312. Entre nieves y hielos

Marcos Dios Almeida

 

La luz se colaba a través de aquellos agujeros horadados en el techo con forma de estrellas de ocho puntas cual amorosos dedos de un sol crepuscular. Yasira se hallaba sumergida en las cálidas aguas de la somera piscina de aquel hammam rodeada por blancos y fragantes pétalos de flores de azahar. Pensar en ese cristiano que siempre estaba sucio y hedía como los puercos la excitaba sin poder evitarlo. Lo amaba con todo su corazón, y sus pequeños senos se aguzaron en la quietud de aquel atardecer. No se demoró más y salió del baño empapada. Las tibias gotas de agua recorrían su cuerpo con libídine contenida. En una esquina aguardaba de pie una mujer de mediana edad que estaba sudando como los rollizos animales que su amado pastoreaba.

La muchacha se tendió completamente desnuda sobre una cama de mármol de color hueso sobre la cual habían depositado una suave toalla. Entonces la cincuentona se aproximó y masajeó cada tersa y prieta parte de su estilizada figura tras untar sus manos con aceite de oliva y otros perfumados ungüentos. Yasira no pudo reprimir una ahogada exhalación de placer. Cuando se volvió, la masajista cubrió sus vergüenzas con una toalla más pequeña, y procedió a repetir el proceso apretando lo justo sus brazos, su cuello, su vientre, e incluso unos recios muslos que pronto brillaron rebozados en aquel dorado producto obtenido de las más finas olivas. Era una costumbre diaria en el palacio, pero ello no impidió que la mujercita se sonrojara.

Una vez acabó el masaje la criada hizo una reverencia y abandonó la estancia con la misma profesionalidad y circunspección que siempre la caracterizaba. La desvestida doncella se sentó sobre la dura yacija, se irguió soltando un bufido, dio tres sonoras palmadas, y de inmediato otras tres sirvientas se apresuraron a entrar en el baño con más paños secos y lujosas prendas. Las chicas enjugaron su cuerpo con delicadeza, ayudaron a que Yasira se cubriera con un fino camisón de lino, y luego la vistieron con una túnica granate de seda decorada con ribetes de áurico hilo confeccionada en el lejano Damasco por algún diestro modisto.

Al final la damisela logró calzarse unas babuchas a juego y pidió la cena, y tras yantar como una reina un pedazo de cordero guisado aderezado con hierbas aromáticas y una jugosa y roja granada cual postre, regado todo por un frío mosto de tonos áuricos, la joven exigió a la servidumbre que se retirara.

Sus padres habían comido una hora antes, ya que el chambelán solía acostarse pronto para madrugar al día siguiente y así poder acometer una jornada fatigosa atendiendo los deseos del veleidoso califa, si bien ella tenía unos planes muy distintos al resto de su nobiliaria familia.

Después de mirar hacia los cuatro puntos cardinales desde aquella ventana rematada en arco de herradura apuntado ató una larga cuerda a la pata de una cama con dosel, cuyo diseñó imitaba los ricos lechos de los reyes cristianos, y descendió por ella apoyándose en los muros de la alcazaba con una agilidad asombrosa. 33 zancadas más tarde salió de la fortaleza por una portezuela cerrada a cal y canto gracias a una pesada llave, cuya cuarta copia había hurtado meses antes en las dependencias del servicio.

A tres kilómetros del alcázar califal el hijo del porquero se lavó la cara en una barrica llena de agua que su padre había arrimado a la pared de adobe de la choza en la cual malvivían. No lo habría hecho de no quedar con tan distinguida zagala, pero ella le había recriminado en más de una ocasión su falta de higiene, e Iñaki no quería desatar la ira de tan consentida andalusí. Imitándola cogió un cuenco de aquella agua imbebible e hizo unas gárgaras para que el aliento no le oliera a rata muerta. Se había puesto los únicos pantalones que no tenía remendados y una camisa de lino nueva, aun cuando solo fuera la vestimenta propia de un humilde guarrero que vivía bajo las severas leyes emitidas por el todopoderoso califa de la segunda urbe más populosa de Europa.

En veinte minutos contados los jóvenes se reunieron bajo un “bosque” constituido por 1.300 marmóreas columnas y 365 arcos de herradura bicolores, que alternaban dovelas de rojo ladrillo con otras de blanca caliza bajo la tenue luz de una lámpara, similar a la que frotaría un tal Aladino en un cuento escrito siete siglos más tarde, cuya llama era alimentada por el oloroso aceite de oliva que colmaba la candileja. Horas después del ocaso el santuario se hallaba en silencio, y solo el zumbar de una mosca que buscaba refugio en su interior interrumpía las caricias y besos de los amantes. Ella era la hija predilecta del hayib del califa cordobés, quizá por ser tan bella como aguda y audaz, y él apenas el hijo de un sucio porquero de ascendencia navarra, un simple dhimmi mirado por encima del hombro por medio millón de hombres y mujeres que cinco veces al día se arrodillaban mirando hacia la Meca ante la llamada del almuédano para rezar a Alá, pese a que la alquibla de esa mezquita fundada sobre los restos de la basílica de San Vicente Mártir estaba orientada hacia el sur.

El octogonal mihrab, rematado en cúpula con forma de concha, y ornado con mosaicos bizantinos sobre un fondo de oros, platas, bronces y cobres, parecía una cueva reservada para su inmenso amor, para la ardiente pasión que los llevaba a quedar en los lugares más recónditos y sombríos. Se habían encontrado frente al templo en la víspera de Navidad, y tras el azalá nocturno (la última oración realizada antes de medianoche) ningún musulmán pisaba ya una construcción de 23.400 m² de superficie.

Solo el Masjid al-Haram mecano, que contenía la cúbica Kaaba sagrada construida por Abraham y su hijo Ismael, donde estaba incrustada la Piedra Negra, y con posterioridad la Mezquita Azul erigida seis centurias después en Estambul por Sedefkar Mehmet Ağa superarían a aquel edificio en tamaño y solemnidad.

Durante esos últimos días de diciembre los cristianos y judíos que vivían dentro de los muros de aquella metrópolis y fuera de ellos ejerciendo los trabajos más innobles, siendo obligados, para más inri, a pagar unos abusivos impuestos al Tesoro Público que los condenaban a una vida misérrima, celebraban la Navidad o el Janucá temerosos de las represalias que las autoridades locales pudieran tomar en contra de quienes violaran las leyes impuestas a la “gente de la dhimmah”. Ante las luces de las candelas o de la ramificada januquiá (candelabro de nueve brazos usado específicamente en tales festejos) entonaban cánticos en romance andalusí o sefardí. Y mientras los agarenos tenían prohibido el alcohol y el cerdo, y los hebreos no podían comer marisco, insectos, anfibios, reptiles, aves “impuras” u otros animales terrestres —a excepción de rumiantes de pezuña hendida—, los hispanorromanos devoraban cuanta bestia hubiera creado Dios y se atiborraban de exquisitos dulces de origen árabe compuestos de almendra y miel de olor especiado. No obstante, todos sin excepción gozaban en sus mesas del aceite que obtenían prensando aceitunas con las redondas muelas de piedra de las almazaras, un aceite que convertía la comida más pobre e insípida en un auténtico manjar.

—Si mi padre se entera de lo nuestro te condenarán a muerte, y a mí me hará azotar hasta que me desollen la espalda —gimió la muchacha, más preocupada por el destino de Iñaki que por el de ella misma.

—No podemos seguir así, Yasira. Acabarán descubriéndonos. De hecho, me encerrarían en la más lóbrega de las mazmorras tan solo por acercarme a ti. Debemos huir.

A aquella princesita pensar en una vida exenta de todas las comodidades que tenía en palacio, incluyendo los ricos vestidos que engalanaban su figura, los frascos de colonias con las que se aromatizaba o las muchas criadas que la atendían, se le antojaba una asiática tortura. Mas no poder compartir sus horas con ese mozo que había conocido en el zoco, ese picaruelo que se había atrevido a ofrecerle un lechón que no paraba quieto en su regazo con un comentario jocoso que la hizo reír en tanto la aya la apartaba horrorizada del puesto del ganadero, le resultaba todavía más impensable. Estaba enamorada de él, y se sentía su única esposa desde el día que lo conoció. Por otro lado, Iñaki Munárriz no atendía a razones y cada alborecer desoía los consejos de su orondo padre, quien aseguraba que la vida de su único hijo sería muy corta si seguía empecinado en rondar a esa noble chavala de tez morena y lustrosa melena del color del carbón. ¿Pero cómo olvidar tales ojazos, tan luminosa sonrisa, tan turgentes labios o aquellos embriagadores perfumes?

