320. La llamada del silencio

mj baturone

 

Eugenia colgó y se quedó mirando la pantalla del móvil. Las nueve y dieciocho, tenía el tiempo justo antes de su reunión de las diez. Ahora se alegraba de habérsela preparado la noche anterior, no quería fallar la primera vez que la dejaban sola con un cliente tan importante.

Antes debía avisar a Eduardo, con un poco de suerte, su hermano ya estaría despierto.

—¿Pero qué horas son estas de llamar, Genia? —Se refería a ella con ese apodo desde su adolescencia—. Deberías estar hablando de dinero con algún tiburón financiero de la city, ¿o te han despedido?

Eugenia esperó a que su hermano mayor terminara el largo saludo con el que solía contestarle, daba igual la hora o el motivo.

—Esta vez te llamo con muy malas noticias —le contestó en un tono más severo de lo habitual en ella, en general cercana y cariñosa con su hermano—. A la abuela se le ha complicado la neumonía y dicen los médicos que ven muy difícil una recuperación. No quiere moverse de la finca, así que el doctor Cabeza va todos los días a visitarla. Parece que es cuestión de unos pocos días, Eduardo.

—Vaya… ¿y qué vas a hacer?

—Ir a casa, claro, quiero verla. A mí me ha avisado Ricardo, y lo he encontrado preocupado de verdad. ¿Qué piensas hacer tú?

—Ahora no sé qué decirte —le contestó, y tras unos segundos de silencio, añadió—: estoy bloqueado y a estas horas poco puedo hacer. Deja que mañana vea cómo organizar el restaurante y te cuento.

—De acuerdo, no tardes mucho en tomar una decisión, Edu, no hay tiempo. Un beso y descansa.

—Chao, Genia.

Eduardo era tres años mayor que Eugenia, pero siempre había sido ella la más madura y responsable. Tenían diez y trece años cuando sus padres murieron en un trágico accidente volviendo de una fiesta de fin de año. Su padre había bebido algún gin-tonic de más, se saltó un stop y colisionó con un camión que circulaba por la autovía. Doña Amparo, su abuela materna, no tenía más hijos, así que se hizo cargo de sus dos nietos y se los llevó a vivir con ella a la finca que tenía unos treinta kilómetros al norte de Jaén. Eugenia era sociable, juiciosa, perseverante y finalizaba los cursos con magníficas calificaciones. Le gustaba la vida en el campo y no era extraño verla junto a su abuela, ya fuese recorriendo los olivares o conversando con el encargado. Sin embargo, su hermano, mucho más inteligente que ella, optó por la senda de la rebeldía. Estudiaba lo imprescindible para no suspender, y siempre andaba bajo la amenaza de castigos de toda índole. Anhelaba la mayoría de edad para alejarse de Jaén y tratar de vencer el doloroso vacío que la pérdida de sus padres le había ocasionado. Aprobada la Selectividad, decidió que hasta ahí habían llegado sus obligaciones estudiantiles y se embarcó en lo que llamó su “peregrinaje vital”. Una aventura que ya duraba catorce años viajando por Europa, Sudeste Asiático, Australia y que culminó, hacía siete años, en Berlín, donde se había instalado y montado su propio restaurante con el inevitable disgusto de su abuela.

Eugenia, por el contrario, siempre mantuvo el vínculo con sus orígenes. Estudió ICADE en Madrid y volvía con frecuencia a Jaén para pasar las vacaciones y algunos fines de semana. Realizó las prácticas en la sede de Madrid de J.P. Morgan, donde más tarde la contrataron y comenzó una exitosa trayectoria profesional. Llevaba en la oficina de Londres casi cinco años y seguía volviendo a casa en las fechas más señaladas del año.

Cuando terminó la conversación con su hermano se dirigió al despacho de su jefa para informarla y acordar qué gestiones debía dejar rematadas antes de su partida.

—¿Cuándo tienes pensado volver a Londres? —fue lo primero que le preguntó Kate, una workaholic confesa sin tiempo para cuestiones que no fueran meramente prácticas.

—No lo puedo saber ahora, Kate. Trabajaré desde allí y te iré reportando a diario. Te aseguro que regresaré en cuanto me sea posible. —No podía decir otra cosa—.

—Está bien, no dejes de mantenerme al tanto —le contestó mientras cogía el móvil—. Bueno, tengo una call en medio minuto… —le dijo levantando el teléfono. Cuando Eugenia estaba cerrando la puerta de su despacho, la llamó—. Eugenia, espero que vaya todo bien.

—Gracias, Kate.

Cuando llegó al campo pudo comprobar que su abuela estaba bastante peor de lo que esperaba. Aunque todavía consciente, estaba muy debilitada y su inconfundible torrente de voz se había convertido en un susurro apenas audible, lo que no le impidió transmitirle a Eugenia su deseo de que fuese ella la que la sustituyera al frente del negocio familiar.

—Pero abuela, no tengo ni idea de cómo hacer esto. Vivo en Londres y… —su abuela le apretó suavemente la mano que le tenía cogida.

—Habla con Ricardo, él te explicará. —le dijo con un hilo de voz que Eugenia no podía escuchar sin acercarse a pocos centímetros de su rostro. —A continuación, respiró profundamente y se durmió.

—De acuerdo, abuela. —contestó, aunque ya no la oía.

Por la tarde recibió un mensaje de su hermano confirmándole que no viajaría a España. De momento, añadía. Estaba sola para afrontar la inminente muerte de su abuela y los cambios que esto acarrearía, por no hablar del negocio agrícola. Se tranquilizó pensando en su plan B: vender y repartir con Eduardo los beneficios.

La mañana siguiente quedó con Ricardo. Se conocían desde niños porque era el hijo del encargado, prácticamente se habían criado juntos. Gracias a la generosidad de doña Amparo había podido estudiar en el mismo colegio que los dos hermanos y finalizar Ingeniería Agrícola en Córdoba.

Se encontraron en el salón principal y, con un ligero aperitivo por delante, Ricardo le reveló la situación que doña Amparo había querido mantener oculta a sus nietos. Ricardo se había incorporado al negocio agrícola de la familia hacía casi seis años, durante los que había tenido que abordar una ostensible reorganización de la explotación y de sus recursos financieros. Doña Amparo, guiada por el anterior administrador, había realizado algunas inversiones muy poco afortunadas y la empresa estaba al borde de la quiebra.

—No lo entiendo, Ricardo, te lo digo de corazón. Cómo has sido capaz de mantenerme engañada todos estos años. Eres mi amigo —le dijo, sentada al borde del sillón de cuero marrón mientras él estaba recostado en el extremo más próximo del sofá—. Sé lo persuasiva y autoritaria que puede ser mi abuela, pero me decepciona… no, peor, me enfada, que te convirtieras en su cómplice.

Él la dejó desahogarse sin inmutarse. La conocía y sabía que interrumpirla en ese momento sería peor. Cuando Eugenia guardó silencio, le contestó:

—Ahora no lo entiendes, pero lo harás, seguro. Es una cuestión de lealtad a quien tanto le debo. No se trataba de estar contra ti, sino con ella, y cuando estés preparada para escuchar los detalles, me encantaría hacerlo.

En ese momento entró una persona del servicio para decirles que doña Amparo se había puesto peor y habían avisado al doctor Cabeza. Falleció de madrugada, no habían pasado ni dos días desde la llegada de su nieta. La estaba esperando para irse tranquila, concluyó Eugenia.

Su hermano le confirmó lo que ya sospechaba.

—Entiéndeme, Genia. Estoy lejos, ahí poco puedo hacer, no me necesitas, lo arreglarás todo a la perfección, mi restaurante está en un momento crucial, me la juego en los próximos meses, te prometo que iré en cuanto me libere un poco. —Eugenia colgó con toda tranquilidad. No le extrañó ni le molestó la actitud de Eduardo, estaba acostumbrada y tenía demasiados asuntos que atender para dedicarle a su hermano un segundo más.

Pasado el funeral, Eugenia tuvo que hacer un gran esfuerzo para superar su pesadumbre y revisar con Ricardo gestiones durante los últimos años. Esta vez se vieron en el despacho de su abuela, ¿ahora suyo?, y pidieron que les sirvieran un par de cafés antes de encerrarse, sospechaban, toda la mañana.

—Te resumo los últimos años y luego te cuento en qué punto estamos —comenzó Ricardo.

—Perfecto, te escucho.

Doña Amparo lo llamó hacía seis años para contarle la nefasta gestión de los últimos diez, o quizá quince, años y la trágica situación económica en la que se encontraba. Había pecado de ingenua y necesitaba a alguien de su plena confianza para reconducir el negocio. Le prometió que lo liberaría en un máximo de siete años. Ricardo no podía negarse. Partió de cero, renegoció las deudas y diseñó un plan a medio y largo plazo: vendió a buen precio la última cosecha de cereal, arrancó el olivar viejo, a todas luces abandonado, labró las casi setecientas hectáreas y, cuando llegó el momento adecuado, las puso de olivar superintensivo.

Eugenia se removió en su asiento y le dijo:

—Yo vi toda esa transformación, pero nunca pensé que era una medida de emergencia. —Estaba estupefacta—.

—Imagino. Lo relacionarías con mi incorporación y el supuesto plan de mejora del que le gustaba hablar a tu abuela —le contestó sonriente—. Reconoce que tampoco te interesaban mucho los detalles —añadió con afecto—.

—Tienes razón —le contestó algo avergonzada. Disfrutaba del campo, los olivares, los paseos, las tardes de lectura, la comida casera, en realidad era su terapia. Ahora, pensó, su abuela la había obligado a informarse de las tripas del negocio al que le debía sus privilegios.

Ricardo interrumpió sus pensamientos tratando de reconfortarla:

—Bueno, no te fustigues por el pasado, no era tu responsabilidad ocuparte. Vamos con el presente y el futuro. La plantación ha sido, hasta ahora —dijo mientras elevaba la mirada al techo con satisfacción—, un éxito. El rendimiento de la aceituna es óptimo y, si el tiempo nos acompaña, así seguirá siendo.

—Te felicito, Ricardo. Qué gran trabajo has hecho.

—Esto no ha hecho más que empezar, Eugenia, es lo que te quiero transmitir. La finca tiene ahora un potencial extraordinario y a mí me queda solo un año de compromiso con vosotros —le dijo sin que se le borrase la sonrisa—. Tenéis, o más bien tienes, que tomar algunas decisiones sobre el futuro. Tengo ideas y ganas, pero necesito tu apoyo y tu tiempo para ponerlo en marcha —levantó la mano para indicarle a Eugenia que no le interrumpiese en ese momento—. Seré breve, te lo prometo. Ya tendremos tiempo para profundizar y discutirlo.

La versión corta de su plan consistía en la conversión del cortijo en un complejo turístico cultural dirigido a un público de alto nivel adquisitivo. Transformaría el cortijo en un hotel boutique de no más de 30 habitaciones, con un selecto restaurante y la posibilidad de conocer en profundidad la cultura del aceite de oliva virgen extra desde sus entrañas. Ricardo no podía hacerlo solo, la necesitaba para ponerlo en marcha y, una vez funcionando, podrían decidir si lo explotaban juntos o contrataban a alguien.

—La explotación en producción sería un aval suficiente para conseguir financiación, y calculo un año y medio para ponerlo en marcha —y concluyó—, Ahora dime, ¿qué opinas?

—Suena bien, Ricardo, pero yo vivo en Londres y me gusta lo que hago. Necesito que me cuentes todos los detalles y un par de días como mínimo para madurarlo y valorar mis opciones —le contestó. Dicho esto, se levantó, miró el reloj y, agarrando a Eduardo del brazo, le propuso— Ahora podríamos irnos a Andújar a tomar algo, me muero de hambre, ¿tú no?

Dedicaron un par de mañanas a ahondar y analizar los aspectos más determinantes del proyecto. Eugenia estaba asombrada de lo avanzado que lo tenía Ricardo; su entusiasmo era contagioso. Una mañana, cuando aún no había amanecido y consciente de que no volvería a dormirse, cogió el viejo Land Rover y se dirigió a la plantación. Apagó el coche en uno de sus lugares favoritos, frecuentado con su abuela, de cara a la franja aún entre gris y azul cobalto, por la que pronto emergería el sol. Se dispuso a escuchar el silencio como su abuela la había enseñado y, no fallaba, sus pensamientos comenzaron a ordenarse como si tuvieran vida propia. Por un lado, su agitada y emocionante vida en Londres, Kate, y su prometedor futuro en la compañía. Por otro, esto: campo, olivar, cortijo, orígenes, ¿era su pasado, o debía tornarlo en futuro? Los azules de la noche dieron paso a los tonos cálidos que preceden al amanecer y en un rato sería un denso trazo verde oliva el que uniría el cielo y la tierra. Salió del coche, se apoyó en el capó y miró alrededor. Ahora era la propietaria de todo aquello. No, oía en su interior, es al revés, eres tú la que pertenece a este lugar. Pues sí, debía intentarlo. Por sus padres, su abuela y por todos los que habían hecho posible que ella estuviera ahí en ese momento. Podía salir bien o ser un verdadero desastre, pero Londres no se iba a mover.  Volvió al volante del todoterreno, arrancó y condujo hasta al cortijo.

Viajó a Londres el tiempo suficiente para despedirse de su trabajo, sus amigos, empaquetar sus cosas y enviarlas a la finca. Abandonar Londres no le supuso ninguna sensación de pérdida, solo era el primer paso hacia su nuevo objetivo, lo más parecido a un sueño que había tenido nunca.

