324. El olivo añil

Asensio Gomez Ruiz

 

Caían las once de la mañana, la temperatura rondaba los 30 grados, junio se presentaba radiante, si para el campo podía ser un buen augurio, para los habitantes de la Cañada las Adelfas parecía tener el verano adelantado. La citada pedanía perteneciente a un municipio del sur de la comarca de Sierra Mágina, en la que el olivar, dominaba sobre otros cultivos secundarios, como el cereal, el aprovechamiento maderero y los frutales.

El entorno de la comarca, poblada de vegetación mediterránea en su mayoría, pero con el olivar como cultivo domesticado al monte, y medio de vida de la mayoría de los lugareños de la zona. Como la mayoría de las tierras andaluzas, aquí también el latifundismo era un medio de explotación agraria con su terrateniente incluido.

Pedro Muñoz de 68 años de edad, dedicó la mayoría de su vida, a aprovechar su posición de privilegio en la comarca, para aumentar la hegemonía, tanto económica como social, los estamentos eclesiásticos, culturales y administrativos poco a poco fueron sometidos a su capricho. Ni que decir tiene que la formas de amasar fortuna, fue a costa del abuso   de la mano de obra cercana y obligada a su interés. Las gentes de la comarca debían elegir, entre la tiranía de  “Don Pedro”  o  tomar la  decisión de emigrar para buscar una vida mejor, en otras regiones españolas donde se las prometían más felices, casi siempre por el norte  de la península.

Este hombre había tenido siempre predilección por ciertas zonas concretas de  olivos, dentro de sus pertenencias, la zona del romeral donde la producción de la variedad “lechín” daba espectaculares cosechas año tras año, siendo la envidia de todos los lugareños, una veintena de olivos de gran porte, algunos de ellos de tres pies. En conjunto formaban una masa espectacular por su presencia y fecundidad siendo ésta zona el ojito derecho del terrateniente, donde pasaba bajo sus sombras horas de descanso de las tareas agrícolas, o bien los días libres donde gustaba pasear alguno de sus caballos.

Pedro, casado con Visitación del Álamo, de familia acomodada madrileña, que conoció a este durante el período del servicio militar. De familia tradicional, fue estudiante de filosofía y de ideas más avanzadas que los de su entorno social. El matrimonio contaba con cuatro hijos, de los cuales tres habían cursado estudios universitarios, en la actualidad residían fuera del entorno familiar. Sólo el más pequeño de ellos Isaac, quedaban en el hogar condenado a heredar la hegemonía de su padre, gracias al abandono prematuro de los estudios, apenas acabando la educación primaria. Momento en el que empezó a conocer los entresijos de las tareas agrícolas a gran escala, del día a día, de los land rover, tractores, arados, etc. fueron los vocablos de su vida cotidiana.

Pedro tenía rutinas que le costaba abandonar, una de ellas era el de ir a las fincas a horas tempranas de la tarde, para intentar sorprender a los braceros a la sombra de alguno de los árboles, que ocupaban la finca. Dando cuenta al momento, con el despido de aquellos cogidos infraganti a modo de ejemplo.

Cierto día de madrugada, decidió acudir al tajo a caballo, sacando a pasear a una de sus yeguas preferidas, ensillada y preparada por su hijo Isaac. Ocupó la montura y tomó rumbo a la zona de cereal de la finca, en la que habían comenzado la siega, buen momento para ojear el desarrollo de las tareas agrícolas.

Tomó una senda estrecha lindera con una fila de acebuches, que a modo de seto, separaba fincas de distintos dueños. Tras superar una loma que acababa en tierra calma dedicada al cereal.  El animal que avanzaba con paso lento, aumentando la velocidad al encarar  la primera subida significativa, que desembocaba en un planicie descarnada rocosa sin vegetación, sitio por el cual la yegua aminoraba la marcha descansando del esfuerzo anterior, sin observar que un lagarto ocelado, de brillante color verde, pacía en una gran roca gris. Al paso del equino dio un salto para salir de la zona descubierta y camuflarse, momento en el que la yegua impresionada, y en un alarde de frenada, quedó sobre los cuartos traseros, haciendo una vertical casi imposible de mantener por su acompañante, que finalmente rodó sobre el lateral derecho del caballo, y en la caída sólo fue capaz de darse cuenta de cómo el sombrero, de ala ancha abandonaba la cabeza, para impactar ésta sobre la roca en la que dormitaba el lagarto. Siendo éste el fin de Pedro Muñoz entre los vivos.

Tras el desconcierto inicial que se produjo en el entorno familiar, al igual que en toda la comarca, y en un alarde de modernidad, el hijo mayor también llamado Pedro, convenció a Doña Visitación para incinerar los restos del padre, y esparcir sus cenizas en algún lugar simbólico de la finca.

Tras los días del sepelio, con la urna de las cenizas en la mesa del salón, decidieron el lugar para esparcir las cenizas, debía de ser bajo los olivos del romeral como zona querida por Pedro, y más concretamente junto a los troncos de los olivos de la variedad lechín, que tanto apreciaba el nuevo finado.

Fue el siguiente domingo, tras una ceremonia religiosa en la iglesia del pueblo, los familiares cercanos se dirigieron al lugar elegido, y buscando el árbol con mejor porte sacudieron la urna con las cenizas al viento, cayendo estas en el entorno del suelo del tronco de mayor tamaño, provocando a la vez una fina estela de polvo que fue a envolver a los participantes del acto.

La vida continuó con relativa normalidad, retomando Isaac la hegemonía en la finca y el reemplazo de Pedro Muñoz. Esto no supuso un gran cambio en las directrices del desarrollo de las tareas agrícolas, pues el hijo siempre estuvo bien aleccionado por el padre, jactándose pronto de seguir con las formas inquisidoras del mismo. Lo que en la comarca no fue demasiado bien recibido, ya que esperaban un cambio en la nueva dirección que no se produjo.

Las lluvias del otoño pronto hicieron desaparecer las cenizas depositadas, que de vez en cuando, eran visitadas por la familia y fundamentalmente por Visitación del Álamo, que no espaciaba su visita más de tres o cuatro días. La naturaleza inició el proceso de disolución e hizo desaparecer los restos calcinados, que empezaron a entrar en contacto con los rizomas y distintas partes de la raíz del olivo.

La carga energética negativa que arrastraban los restos, pronto generaron una guerra fratricida en el entorno de la planta y de la cual, hormigas las primeras en abandonar, dejando hileras yermas, en busca de nuevos terrenos. Los pájaros principalmente insectívoros, dejaron de visitar sus ramas, bajo la tierra se creó un microcosmos destructivo de cualquier atisbo de vida animal. Gusanos, lombrices, pequeños roedores, etc. abandonaron o bien pasaron a mejor vida, junto al terrateniente. Poco a poco las hojas de la parte alta del árbol, empezaron a coger un color oscuro azulado, que fue progresivamente instalándose de rama en rama impregnando la totalidad del árbol.

Este no perdió la vitalidad, sólo había sufrido una mutación, que no tenía explicación por los visitantes de tan peculiar fenómeno. La hierba dejó de salir, aunque el olivo floreció al año siguiente, igualmente el fruto dejó de ser verde, pareciéndose más a la endrina que a la aceituna, siendo una carne de color y olor desagradable, y por consiguiente sin ningún atisbo de utilizarla como alimento.

Isaac intentó por todos los medios, corregir el fenómeno de la naturaleza que estaba sucediendo en esta parte del olivar, se afanó en verter productos químicos, abonos naturales y artificiales etc. sin conseguir variar el rumbo este prodigio.  Incluso se planteó acabar con el árbol, que debido a su gran porte daría unas buenas jornadas en cualquiera de las chimeneas de la hacienda.  Aunque por respeto a su padre desistió de la tala esperando un cambio en la naturaleza que revertiera la situación anómala. Consultó con los más prestigiosos entendidos en cultura olivarera, sin hallar respuesta concreta.

Cierto día Visitación decidió, que como heredera primera de los bienes de Pedro Muñoz, iba a coger el rumbo de la hacienda.  Nunca estuvo de acuerdo con las formas inquisitoriales de su marido,  ahora se  negaba a que su hijo mantuviera la presión  sobre los trabajadores, que al fin y al cabo hacían la prosperidad que ellos disfrutaban.  Motivo que produzco continuos conflictos con su hijo Isaac.

Comenzó a mejorar la situación laboral y económica de los asalariados de la finca. Poco a poco las gentes de la comarca, empezaron a valorar positivamente el cambio, que estaban tomando los acontecimientos provocados por esta valiente mujer, que decidió que había llegado el momento de devolver a la comarca parte de lo que ella, les había proporcionado a ellos.

Isaac cada vez más lejos del día a día de la finca, de lleno dedicado a minar el capital de la familia, con lo que los disgustos a Doña Visitación eran continuos, que poco a poco iba envejeciendo y perdiendo capacidad.

Cierto día que el hijo volvía de madrugada de una de sus noches de alcohol y desenfreno, se encontró con la madre, que estaba a punto de empezar las tareas junto a su capataz de confianza, Isaac apenas podía mantenerse en pie, debido al cansancio y la cantidad de alcohol ingerido durante la larga noche vivida. Visitación no pudo por menos reprobarle la conducta a su hijo menor, y éste conducido por la euforia empujó la madre con tan mala fortuna, que fue golpearse la cabeza en el mármol del aparador de la entrada de la vivienda. Tendida en el suelo, la sangre empezó a brotar y pronto un charco cubrió parte del cuerpo. Intentos de reanimarla por parte del hijo, búsqueda del médico por parte de los trabajadores de la finca. Pero al final el cura fue el único que pudo hacer sus funciones rezar junto al  cuerpo ya cadáver de la matriarca.

Tras el paso de los acontecimientos venideros, los tres hijos mayores tomaron la decisión, de incinerar también los restos de la madre para llevarlos al mismo lugar, donde fueron esparcidos los del padre.

Misma acción hecha tiempo atrás, sencilla ceremonia católica y visita a los olivos del romeral, donde de nuevo el ritual de esparcimiento de cenizas acabó con una jornada, en la que los asistentes mostraron su complacencia, porque al menos el matrimonio volvía a estar unido.

Isaac cumplió con la justicia y por remordimiento, comenzó a visitar el olivar del romeral asiduamente.   Con la sorpresa de que a la llegada de la primavera, el olivo azulado empezó a clarear las hojas de sus ramas más altas, extendiéndose en días sucesivos a todas las del árbol, a   la vez que brotaban hilillos de un líquido añil, como  de tinta,  de  los abundantes nudos de la madera  del  viejo tronco y  perdiéndose  por el terreno.  Pronto adivinó un cambio en la fisiología anteriormente cambiada y de la que él no fue capaz de solucionar.  Empezaron a nacer pequeños brotes de gramíneas, que tapizaron de nuevo el suelo. Los insectos volvieron a sus rutinas, al igual que los pájaros, poblaron animadamente sus ramas, la vida había vuelto a renacer, de los episodios de muerte.

A partir de entonces Isaac tomo junto a sus hermanos la decisión de vender las posesiones familiares. Con el dinero  recibido  se  instaló en  la  isla  de  Formentera dedicándose  al  negocio de hostelería,  “El  Olivo Añil”  un  hotelito del que  siguió viviendo y al que  el  color  azul,  predominante en la decoración del mismo,  le  acompañaba siempre a  modo  de reflexión, y es que la naturaleza le  dio  una gran lección cromática.

 

 

 

 

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