310. Un arte milenario

Picual

 

El amanecer nos sorprende preparando todo para la faena. Por delante, los últimos cien olivos. No son los que más me gustan: están en cuesta, y eso complica el manejo de las redes. Una a cada lado, todo dispuesto, y empezamos.

Es enero y hace frío, pero pronto entramos en calor. Cada golpe es un compás aprendido de padres a hijos, firme pero medido, interrogando al tronco del olivo. El vareo no es fuerza bruta, es arte: sentir cuándo ceder y cuándo insistir, para que la aceituna caiga sin herir al árbol.

Al principio todos hablan, luego cada uno se sumerge en sus pensamientos. Entre golpes y sacudidas, se cruzan chistes, refranes y discusiones. La carne adobada del parón del ángelus sabe a gloria.

Cuando el sol empieza a caer, recogemos y vamos a la cooperativa a pesar la aceituna. Tras varios fines de semana, la recogida termina y lo celebran. Yo siento pena. Desde que falleció Pepe, el padre, ya nada es lo mismo.

Con este poso de nostalgia espero a que me guarden en la nave. Me quedaré mudo, con la compañía de otros palos, soñando con volver a danzar entre ramas y olivas.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad