303. Oleoterapia

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Acarició su delgado cuello, sus hombros, aquellos senos perfectos cuyos pezones se endurecieron al instante, prosiguió con el masaje por las costillas y el vientre, y, sin el menor pudor, sobó con profesionalidad los muslos y las rodillas para finalizar hurgando entre los dedos de aquellos piececitos, hundiendo sus oscuras yemas en la planta de los mismos.

Con cada caricia el masajista había ido extendiendo el dorado y untuoso aceite de oliva virgen extra sobre aquella bellísima joven que, pese a su edad, había perdido su virginidad unos cuantos años atrás.

A aquella chica de cabello lacio y negro como el carbón que lucía una cuidada media melena y una piel pálida como la nieve le gustaban tanto hombres como mujeres, aun cuando no le hacían gracia las “ataduras”. No obstante, en esos instantes se dijo a sí misma que se habría dejado atar gustosamente por aquel veinteañero africano, fibroso, alto y guapo, y que hasta se habría casado con él si eso le hubiera permitido gozar de aquella dionisíaca “oleoterapia” todos los días.

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