325. El trabajo en las manos

Inmaculada Cózar Martínez

 

Las manos de mi abuelo siempre me llamaron la atención. Eran grandes y ásperas, siempre demasiado resecas y, muy a menudo, agrietadas. De pequeña no entendía por qué habían tomado ese aspecto cuando, por el contrario, las de mi otro abuelo eran relucientes, con un tono mucho más claro, sin asperezas y con unas uñas perfectamente cuidadas.

Y es que mi abuelo trabajaba en el campo, como lo habían hecho todos sus antepasados. Siempre habían vivido en Baeza y siempre habían vivido de la tierra. Los campos repletos de olivos por los que pasaron generaciones y por los que él vio nacer y criar a su familia. Esos olivos que le ofrecían el alimento primero, el aceite de oliva con el que regaba su pan todas las tempranas mañanas, y las aceitunas que le ponía su mujer en la mesa al llegar del campo día tras día sin pausa alguna. Porque nunca se paraba. Pero él era feliz. Su vida pertenecía al campo y el campo le pertenecía a él.

Ahora no puedo ver ni tocar sus manos, pero sí los olivos que plantó con ellas.

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