302. El olivo de mi patio

Verde infinito

 

Debo confesar que siento una profunda fascinación por los olivos: aquellos que me acompañan desde la niñez, que rodean nuestros pueblos, inundan, embellecen, pueblan y custodian nuestros campos.

Un día, mi padre decidió plantar uno de ellos en mi patio. Lo situó junto a un limonero que perfumaba el aire con su delicado aroma, un laurel que le brindaba sombra generosa y un granado que, acompañado de una higuera aparecida casi por azar, dotaba al patio de una singular belleza. Desde entonces, aquel rincón se transformó en un pequeño universo en el que cada árbol, permanecía impasible ante el fluir del tiempo, un espacio que no dejé nunca de extrañar.

Hoy todos conviven allí, aunque mi padre ya no está para cuidarlos ni brindarles lo que necesitan. El olivo, que es para mí especial, parece entristecido: ha perdido la lozanía de antaño y se muestra solo y abandonado. Por eso, cuando regreso, lo abrazo e intento aliviarlo, descargándolo de su peso, recogiendo su fruto amargo, y transformarlo en aceite. Siento entonces que, de algún modo, le devuelvo un poco de vida. Cada aceituna que cae en mis manos me recuerda el cuidado sutil y paciente que mi padre le prodigaba.

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