317. La longevidad del olivo
26 de junio de 2022
Hoy finalmente me he instalado en el pueblo. Parece un sitio agradable, aunque es pequeño y tengo la sensación de que sus habitantes son gente cerrada. En cualquier caso, creo que estar aquí me va a ser de ayuda. Después de lo que ha ocurrido, me vendrá bien pasar un tiempo tranquilo y dedicarme exclusivamente a mi investigación. Me alegro de que me ofrecieran este proyecto, por suerte sigue habiendo farmacéuticas que pagan para encontrar propiedades «mágicas» a las plantas. Y lo mejor es que los resultados no tienen que ser impresionantes: con demostrar que una planta contiene una mínima cantidad de un compuesto mínimamente saludable ya tienen excusa para vender sus productos.
Aquí no tengo asistentes, así que este diario me va a resultar útil tanto para registrar el progreso de la investigación como para poner en orden mis pensamientos. Al fin y al cabo aquí no conozco a nadie y sinceramente no espero ni pretendo hacer amigos en estas pocas semanas. Pero esa es precisamente la idea: estar un tiempo solo, tranquilo y entretenido con el trabajo.
Hoy no tengo mucho más que hacer, de modo que me tomaré el resto del día para descansar y visitar el pueblo. Mañana llegará el resto del material, así que me dedicaré a preparar los equipos.
27 de junio de 2022
Esta mañana estuve paseando por los alrededores. La flora es la que uno podría esperar del matorral mediterráneo. Lo que más llama la atención es que por esta zona parece haber árboles muy viejos, especialmente los olivos. La propia casa que me alquilan está junto a un olivar, aparentemente abandonado, con olivos tan grandes que no se podría rodear su tronco con los brazos. No me extrañaría que tuvieran cientos de años.
A decir verdad, me resulta algo inquietante contemplar esos árboles. Llevan siglos vivos y puede que así sigan siglos después de que yo haya muerto. Miles de personas que se creían importantes han nacido y fallecido sin afectarles en absoluto y en lapsos de tiempo que para ellos ha sido un suspiro. Nuestro pequeño y ajetreado mundo les es indiferente. No es algo que motive a trabajar.
Por la tarde llegaron el cromatógrafo y los ratones, así que al menos tengo compañía en casa. Aunque uno nunca debe cogerles cariño, porque con cada ratón ha venido su respectiva dosis de pentobarbital para que dejen de ser adorables animalillos y pasen a ser resultados científicos. En fin, ellos tienen sus problemas y yo tengo los míos.
28 de junio de 2022
Empiezo a dudar de si hice bien en venir. Ayer estaba más optimista, supongo que por el cambio de ambiente. Pero hoy no tengo claro qué hago aquí, en mitad de la nada. Pensaba que alejarme de la ciudad me vendría bien, pero el hecho de que todo sea extraño solo consigue recordarme continuamente que estoy huyendo.
Esta mañana he hablado con Cánovas sobre la planificación del proyecto. Hemos acordado centrarnos de momento en los olivos, ya que los tengo cerca. Primero trataré de aislar flavonoides y polifenoles en hojas, ramas y raíces y luego se los administraré a los ratones para ver si mejoran su rendimiento cardíaco o reducen su envejecimiento. También me ha dado el contacto del director del colegio del pueblo, que antiguamente fue investigador del CSIC y me puede ayudar a obtener muestras o qué sé yo. He quedado en ir a verle mañana.
Por la tarde he continuado explorando el olivar. Me he dado cuenta de que los olivos producen a veces un tenue y curioso sonido, cada uno con su timbre particular. Creo que se debe a oquedades que han ido formándose con el tiempo en su retorcido tronco y que resuenan cuando la brisa las atraviesa, como si fueran gigantescos instrumentos de viento. Me ha parecido muy interesante, y ahora cada vez que hay viento estoy atento a escucharlos. Pero no suenan siempre, supongo que depende de la dirección y la fuerza con la que sopla.
29 de junio de 2022
Hoy me reuní con Hipólito, el director del colegio del pueblo. No debe de estar muy ocupado, porque estuvimos casi toda la mañana juntos. Cuando le expliqué que mi objetivo era investigar los efectos en la salud de los compuestos del olivo, se emocionó visiblemente, lo cual me sorprendió. Me dijo que no era el único que me había «percatado de esas cosas» y me hizo acompañarle a la iglesia del pueblo.
Allí me enseñó unas losas con inscripciones que forman parte de los muros de las capillas laterales. Al parecer, son lápidas de una necrópolis romana que hay en un cerro a unos pocos kilómetros del pueblo. Me explicó que, antiguamente, cuando se encontraban piedras con inscripciones latinas, se pensaba que eran vestigios cristianos primitivos, así que solían acabar en las iglesias. Me enseñó una particularmente bien conservada, que tiene la siguiente inscripción:
A•NONI•MELETI
H•S•E•DAMN•AD
LONCAEVIT•OL
EARVM•S•T•T•L
Era habitual que los romanos escribieran todo abreviado en sus lápidas, así que se necesita experiencia para interpretarlas. Según la transcripción que hay en un cartelito adyacente, este es el texto completo y su traducción:
A(ULUS) NONI(US) MELETI(US)
H(IC) S(ITUS) E(ST)
DAMN(ATUS) AD LONGAEVIT(AM) OLEARUM
S(IT) T(IBI) T(ERRA) L(EVIS)
––––––––
AULUS NONIUS MELETIUS
YACE AQUÍ
CONDENADO A LA LONGEVIDAD DEL OLIVO
QUE LA TIERRA TE SEA LEVE
Según Hipólito, no se sabe exactamente qué significa lo de «condenado a la longevidad del olivo», pero existen al menos otras dos lápidas que contienen la inscripción «DAMN AD LONCAEVIT», por lo que aparentemente no es algo puntual. En una de ellas aparece además la palabra «REMISSVS» («perdonado»), también sin interpretación conocida. Lo que sí se sabe es que esta frase parece reemplazar a la más habitual «ANNORUM […]», que simplemente indicaba la edad del fallecido. Por ello, la interpretación más probable es que esta frase fuera una referencia a la edad avanzada aunque desconocida del finado.
No es extraño que no se supiera la edad exacta de la gente muy anciana en aquella época. Además, es frecuente que los epitafios romanos contengan pasajes algo poéticos, como el propio «SIT TIBI TERRA LEVIS». En cualquier caso, me parece curioso que se refirieran a la avanzada edad de una persona como una condena en lugar de un privilegio. Aunque no seré yo quien les contradiga.
Después de enseñarme algunas otras curiosidades del pueblo, menos interesantes, acordamos que le avisaría si necesitaba algo. Acabé bastante harto de escucharle toda la mañana, pero al menos conozco a alguien que me puede echar una mano si lo necesito.
30 de junio de 2022
Está mañana me llamó Hipólito, que debe de seguir sin tener mucho que hacer, y me comentó algo más acerca de las inscripciones de ayer. Me dijo que había estado consultando las publicaciones al respecto y encontró algo interesante. La necrópolis a la que pertenecían las lápidas fue respetada hasta tiempos modernos y pudo ser excavada por arqueólogos en el siglo pasado. Al parecer, algunos de los restos humanos encontrados estaban mezclados con madera de olivo, así que la mención en sus lápidas puede no haber sido tan metafórica como nos pareció. Me sugirió que si me interesa puedo ir a examinarlos al depósito del Museo Arqueológico de Jaén usando mis credenciales de investigador. Mis planes no incluyen ir a ver huesos de nadie, pero claramente él sí tiene ganas de averiguar qué hace ahí esa madera. Quién sabe, quizá sí que los romanos se me adelantaron.
En lo que respecta al trabajo, por la tarde empecé a tomar muestras de hojas y ramas de los viejos olivos, hasta que un amable lugareño que pasaba por allí me hizo notar fervientemente que esos árboles son tan queridos que están protegidos legalmente. Según él, no se les puede tocar ni siquiera con fines científicos y está dispuesto a llegar a las más altas esferas del pueblo si me ve a mí o a cualquier otro desaprensivo tratando de aprovecharse de ellos, aunque lleven siglos descuidados y abandonados a su suerte. Muy entrañable. Quizá lo que le molesta en realidad es que por fin están afinados a su gusto y no quiere que un forastero le fastidie el concierto de flautas gigantes.
Creo que voy a tener que involucrar a Hipólito en esto si no quiero acabar apaleado. Así que he decidido ir mañana a Jaén a inspeccionar los esqueletorum, aunque solo sea por saciar su curiosidad y tenerlo de mi lado. Incluso si no averiguo nada, no me sentará mal salir de este sitio, para variar.
1 de julio de 2022
La visita al museo fue más interesante de lo que esperaba. Al acceder al depósito, me adjudicaron un becario muy servicial que pareció alegrarse de tener algo diferente que hacer ese día. Le solicité inspeccionar los restos humanos del yacimiento, en concreto los que se hubieran encontrado junto con madera.
Hubo dos aspectos que me llamaron la atención. En primer lugar, los esqueletos que se encontraron con madera de olivo corresponden efectivamente a individuos muy ancianos. Se podía concluir, según el reporte, por la estrechez de las osteonas y por la artritis en las articulaciones. En segundo lugar, el olivo no se había encontrado junto a los huesos, sino incrustado entre ellos. Había trozos de madera subfosilizada entre las costillas, metacarpos y vértebras en tres esqueletos. Y, aún más interesante, la incrustación había sucedido mientras las personas estaban vivas, porque los huesos mostraban señales de adaptación y recrecimiento alrededor de las ramas.
Así que, por un lado, parece cierto que la «condena a la longevidad del olivo» implica longevidad real. Pero, por otro, ya no parece una metáfora, sino que quizás sea una condena física, un castigo corporal duradero. Hipólito me dijo que tal condena no se ha documentado en otras partes ni aparece descrita en ningún tratado de la época, así que solo podemos especular sobre su significado real. Tal vez era un castigo que solo se aplicaba a las personas de más edad. Si algún viejo local cometía una fechoría, le ensartaban unas buenas ramas de olivo (también viejo) para que aprendiese. Los romanos podían ser muy originales con sus métodos de tortura y ejecución. Otra posibilidad más remota, pero que le vendría bien a mis patrocinadores, es que los romanos hubieran descubierto unas fantásticas propiedades curativas del olivo, pero que implicasen atravesar al enfermo con ramas, de forma que se consideraba más una condena que un tratamiento. Esperemos que la ciencia actual permita mejorar el método de aplicación, si ese es el caso.
2 de julio de 2022
Por la mañana me reuní otra vez con Hipólito para comentarle lo que había averiguado sobre los huesos de los condenados. Le pareció muy interesante, naturalmente, y estuvo casi dos horas explicándome costumbres romanas extrañas y tecnologías que ellos conocían y supuestamente se habían perdido. Estuve escuchando atentamente, a pesar de que no me interesaba mucho, para tratar de caerle bien.
Después de su perorata, le mencioné que pretendía tomar muestras de los olivos junto a mi casa, pero que alguien me había mencionado que necesitaría un permiso especial, por llamarlo de alguna manera. Me respondió tajantemente que «esos olivos no se pueden tocar». Le aclaré que no necesitaría mucha cantidad y que con su mediación podría conseguir autorización en el ayuntamiento o donde procediese. Insistió en que no podía ser, que esos olivos eran «sagrados» y que pidiese permiso al dueño de otro olivar para tomar las muestras.
Pero no lo voy a hacer, al menos de momento. Es probable que si hay alguna sustancia interesante en los olivos tienda a bioacumularse y esté más concentrada en los ejemplares viejos. Así que lo que haré será tomar unas muestras a escondidas y si encuentro algo las haré pasar por muestras de árboles jóvenes. He dejado el equipo preparado para salir esta noche: unas tijeras para las ramas, una pala para las raíces, bolsas de muestras y una botella de formaldehído por si quiero conservar una muestra de tejido vivo. También llevaré una linterna, porque me iré cuando esté completamente oscuro. Si voy con cuidado, es imposible que nadie me vea.
3 de julio de 2022
Tengo poco tiempo para escribir esto, pero siento que debo hacerlo. Alguien leerá este diario cuando investiguen lo que ha ocurrido y quiero que quede claro que no estoy loco ni soy un criminal.
Salí de casa a medianoche para recolectar muestras. Escogí uno de los árboles más grandes en el extremo del olivar más alejado del pueblo. Empecé cortando algunos trozos de ramas y hojas y finalmente me dispuse a cortar algunas raíces. Cogí la pala y comencé a cavar junto al olivo, siguiendo uno de los pliegues en la base del tronco que parecía ser una gruesa raíz. Al poco tiempo de estar cavando, la pala chocó con lo que me pareció una roca lisa y redondeada, dejando una pequeña hendidura. Tenía un aspecto extraño y frágil, de modo que dejé la pala, me enfundé unos guantes y empecé a cavar con las manos a su alrededor. A medida que la iba desenterrando, me di cuenta de que no era ninguna roca. Aquello era, en realidad, un cráneo humano extrañamente momificado. Retiré cuidadosamente la tierra que lo cubría y noté que conservaba un rostro de aspecto coriáceo, por cuyas cuencas oculares penetraban las nudosas raíces del olivo. La piel estaba seca y cubierta de tierra, pero aún había un volumen apreciable de carne entre ella y el hueso. También distinguí unos labios negruzcos y cortados por las raíces y una nariz casi completa.
