304. Mi amiga más fiel

Ambre

 

7h10: Suena el despertador. Me sumerjo de nuevo en mis sueños hasta que una segunda y molesta alarma me devuelve a la realidad.

7h35: Oscilando hacia la ducha, me vuelvo a golpear con los ángulos demasiado afilados de mi pequeño apartamento parisino.

7h55: Pelo húmedo, camisa mal abrochada, tacones en la mano.

20 minutos de metro, con paso seguro pero cansado, aquí estoy, en el pasillo de mi oficina, dirigiendo sonrisas incómodas a mis compañeros, intentando recordar el nombre de los hijos de Sandrine. El día se alarga, marcado por los correos supuestamente urgentes, y ese silencio anónimo y pesado.

10 horas después, con medio cruasán demasiado caro en el estómago, guardo mi ordenador. Llega la noche, ese momento esperado con una prisa cansada, como la ilusión de una vida que todavía podría sorprender. Destino: el bar, con chistes de barra y carcajadas vacías. Allí encuentro a mi amiga más fiel; ella flota, en el vaso, como promesa de consuelo, pero cuanto más se vacía, más se llena la soledad.

1 de la madrugada, mañana, mismo despertador, mismo metro, mismas sonrisas incómodas, misma rutina. Y al final de la línea, el mismo vaso donde reina la misma aceituna.

 

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