Durante los siguientes meses Ricardo y Eugenia se pusieron manos a la obra con auténtico entusiasmo. Se compenetraban, tomaban las decisiones con agilidad y los contratiempos los afrontaban con sentido común y determinación. Contrataron, para el diseño, la construcción y la posterior decoración, a prestigiosos profesionales ya consolidados. Aspiraban a una clientela exigente y no se podían permitir defraudarlos en ningún sentido. El hotel debía acoger a los futuros huéspedes como si de auténticos invitados se tratasen. Levantaron la piscina, tipo alberca, entre los olivos, el enorme salón principal albergaba distintos espacios que invitaban a ratos de relajada tertulia y, en un lateral, una gran biblioteca de madera repleta de libros sobre la cultura del olivar, el aceite de oliva virgen extra, Andalucía y la historia de Jaén. El complejo lo completaba una sala multifuncional equipada con tecnología puntera, en la que los clientes interesados podían profundizar en el conocimiento de la zona y su producto estrella. Un acuerdo con la almazara más cercana les permitía realizar visitas explicativas a sus instalaciones a cambio de la disposición de la sala para actos sectoriales.

Transcurrió un año frenético pero, con un gran esfuerzo, lograron mantener la fecha de apertura prevista, para lo que faltaban unos ocho meses. Había llegado el momento de hacer la llamada que tanto tiempo llevaba Eugenia esperando.

—Hola, Genia, ¿cómo te va?

—Te necesito —le espetó sin preámbulos, evitando así sus eternos saludos—. Ya has conseguido que tu restaurante sea un éxito en Berlín. Ahora te toca hacer lo mismo aquí.

—¿Pero de qué hablas? No voy a poder… —Eugenia lo cortó.

—No hay excusas. Hace años que no vienes. Tienes que ver lo que estamos montando, te va a encantar. Quiero que te hagas cargo de nuestro restaurante, también tuyo, Edu. Será un gancho fundamental en el conjunto del proyecto y hay nadie mejor para concebirlo.

—Tengo un lío que ni te imaginas… —trató de explicarle a su hermana.

—Aquí te espero. —Y colgó.

Eduardo apareció en la finca quince días más tarde, con prisas por volver a Estados Unidos, lo que haría en cuanto Eugenia y Ricardo le informaran y él se negase a hacerlo. Cuando estuvo al corriente, no pudo disimular su asombro.

—Madre mía, os habéis tomado esto bien en serio —dijo Eduardo francamente impactado.

—Muy en serio, hermanito, y ahora es cuando empieza tu parte. Vamos a atraer a un público del que te gusta, con buen gusto y mejor cartera. Mis relaciones comerciales en el banco me han ayudado a contactar con las mejores agencias de viaje de lujo del mundo. Esta tierra, aunque tú no seas muy consciente, les seduce. El olivar, la naturaleza, el aceite, el sol… exhuma cierto exotismo, sobre todo en países asiáticos. Por otro lado, también nos gustaría aprovechar la actividad cinegética de la zona, ya sabes, muchos cazadores tienen un perfil al que le puede cautivar nuestra casa, convertida en un refugio acogedor y confortable para un limitado número de huéspedes.

—Suena bien, pero no creo que esté preparado para volver.

—La oferta gastronómica es clave, Edu, tanto para clientes internacionales como locales. Tú has crecido aquí, conoces la zona, el producto, la gastronomía, eres creativo, y ahora tienes la experiencia para hacerlo cumpliendo los más altos estándares de calidad, justo lo que necesitamos.

—Haz como tu hermana, Eduardo —intervino Ricardo—. Inténtalo, siempre puedes dejarlo y volverte a Berlín sin mirar atrás. Serán unos meses de muchos aviones, pero cuando arranquemos y tengas formado a tu equipo, será mucho más fácil.

—Sabéis ser muy seductores, pero, y esto lo hago por ti —dijo fijando su mirada en la de su hermana—, voy a reflexionarlo. No me quiero precipitar.

Eduardo se quedó una semana, revivió su infancia y juventud, acompañó a Eugenia y a Ricardo durante casi todo el día y pasaba las noches con su hermana, compartiendo confidencias y alguna botella de vino. Algún amanecer también condujo el viejo todoterreno hasta el lugar donde su abuela les había enseñado a escuchar el silencio.

La mañana de su partida, sentados en la mesa del comedor mientras desayunaban, Eduardo dijo:

—Lo haré, Genia. No sé cómo, pero te voy a acompañar en esto.

—Lo sabía —le contestó Eugenia acercándose a su hermano y abrazándolo por detrás. Lo besó en la sien y le preguntó al oído—: ¿Has sentido la llamada?

—Es posible.

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