En el exterior la nevada más copiosa que los cordobeses eran capaces de recordar cubría las calles empedradas con dos palmos de nieve. Ni los pájaros de mal agüero ni los mininos más negros se atrevían a abandonar sus cubiles, pues vientos tempestuosos azotaban las rúas del centro urbano mientras dichas inclemencias le quitaban las ganas de salir al más osado de los mortales. Los desnudos árboles de hoja caduca se agitaban a punto de quebrarse con la acometida del furibundo vendaval. Por la tarde habían gozado de un tiempo plomizo bajo un océano de espesas y cenicientas nubes, si bien a los amantes se les había antojado la climatología perfecta y aquella una noche para no olvidar jamás, por no mentar que tan terribles condiciones atmosféricas parecían ideales para que ninguna alma en pena los viera juntos en algún oscuro rincón de la capital de ese Califato de Occidente que dominaba dos tercios de la Iberia.

Yasira miró al rubicundo y escuálido Ignacio con ojos suplicantes. El cristiano le llevaba una cabeza, pero la moza era toda una beldad. El rostro de la mahometana le recordaba al mozárabe el de una policromada estatuilla de la Virgen guardada en secreto por su vecino el platero, y su cuerpo le resultaba tan femíneo y deseable como el de la mismísima Afrodita.

Sus mojadas lenguas se entrelazaron, y segundos después, tras desvestirse con muchas prisas, los cordubenses empezaron a hacer el amor…

En aquel sanctasanctórum tal acto habría sido considerado sacrilegio aunque los dos fueran islamitas, pero dado que el hispanogodo era un “infiel” la pena por tamaña irreverencia a buen seguro habría sido que este fuera entregado a los leones del alcázar como almuerzo. A pesar de todo, los jóvenes se abandonaron al placer cautivos de las pasiones más carnales, ignorando que una nueva vida pronto comenzaría a gestarse en el interior de aquella apasionada andalusí en cuyas venas corría sangre yemení.

Hacia las dos de la mañana se despidieron antes de salir del edificio con un sentido beso, abrieron la puerta de los Visires y pisaron la dura nieve mirando con desconfianza hacia todas partes. Fue así como, aprovechándose de la nocturnidad y la nevisca, volvieron a sus respectivos hogares, tan distinto el uno del otro. Ella retornó a sus sedosas dependencias en el lujoso alcázar omeya, construido frente a la fachada occidental de la Mezquita de Córdoba. Y él se introdujo subrepticiamente por una ventana abierta en la maloliente cabaña sita extramuros que compartía con su progenitor.

Esa noche les costó conciliar el sueño, sobre todo al pobre de Iñaki, quien tenía que aguantar a su padre roncando a una cuarta de su camastro tal y como si se tratara de un solitario oso hibernando en su osera. No obstante, aunque dieron vueltas y más vueltas en sus respectivos lechos, para ambos aquella había sido la Navidad más feliz de cuantas habían vivido hasta ese momento. Un futuro nuevo asomaba en el horizonte cual fogoso sol, un futuro lleno de ilusiones que los amantes deseaban compartir en libertad muy lejos de aquellas viejas murallas levantadas ocho centurias atrás por los romanos.

Con el deshielo de las cumbres de Sierra Morena, con la salida de las primeras flores y todas las fragancias que de sus corolas emanaran (que en el caso de las claras rapas del olivo estaban conformadas por cuatro pétalos), y antes de que a Yasira le abultara la barriga la pareja había planeado cabalgar a lomos de la fornida y blanca yegua del hayib en dirección al Mediterráneo, también conocido como Mare Nostrum o al-Baḥr al-Mutawāsiṭ —en árabe “mar intermedio”—. Quizá la zagala recogería sus joyas y las cambiaría por un puñado de dinares en las juderías de Sevilla o Málaga, donde nadie la conocía, para de tal modo mercar el pasaje que los llevara más allá de la Iberia. En todo caso, lo cierto es que los pensamientos de los enamorados elucubraron mil y una maneras de fraguar ese destino, y aun separados por una considerable distancia los dos se prometieron en silencio que cumplirían todos sus sueños, y que el año venidero sería infinitamente mejor que aquel que remataba entre nieves y hielos.

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