318. Sabiduría milenaria
Un bache en el camino sacudió mis sueños incoherentes y, de pronto, la frase que llevaba días rondando mi cabeza se abrió paso en mi mente, alta y clara: «Un descanso para la mente, dónde puedas desconectar y recargar energías». Las palabras de mi terapeuta danzaban al son del traqueteo del coche, entremezcladas con delirios de un sueño tenso.
De pronto, un olor familiar me fue despertando poco a poco. Abrí lentamente los ojos para encontrarme con el más bello atardecer que teñía de oro el precioso paisaje que mi mente entremezcló con recuerdos del pasado. Frente a mí, un extenso campo de olivos que me trasladaba a esa maravillosa infancia que viví junto a mis abuelos en el campo, nuestro campo, nuestra tierra. Recordé a la niña que fui, correteando libre entre la geometría infinita de los olivares, en ese espacio ordenado que transmitía vida a la vez que aportaba calma y que, entre los troncos enredados de los olivos milenarios, permitía sentir la eternidad.
Recordé esa sensación de plenitud, ajena a las cargas del día a día y a la presión que, con los años, soportaría en el pecho al volverme adulta. Sentí en mi interior y en el fondo de mi alma la tranquilidad que me aportaba el entorno rural. Percibí ese olor intenso a tierra ancestral y el zumbido de los insectos revoloteando sobre las plateadas hojas que brillaban bajo los últimos rayos de un sol de otoño, iluminando la belleza del olivar.
Mi tierra, la que me vio nacer, la de mis ancestros, esa tierra que tanto anhelaba en mi frenética vida, me daba la bienvenida entre montañas, valles y un olor a notas verdes y amargas.
Los tonos naranjas, azules y rosas de un cielo tardío contrastaban con el verde grisáceo de los olivos milenarios. Sus raíces mostraban su fuerza y resistencia agarradas a la tierra ocre para poder deleitarnos con el fruto más preciado, la oliva. Era un espectáculo para la vista. Ahí, justo en ese momento, comprendí que la paz mental solo se encontraba lejos del caos de la capital, sin el sonido de cláxones martilleando mis pensamientos. Ahí, en un entorno rural que decoraba con maestría la entrada a la ciudad, comprendí la conexión entre la naturaleza y el ser humano. Vi pasar ante mis emocionados ojos los carteles que anunciaban los pueblos colindantes a la capital de provincia. No pude evitar sentir un pellizco en el pecho y un atisbo de envidia porque sus habitantes podían disfrutar de esa belleza a diario, vivir la vida a otro ritmo y valorar lo que realmente merece la pena. Yo, en cambio, regresaba como una de esas turistas que saben apreciar lo bueno y buscan descanso entre los olivares que nos regala la naturaleza, ansiosa por vivir la cosecha de la aceituna y presenciar su transformación en el preciado aceite de oliva.
Le indiqué a mi marido que girara en el primer desvío a la izquierda, por un pequeño camino de tierra que daba entrada a la finca de mis anhelos. Allí me aguardaban los mejores desayunos: un café humeante acompañado de unas tostadas con aceite del bueno. Ese oro líquido preciado que me había dado el privilegio de crecer con el recuerdo de su eterno sabor. A pocos metros del cortijo, le pedí que detuviera el coche. Bajamos juntos para despertar a nuestros pequeños, de tres y cinco años, que dormían plácidamente en el asiento trasero, ajenos a la belleza que surgía frente a nosotros. A su lado, nuestro cachorro de beagle aguardaba vigilante, impaciente por descubrir el placer de correr libre por el campo, sin ataduras, y disfrutar de los momentos únicos que nos ofrecerían aquellos días de descanso.
Los niños, aún adormilados, se restregaron los ojos y me contemplaron en silencio, pidiendo explicaciones con las miradas. En sus pupilas pude observar complaciente su asombro al reconocer aquel paraje vivo del que tantas veces les había hablado. Un lugar que celebraba su llegada impaciente, repleto de historias que contarles.
Cuando todos estuvimos fuera del coche les pedí que se descalzaran y caminaran junto a nosotros por esa senda de olivos que trazaba un camino perfecto. Sentir la tierra bajo nuestros pies y conectar nuestra piel con las antiguas raíces de los árboles nos llevó de regreso al origen: a la esencia de la tierra y de nuestra cultura mediterránea.
Caminar entre esos olivos, capaces de ofrecer un bien tan preciado y de cobijarnos con su sombra, nos permitió sentir la sabiduría milenaria que corría por la savia de sus troncos. En su fortaleza y en su capacidad de adaptación a los cambios de clima para resistir a las sequías y a las tormentas, afloraba en una belleza infinita, destinada a deleitar a todo viajero afortunado. Eso era lo que transmitían, en un grito callado, los olivares de Jaén, mi tierra.
Ver a los niños correr, jugueteando a esconderse entre aquellos árboles que tanta felicidad me habían aportado, me llenó de orgullo. Sentí en mi interior la satisfacción por volver a mi tierra, al hogar donde siempre podía regresar porque, entre su gente y sus parajes, me sentía como en casa.
Y ahí, frente a la vivienda convertida en refugio para mis padres, pude ver cómo nuestro perro corría hacia los brazos abiertos de una madre que gritaba emocionada los nombres de sus nietos. Entre risas, correteos, ladridos entusiasmados y ese aroma peculiar de mi tierra, sonreí mientras recorría el último tramo del camino que me llevaría de nuevo a mi hogar, a sus brazos, a su gente, a mi vida.
«Por fin en casa», pensé con los ojos brillantes tratando de evitar que la inundación se desbordara por mis mejillas.
—Bienvenida —susurró mi madre, como si pudiera leer mis pensamientos. Me abrazó como solo ella sabía hacerlo, provocando que mi corazón, acelerado por la emoción, comenzara a ralentizarse al ritmo de la paz que allí se respiraba.
—¿Dónde está papá? —pregunté, con la voz entrecortada por la emoción de sentir su latido en mi pecho.
—Esperándote bajo vuestro árbol —dijo alzando mi barbilla con la mano para que le mirara a los ojos—. Yo me encargo de los niños, ve tranquila.
Me despedí de mi marido con una mirada brillante y una sonrisa que hacía tiempo que no había sido capaz de mostrar y, en sus ojos, pude sentir el orgullo de quien sabe que ha hecho lo correcto: alejarme del caos para reconectar con mis orígenes. Caminé en silencio dejando que las palmas de mis manos acariciaran las hojas más bajas de los olivos que me acompañaban hacia mi lugar favorito en el mundo, mientras dejaba que el intenso aroma de la naturaleza calmara esa ansiedad constante que se había convertido en mi compañera desde hacía varios meses.
Lo vi sentado junto a mi olivo, el que plantó emocionado cuando yo nací, situado junto al que plantó mi abuelo en honor a él cuando vino a este mundo. En sus manos sostenía lo necesario para dar rienda suelta a nuestra tradición: no probar el aceite nuevo hasta mojar pan en él, tal y como nos enseñaron nuestros abuelos. Sonriendo, me mostró la primera botella de aceite que ese año había dado mi olivo y, con una porción de pan en la mano, lo mojó en él y me lo dio a probar como cuando era niña. Tan solo después de disfrutar viendo mi cara de gozo, deleitándome con tan intenso sabor, se permitió rodearme con sus brazos para fundirse conmigo en el más eterno abrazo.
—Me alegro de estar aquí —le dije emocionada—. Necesitaba volver, desconectar y replantearme mi vida.
—Aquí siempre serás bienvenida; es tu casa y la de tu familia. Es el refugio al que puedes regresar cuando lo necesites —contestó él secándome una lágrima traidora con su pulgar curtido por el trabajo en el campo.
—Quiero que los niños aprendan este oficio: la recogida de la aceituna, la fabricación del aceite. Quiero que recuerden toda la vida la primera vez que, con sus manitas, pudieron crear algo tan especial.
—Mañana nos acompañarán y verán todo el proceso. Es bonito ver cómo el conocimiento pasa de generación en generación. Disfrutaremos de unos días encomiables que recordaremos para siempre —añadió con esa sonrisa suya tan característica.
—¡Cómo han crecido los olivos de los niños! —dije, observando maravillada los árboles que habíamos plantado mi padre y yo, juntos, al nacer mis pequeños.
—Los olivos son un espejo de nosotros, crecen despacio pero firmes y mirando hacia la luz. Al igual que tus hijos aprenden algo nuevo cada día, ellos demuestran su aprendizaje con cada nueva rama que se expande. Cada raíz que se agarra a la tierra, hundiéndose para ser más fuerte, es como los recuerdos que nos sostienen. Necesitan sol y agua para crecer, pero también ese amor incondicional que les muestras y esa paciencia que aprendes a desarrollar como madre. Llegará un día en el que tus pequeños, al igual que tú lo hiciste antes, y como lo hacen también los olivos, darán su fruto y su sombra servirá de cobijo para sus seres queridos.
Me quedé quieta, recreándome en el infinito verde del campo. Analizaba sus hermosas palabras cuando un suspiro escapó de mi interior. Soñé despierta imaginando la visita que haríamos a la almazara al día siguiente para enseñarles a mis hijos la tradición de nuestra familia: el origen del mejor aceite de oliva, el inicio de todo mi mundo.



