308. La fragilidad de la memoria

Nelson Agüero

En el año 2.205, un grupo con 3.232 humanos continuaba el éxodo a Marte. En medio de una planicie rural se preparaban tres naves para la travesía. A solo dos kilómetros de la base, en el almacén de un campo de olivos, Benjamín caminaba alrededor de una larga mesa. En un extremo estaba sentado Elázar, que no emitía palabra, y en el otro se amontonaban botellas de aceite de oliva, probetas llenas de polvo, frascos y una escafandra con un visor polarizado para protegerse del intenso brillo del sol. En un costado aguardaba una mochila de viaje de cuero viejo, colmada. Un repentino temblor hizo resonar el vidrio de las botellas chocando entre sí, el tintineo se perdió en un eco que buscó el techo alto, como una bandada de pequeños pájaros invisibles.

Vamos a discutir los detalles finales —dijo Benjamín.

De acuerdo —contestó Elázar, como despertando de un sueño —Noto que aquí dentro aumenta la temperatura velozmente.

Es que desactivé los generadores: los principales, los auxiliares y también los de emergencia, todos.

Benjamín vestía un mameluco metalizado color cobre que hacía ruido ante cada movimiento suyo. Elázar estaba con su ropa de trabajo rural, camisa y pantalón de lienzo marrón, botines de cuero con suela gruesa. Luego de escuchar la revelación de Benjamín, Elázar tomó su anotador.

Desactivar todos los generadores es extremadamente inusual ¿Registraré la hora exacta?

Fue hace diez minutos. Pronto el calor arreciará igual que afuera —dijo Benjamín.

Los planes de ir al siguiente planeta llevaban más de un siglo. Para subsistir, los primeros viajeros probaron una gran cantidad de vegetales; de momento pocos lograron brotar en Marte: las papas, las zanahorias y una desabrida pero nutritiva clase de rábanos. Sin mar ni ríos y sin criaderos de animales, se pensó en los vegetales para obtener aceite, que es alimento, también sirve como combustible, es útil para hacer pinturas, es lubricante mecánico, y finalmente se puede fabricar con él una variedad del plástico. El estoico árbol de olivo fue uno de los primeros en brotar, y era uno de los últimos en sobrevivir al extremo calor que asolaba la Tierra. Poco tiempo después, Benjamín recibió una nota proponiendo que se sumara al viaje con su pericia. Pensó largamente en el conocimiento que acumuló su familia y que ahora él detentaba. Aceptó viajar para que sobreviviera la tradición familiar y el conocimiento sobre el aceite de oliva en el próximo mundo.

Afuera el sol arreciaba, por las rendijas entre las maderas se colaba un aire espeso y tibio, también una intensa luz amarilla cuyo brillo era suficiente para ver dentro sin la ayuda de otra luz.

Benjamín se sentó y buscó la mirada de Elázar. Estando uno frente a otro en la larga mesa de madera, un nuevo temblor, esta vez más suave, movió los estantes con botellas vacías dentro del almacén.

Mi bisabuelo no era científico —dijo Benjamín —pero predijo que el sol un día nos quemaría. Esos clamores de peligro, junto a los cuentos de advertencia que se acumulaban, no alcanzaron para que la Tierra siguiera siendo un hogar para humanos, animales y plantas.

Los cuentos de advertencia: su objetivo es advertir de un peligro a quienes lo escuchan —definió Elázar.

Esos mismos, algunos son tan entretenidos como inútiles. Hace mucho tiempo, en un lugar secreto y cerrado, un grupo de poderosos, el uno por ciento del uno por ciento, sin inocencia comenzó un archivo, un registro, de qué se podía salvar del planeta y qué no.

Como un arca de Noé, otro cuento de advertencia —agregó Elázar.

Algo así, —acordó Benjamín —pero de escasa efectividad. Mientras se iba creando el registro, las especies morían de a cientos por día.

Por eso este año se produce el gran éxodo —dijo Elázar.

Sí, por eso las naves tan grandes. En lo que quedó de las Naciones Unidas se discutió qué preservar de lo que conocemos; en los extremos estaban las posibilidades: los bibliotecarios eran partidarios de una memoria amplia, lo más extensa posible; en el otro extremo estaban los pragmáticos, que piensan como refugiados, que guardan todo lo que tienen en una maleta.

Ambos giraron la cabeza para mirar la mochila de cuero colmada, las costuras y los remaches haciendo fuerza para sujetar el contenido a punto de desbordarse.

Cuando estaba por colapsar la Nube Central de Internet, mi padre debió elegir para usted, Elázar, entre una gran memoria que ocupara toda su capacidad o una pequeña; él se decidió por la última, para que tuviera espacio y pudiera crear registros en este campo de olivos, nuestro lugar. Entre otras cosas, le enseñó a usar el viejo anotador, porque decía «ninguna memoria es perfecta». Y los humanos se llevan mejor con quienes usan gestos miméticos.

Y tenía razón, su padre; cuando termino un anotador, reviso y faltan en mi memoria algún que otro apunte, que puedo adicionar. Siempre lo llevo sujeto con el imán a mi antebrazo, para no perderlo.

De momento debo aceptar que soy pesimista y solo un ínfimo porcentaje de lo nuestro sobrevivirá en Marte. Llevamos descripciones de cómo debe ser un girasol, pero no se sabe si va a sobrevivir más allá de ser semilla. Hay una nave que carga solo muestras, más de dos millones de especies distintas —dijo Benjamín.

Así descrito suena extensivo.

Lo que parece extensivo es, para el planeta, la maleta del refugiado.

No entran todas las especies en el arca —reconoció Elázar e hizo una nueva nota.

Por último, los restos de las Naciones Unidas recientemente registraron quiénes pueden ir a Marte y quiénes no.

Como en el Libro de la Vida, el nombre que no está escrito no será salvado.

A veces olvido que mi padre te dejó su Biblia. En fin…

Los encargados ya se llevaron lo que pidió: las plantas, las botellas, las herramientas, algunas probetas y las muestras con aceite virgen —enumeró Elázar.

Es mucho menos de lo que propuse —se lamentó Benjamín.

Ya lo sé, no estoy en el registro, no puedo ir.

No, en principio no.

¿Le sirvo? —propuso Elázar, mirando la botella de jerez.

No, necesito estar lúcido mientras viajo —dijo Benjamín. Y agregó:— Elázar, fuiste de gran ayuda siempre.

Hay posibilidad de que continuemos trabajando juntos.

Me llevo tu memoria completa, hasta hace un momento, antes de esta conversación.

Entiendo —dijo Elázar.

Me llevará mucho tiempo reconstruir un modelo similar, y no sé si lo lograré. Buscaré ayuda.

Seguro lo conseguirá —dijo tomando la botella de jerez.

No, Elázar, no puedo tomar. Está algo desorientado por lo inusual de estos últimos arreglos.

Benjamín recorrió con la mirada el lugar tratando de retener los detalles. Elázar lo imitaba en el gesto. Benjamín se dio cuenta de que era un intento inútil, luego su memoria lo traicionaría. Se levantó y tomó una botella de aceite de oliva. Acercó dos pequeñas copas, les dio un soplo para ahuyentar el polvo. Se sentó de nuevo frente a Elázar, que esperaba y lo observaba con mirada interrogante.

Vamos a brindar —dijo Benjamín.

No puedo tomar alcohol.

Esto no te va a dañar.

Antes de servir, Benjamín tomó la botella de aceite y la miró a contraluz.

Siempre me pareció ver el brillo del sol en el centro del aceite. En estas últimas botellas es más espeso, el verde es más oscuro, las olivas son cada vez más pequeñas, pero en el fondo, si mira bien, sigue estando ese brillo solar.

Elázar se acercó a mirar. Lo hizo con la curiosidad de un niño que acaba de recibir un juguete que debe entender antes de usar.

¡Es verdad! Hay un brillo en el centro —dijo entusiasmado.

Benjamín quitó el corcho y sirvió dos pequeños tragos verde oscuro. Elázar estaba erguido, la espalda recta. Benjamín no quiso entregarse a la solemnidad, se resistió a la tristeza. Dijo:

Hasta nuestro próximo encuentro.

Hasta la próxima —dijo Elázar y tomó un sorbo. Luego imitó a Benjamín tomando el resto de un solo trago. Otro temblor hizo sonar las maderas y las botellas; Elázar sujetó su copa y la fina botella para que no cayeran.

Cuídese del sol todo lo posible, su cobertura de silicona cederá primero —aconsejó Benjamín —es mejor que busque algún grupo que viva en las cuevas, o debajo de la tierra. Este almacén se vendrá abajo y los olivos se secarán pronto, han resistido más allá de lo que pensamos.

Voy a estar bien —dijo Elázar.

Lo que trato de explicar ya lo sabe, lo ha visto antes, pero no estoy seguro de que lo reconozca en usted mismo, estoy tratando de advertir…

Una resonante sirena lejana interrumpió a Benjamín.

Es tiempo —dijo Elázar.

Benjamín se puso de pie y agregó con clara solemnidad:

Elázar, está desconectado de sus funciones.

Comando recibido —contestó Elázar.

Benjamín cerró del todo su traje metalizado, tomó la mochila, aspiró profundamente oliendo por última vez su lugar de trabajo. Otro intento para la memoria. Pronto solo serían los asépticos olores de una nave espacial lo que lo rodearían por mucho tiempo. Tomó la escafandra y antes de salir palmeó el hombro de Elázar, que lo miró con el metálico brillo azul de sus ojos; esto le dio algo de tranquilidad. Elázar estaría bien.

Abrió la puerta y miró hacia la gran planicie donde las naves se preparaban para abandonar el planeta. En la que le asignaron se encontraría con sus pares: los granjeros, los viñateros, los que plantaban cítricos.

Cuando se dio vuelta, Elázar estaba al lado; le dio unas torpes palmadas de aliento en el hombro y la espalda, acompañadas con el ruido metálico de su traje y las articulaciones del androide, que luego se alejó y se sentó de nuevo en la mesa.

Benjamín se puso la escafandra y, antes de cerrar la visera polarizada observó a Elázar que había tomado la botella y la examinaba de cerca, buscando el brillo del sol en el verde profundo del aceite. Benjamín dejó la puerta abierta y caminó resuelto bajo el inclemente brillo del mediodía en dirección a las naves; Elázar se dio vuelta para mirar cómo se alejaba y vio su anotador flamear en la mochila, fuertemente pegado por el imán a un remache.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad