315. Un canto eterno

Ignacio Calle Albert

En la campiña de Jaén, cuando el sol doraba las laderas, los olivares se mecían como un mar en calma. Diego, joven trovador, acompañaba a su abuelo en la recolección. El golpe seco de la vara, el crujido de las ramas y el rodar de la aceituna sobre los lienzos eran para él una partitura escondida. Recogía aquellos sonidos y los transformaba en canto con su laúd.

Una tarde de invierno, al improvisar una melodía, los jornaleros se unieron a él. El trabajo, duro y repetido, se volvió ligero; el frío se deshizo en la cadencia, y el olivar resonó como un coro. Los mayores decían que los troncos centenarios guardaban memoria, y esa tarde parecían responder, murmurando con el viento.

Los mercaderes que llegaban en busca del aceite no solo llevaban ánforas llenas del oro líquido, sino también el recuerdo de una música que nacía entre surcos y raíces. Escribieron que en Jaén los olivos cantaban, y acudieron viajeros a escucharlos.

Al pasar los años, las tonadas alcanzaron fama en plazas y cortes; pero Diego nunca olvidó su origen en el canto eterno del olivar, donde aceite y música eran una misma savia.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad