3. Ansiedad trágica

Manuel López López

 

Se auguraba una abundante y generosa temporada de aceituna. Los centenarios y verdes olivos presumían de sus ramas repletas de hermosos frutos ovalados de color morado oscuro, dispuestos a convertirse en un codicioso y preciado líquido dorado, llamado: ACEITE  DE OLIVA VIRGEN EXTRA.

De sobra sabemos que la recolección de la aceituna, antes de que llegara la tecnología era bastante trabajosa, penosa, dura y dolorosa. Las lluvias eran constantes y copiosas y la mayoría de la recolección se hacía entre barro y escarcha, siendo las temporadas muy largas. Los lienzos eran de lona y cuando se cargaban de barro costaban un gran esfuerzo arrastrarlos hasta el próximo olivo. El trasporte de la aceituna se hacía con bestias que las acarreaban hasta la Almazara en sacos.

Hoy, gracias a Dios, todo ha cambiado y la tecnología hace que la recogida de la aceituna sea menos bregosa y amena.

Esta historia que voy a contar comienza en un cortijo cualquiera de Andalucía en un día de lluvia:

Esa noche las canales del tejado no habían dejado de sonar. La lluvia era copiosa y constante. El día amenazaba con lluvia y los aceituneros que vivían en el pueblo ese día no fueron a trabajar y los que echaban la campaña en el cortijo tampoco. después de comerse las migas charlaban cerca de la lumbre sobre el mal tiempo que estaba haciendo para la recolección de la aceituna y lo poco que lucían los jornales por culpa de las lluvias, ya que no trabajaban más de tres días seguidos. Uno de ellos se dirigió a Karim, un nigerino de unos veinte y cinco años que trabajaba con ellos.

—Karim, ¿Por qué no nos cuentas cómo llegaste a España?

Karim, que en el tiempo que llevaba en España había aprendido a hablar el castellano bastante bien, le miró unos instantes y después de pasarse la lengua por los labios y con voz de amargura comenzó a decir:

—Ese es un tema bastante espinoso que no me trae muy buenos recuerdos, y preferiría no hablar de eso.

—Hombre, no creo que sea para tanto. Lo bueno es que estás aquí y gracias a Dios puedes contarlo —dijo otro después de expulsar una bocanada de humo, haciendo que la voluta se elevara hacia el techo formando algunas extrañas figuras.

—¡Venga Karim, cuenta! ¿no ves que estamos ansiosos por saber cómo lograste llegar a España? —dijo otro que también estaba interesado en saber más de aquel tema.

—Bien, hoy como está el día que no se puede hacer nada os lo voy a contar, aunque para mi es muy triste y penoso volver a recordar aquellos fatídicos días. Mi amigo Jamil, que Alá lo tenga en un buen sitio, y yo llevábamos bastante tiempo pensando en salir como fuera de nuestra aldea. Ahorrábamos todo lo que podíamos para irnos lo antes posible para España. Los que ya habían estado nos hablaban muy bien de este País. Mi hermano hacia dos años que se había ido de casa y no volvimos a saber nada de él hasta que llegué a España. Aquí me dijeron que había fallecido en la travesía. Debido al mal tiempo la patera que los traía se hundió y solo se salvaron unos cuantos que fueron socorridos por un barco de salvamento marítimo. —Karim, guardó silencio unos segundos, miró a sus compañeros de fatigas y continuó— Todos los días Jamil y yo íbamos a buscar trabajo y no todos los días lo conseguíamos. Ese día mi amigo no vino y me fui a ver si me salía algo, pero tampoco conseguí nada. Bajo un sol abrasador, volvía para mi casa y hasta mi llegó la voz  de mi amigo Jamil gritando mi nombre. Tengo que decir que mi amigo Jamil, era bastante delgado y de aspecto enfermizo, pero con unas enormes ansias de salir de aquel lugar de miseria.

—¿Qué pasa Jamil? ¿A qué vienen esos gritos? —le pregunté.

Jamil con la respiración bastante agitada y después de unos segundos me contestó rezumando alegría por todos los poros de su cuerpo.

—¡Ya está todo resuelto! Vengo de Assamakka.

—¿Porque no me avisaste? ¡Hubiese ido contigo!

—Lo pensé anoche mientras intentaba conciliar el sueño y esta madrugada me fui antes de que apretara el sol y aquí estoy de vuelta.

—¡Qué bien! ¡cuéntame!

Jamil me estuvo explicando todo lo que había negociado con un hombre llamado Zahir, que se dedicaba a llevar grupos de personas a diferentes Países de Europa.

—¿Te ha dicho qué recorrido tenemos que hacer?

—¡Claro que sí! —me respondió con bastante alegría— Nos tenemos que reunir cerca del cementerio de Assamakka y desde allí salimos  mañana a la puesta del sol, atravesaremos Argelia y terminaremos en Marruecos, y desde allí iremos a un sitio donde nos espera una lancha motora que nos llevará a España.

—¡Madre mía! esto va demasiado deprisa y yo todavía no tengo nada preparado ¿Por qué no lo dejamos para otra ocasión?

—¿Para otra ocasión? —exclamó Jamil, bastante extrañado— Yo creo que de aquí a mañana por la tarde tienes tiempo de sobra. Yo me voy para ir preparando todo lo necesario para el viaje. Hasta luego.

—¡Hasta luego Jamil! —le respondí, bastante preocupado por la odisea que íbamos a emprender y poco después entraba en mí casa.

Estaba metiendo lo poco que tenía en una mochila cuando oí la voz de mi madre.

—¿Qué haces hijo? ¿Vas para algún sitio? ¿Te ha salido trabajo?

—Lo siento madre, no me ha salido ningún trabajo y ya no puedo aguantar más esta situación. Así que me marcho de aquí y cuando gane dinero te mando para que vivas algo mejor y cuando pueda vengo a por ti y ya verás lo bien que vamos a estar en España.

—¡Hijo mío…! ¡Estás loco! ¿Qué vas a hacer, igual que tu hermano, que se fue hace dos años y todavía no se si está vivo o muerto? ¿Si está bien o mal? ¡Que desde entonces no vivo de tanto sufrimiento!

—Lo siento madre, pero ya está decidido. ¡Me voy!

Mi madre al ver que estaba empecinado en irme, dio media vuelta y con los ojos anegados en lágrimas salió de la habitación maldiciendo su mala suerte.

En ese instante Karim al recordar el sufrimiento de su madre suspiró profundo y continuó con su relato.

—De Assamakka salimos veinticinco hombres y dos  mujeres con sus respectivos maridos, una de ellas en avanzado estado de gestación. Solo viajábamos de noche ya que los días eran muy calurosos y para evitar a los soldados que patrullaban en sus vehículos todoterreno.

La travesía de Argelia fue dura y penosa, en las últimas jornadas mi amigo había enfermado y con mi ayuda había conseguido llegar hasta cerca de la frontera de Marruecos.

Ya se habían quedado varias personas atrás, unas por enfermedad, otras argumentando que ya no podían más. Entre ellas la embarazada y su marido que también abandonaron.

Hacia un par de días que la situación de mi amigo había empeorado. Su respiración era bastante agitada y con bastantes síntomas de asfixia a consecuencia de la enfermedad y del abrasador calor del desierto y si no teníamos bastante, la escasez de agua. La mayoría de los días estábamos ocultos entre la escasa maleza que había. Mi amigo estaba echado bajo la sombra de un pequeño cedro y con la voz entrecortada me dijo:

—¡Amigo mío! ya no puedo más, esta noche os vais sin mí, lo único que puedo hacer es atrasaros la marcha.

—¡De eso nada! Tú vienes conmigo y si crees que te voy a dejar aquí tirado estás completamente equivocado.

—¡No, Karim…! para mí este viaje se ha terminado, ya no puedo más y es una tontería eludir la realidad. En el estado en que me encuentro no llegaría muy lejos. —Mi amigo dejó de hablar para tomar aire, buscó mi mano y cogido a ella con voz entrecortada me dijo— Karim, coge el dinero que me queda, que a ti te va a hacer mucha más falta que a mí. Yo a donde voy no lo voy a necesitar. Lo siento amigo… te he fallado… —Apretó con fuerza mi mano y despacio dobló la cabeza hacia un lado y expiró.

—¡Jamil, Jamil! —le gritaba abrazado a su inerte cuerpo.

—¿Qué pasa Karim…?

Era la voz de Zahir, que se acercó al oír mis gritos.

Giré la cabeza y le increpé bastante airado:

—¡No ves! ¡Jamil ha muerto!

—Lo siento, pero se avecina la noche y nos tenemos que ir. Por él ya no se puede hacer absolutamente nada.

—¿Cómo que nos vamos? —le grité— ¿No pensarás que voy a dejar a mi amigo aquí para que se lo coman las alimañas?

—A mí me da lo mismo, te puedes quedar aquí con él haciéndole compañía. Ya no podemos demorarnos más.

Le miré con cara de pocos amigos, pero no dije nada. Sabía que Zahir tenía razón, pero yo no tenía ninguna intención de dejar a mi amigo al alcance de las fieras.

Siguiendo la voluntad de mi amigo, cogí el dinero y con los ojos húmedos por el llanto y con rabia clavé mis dedos sobre la caliente arena intentando hacer un hoyo lo bastante profundo para que mi amigo descansara en paz. No tardaron mucho en unirse a mí varias personas y entre todos conseguimos darle sepultura, enterrando con él todas sus ilusiones y aquella ansiedad que terminó en tragedia.

Karim con los ojos humedecidos fue a la cantarera y dio un sorbo  de agua del jarrillo. Los que le escuchaban guardaban silencio sin dar crédito a lo que Karim les estaba contando y continuó.

—Nos encontrábamos ya en territorio marroquí. Hacía unos veinte días que la frontera la habíamos dejado atrás y seguíamos aprovechando la noche para avanzar con mucha más seguridad.

Estábamos maltrechos y agotados. El caminar cada vez se hacía más insoportable y penoso. La poca comida que habíamos comprado en una aldea empezaba a escasear y con el agua pasaba más o menos lo mismo, y sobre las dos de la madrugada Zahir se detuvo y se dirigió al grupo.

—¡Por fin hemos llegado! ¡Alá es grande! ahora a descansar y no se muevan de aquí que yo voy a negociar la lancha que os llevará a España. No creo que tarde mucho en volver ¡Ánimo que vuestros sueños ya mismo se verán cumplidos!

Tengo que decir que Zahir era un hombre rudo e infatigable, no lo oímos quejarse ni una sola vez y si decía algo era para animarnos a que camináramos más de prisa.

Eran las seis de la tarde y casi habíamos perdido la esperanza de volver a ver a Zahir. Estábamos bastante preocupados por aquella demora y sin saber qué determinación tomar. Unos decían que no debimos fiarnos de él, otros que había que esperar y no perder los nervios, pero la verdad, era que ninguno estábamos tranquilo. Era mucho el dinero que habíamos invertido y la mayoría creíamos que habíamos sido estafados por aquel indeseable.

De pronto alguien a lo lejos vio una silueta que se acercaba hacia nosotros. Al no saber de quién se trataba todos nos pusimos en guardia, pero aquella alarma pronto desapareció al ver que se trataba de Zahir.

—Perdonar mi tardanza, —nos dijo en un tono jovial—. Pero es que me he entretenido con una amiga y ya sabéis lo que pasa cuando uno tropieza con una bella mujer. Venga, ir preparándose que al anochecer nos vamos. Yo voy a echarme un rato que vengo destrozado. Despertarme antes de que anochezca.

Poco después roncaba sobre la sombra de unos arbustos.

Al anochecer nos pusimos en marcha y sobre las dos y media de la madrugada empezamos a sentir el ruido que hacían las olas al chocar contra las rocas. Se hicieron algunos comentarios ya que la mayoría o ninguno de nosotros habíamos visto el mar y poco después y con la ayuda de Alá llegamos a una pequeña cala donde nos esperaba un hombre con una patera bastante vieja. La embarcación no tenía nada que ver con la lancha motora que Zahir nos había prometido. Cuando todos estuvimos a bordo, el dueño de la patera después de varios intentos puso el motor en marcha y se puso en movimiento, surcando las frías aguas del mar Mediterráneo y adentrándose en la oscuridad de la noche, hacia un futuro que solo era un sueño a medio realizar.

La travesía fue larga y penosa. Pero esa es otra historia que ya os contaré en otra ocasión.

 

 

 

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad