porche, se le achicaban los ojos un poco más, y empezaba a estar triste pensando por qué ella ya no venía tanto como antes, que era la que le alegraba los días.
Hasta que un día no pudo más. Estaba vareando cuando le dio un mareíllo y cayó de rodillas bajo “La higuera, No dijo ni mu, cuando lo encontraron, tenía las manos llenas de polvo y la cara manchada de tierra, como si quisiera volverse parte del olivar.
El pueblo entero fue al entierro, hasta mi abuela que ya no estaba con él, le mandó flores. Pero la única que lloró como una bebé fue su nieta Rosario, que llegó en coche desde la capital con vestido negro y cara de no haber dormido ni media hora…
Después de aquello, nadie supo más del olivar. Muchos creían que lo iban a vender, que lo dejarían abandonao como tantos otros. Pero a las pocas semanas, el polvo empezó a moverse.
Rosario volvió. Con las manos blandas y la cara pálida, pero con ganas. Se puso el sombrero del abuelo, la camisa vieja que aún olía a tabaco, y empezó a limpiar rama por rama, como quien pide perdón.
A veces, Rosario se sentaba junto a “El minion”, con una silla vieja y una libreta. Decía que ahí era donde mejor pensaba. A ratos le hablaba al árbol como si fuera su abuelo, y otras veces se quedaba callá, escuchando. Aseguraba que, si cerraba los ojos, podía oírlo refunfuñar entre las ramas:
¡Ese olivo está seco, niña, echa mano al cubo y riega!
Y entonces se reía sola, con la tierra bajo los pies y la nostalgia colgando del aire.
Los viejos del pueblo la miraban con respeto. Un amigo muy conocido de Feliciano dijo en la taberna:
Esa muchacha tiene la sangre buena. Igual que su abuelo: habla mucho, pero lo que hace, lo hace bien y de corazón.
Y así, poco a poco, el cortijo de Agua Fría volvió a tener vida, no podía quedar todo en el pasado, tenía que florecer. Las aceitunas crecían gordas, el molino volvió a girar, y hasta los jilgueros se oían cantar otra vez al amanecer, pero siempre siempre faltaba la esencia de su abuelo.
Rosario puso una placa bajo “El minion”, el olivo que nunca dio fruto: Aquí se sienta Feliciano, el que entendía mejor el campo que la mayoría de personas.
Y cada vez que el viento sopla entre los árboles, se oye un crujido distinto. Como si los olivos hablaran. O como si rieran. O tal vez fuera el abuelo, diciendo desde el aire:
Así me gusta, mi nietecica, con tierra en las uñas y la cabeza alta, vas a ser una grande y una experta en el olivo y en la aceituna como lo era yo.



