323. Raíces

Pilar Blázquez Gómez

 

De niños, disfrutábamos escuchando a papá repetir el significado del olivo que llevaba tatuado en su lado izquierdo del pecho. La ternura que desprendía su historia nos embaucaba tanto que parecía como si aquel árbol cobrara vida. Estas siete aceitunas bien agarradas al ramaje, señalaba mi padre orgulloso, somos la abuela, vosotros cuatro, vuestra madre y yo mismo. Luego añadía que la oliva tatuada sobre la tierra, representaba al hijo que mamá y él perdieron trabajando a jornal en un olivar del pueblo. Del corazón perfilado con las raíces, nunca hizo falta explicarnos nada.

Muchos años después, oímos a papá lamentarse porque una vareta engordaba en el tronco de aquel olivo ya cincuentón. Cortadla, nos pedía cuando le visitábamos en la residencia, me come la memoria. Pero nosotros solo podíamos intentar calmar las alucinaciones de la enfermedad explicándole que en su brazo no crecían chupones, que sería algún arañazo.

Una neumonía se llevó a papá. Le enterramos con mamá y la abuela en el pueblo al que no habíamos regresado hasta hoy. Para nuestro asombro, al acercarnos a honrarles al cementerio, hemos podido contemplar el majestuoso olivo que, enraizado en el centro mismo de su tumba, crece cargado de recuerdos.

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