Pensé primero que pertenecía a un cuerpo enterrado recientemente, pero lo descarté cuando entendí que las raíces que inundaban la calavera debían de haber tardado años en crecer. Se trataba entonces de un cuerpo antiguo, pero extraordinariamente bien conservado. Mientras examinaba aquel rostro a medio pudrir, con repugnancia y curiosidad a partes iguales, ocurrió algo que aún no puedo asimilar. Sus labios, o lo que quedaba de ellos, empezaron a temblar. Horrorizado, retrocedí y caí hacia atrás intentando alejarme de aquel ser. Quedé sentado en el suelo con la vista fija en sus facciones. Tras unos pocos temblores cada vez más intensos, la boca finalmente se abrió y de ella salió una escalofriante voz, un breve sonido articulado en un tono impaciente pero cansado, como de alguien tratando de gritar en sueños. Me di cuenta de que, inconcebiblemente, la persona a la que pertenecía ese rostro, desfigurado por la tierra y las raíces, estaba viva.
Invadido por el terror, me mantuve paralizado sobre la tierra. Era evidente que aquello era una persona, una persona sufriendo, pero su horrible aspecto y lo ilógico de la situación me impidieron actuar de ninguna manera. Debí de permanecer en el suelo apenas unos segundos, cuando noté que, catalizados por la voz de aquel ser semienterrado, los demás viejos olivos, uno tras otro, produjeron una vez más su sonido característico, cuyo origen comprendí entonces que no era el viento.
En ese momento, la cabeza volvió a emitir su asquerosa voz. Histérico, agarré con fuerza la pala que aún tenía a mi lado y golpeé su filo contra la cara de aquella criatura, intentando hacerla callar. Debí de herirla, sin duda. La débil voz que pretendía silenciar se transformó en un continuo gemido quejumbroso, en un llanto seco de una profunda tristeza. Al asco y terror se sumó entonces una dolorosísima sensación de lástima. Había hecho daño a un ser que ya estaba inmerso en un sufrimiento extremo y que seguramente lo único que pretendía es que alguien le ayudase a terminarlo. Por el corte que produjo la pala en su rostro lentamente empezaron a brotar pequeñas gotas de un líquido viscoso y marrón. Sin saber qué hacer, agarré con las manos un montón de tierra y se lo arrojé en el rostro hasta taparlo por completo.
Pero sus ahogados llantos subterráneos seguían sonando. Al borde del colapso, decidí que todo aquello no era parte de este mundo y debía destruirlo. Tomé la botella de formaldehído, la rompí contra el árbol y le prendí fuego. Las llamas se extendieron rápidamente por la seca vegetación mientras yo corría desesperado en dirección a casa.
Ahora mismo las campanas de la iglesia tocan a fuego. No queda mucho tiempo para que mi casa forme parte de él, pero no pretendo huir. Lo que he presenciado esta noche es más de lo que puedo soportar. Todo este tiempo he estado, sin saberlo, rodeado del más agónico horror. Aparentemente, los romanos de esta zona descubrieron un método de tortura más cruel que la crucifixión o el desmembramiento. Después de quién sabe qué macabros experimentos, descubrieron que se puede establecer una relación simbiótica entre un olivo y un ser humano enterrado bajo sus raíces. El humano alimenta de alguna manera al olivo, que disfruta de una larga vida bajo el sol. A cambio, el olivo proporciona la más antinatural longevidad al humano, enterrado vivo durante miles de años y nutrido a la fuerza por sus raíces. Algunos de estos desgraciados fueron perdonados y sus restos finalmente descansaron en tumbas que aún así indican su condena. Muchos otros, sin embargo, aún siguen ahí fuera, vivos y conscientes pero cegados y enmudecidos por una gruesa capa de tierra que impide que nadie repare en sus atormentados gritos.
Si de algo me ha servido esta horrorosa experiencia es para darme cuenta de que tener control sobre el fin del propio sufrimiento es un privilegio que no hay que dejar pasar. Y llegado este punto, no puedo esperar de la vida más que sufrimiento. Lo siento por los ratones, porque les robaré su indoloro pase al otro mundo y tendrán que experimentar una muerte mucho más angustiosa que la mía. Pero ellos tienen sus problemas y yo tengo los míos.



