299. Don Quijote del olivo

Lucía Zueco

 

“Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

Los vecinos me miran raro cuando cada mañana voy a trabajar, cuando les repito una y otra vez que tengo cuatro bocas que alimentar en mi casa y cientos más que se deleitan con mi aceite cada día al despertar. Mi rutina es sencilla, me levanto, desayuno y a eso de las seis de la mañana ya estoy en mis olivos. Cuando vuelvo a casa ya ha caído el sol. He de decir que siempre me entretengo tumbándome en la  hierba para observar cómo las nubes se van moviendo y desapareciendo entre las hojas de mis olivos. Intento no dormirme, pero a eso de las tres de la tarde es imposible resistirse a una buena siesta. 

Llevo cincuenta años trabajando para la misma empresa de aceite, además siempre me dejan llevarme un par de garrafas de lo que producen con mis olivas. La de inviernos que habremos pasado comiendo únicamente pan y aceite, cuando era lo único que había para llevarse a la boca. Pan con aceite, pan con aceite y azúcar, pan con aceite y sal, quizás pan con aceite sal y azúcar. A pesar de las penurias, yo he sido muy feliz viendo crecer a todos mis hijos con mi mujer. No había mucho dinero, pero trabajar no era una obligación, siempre disfruté mucho con mis olivos. Siempre he querido que mis hijos se dedicasen a esto, pero ellos no, es ley de vida. El pequeño, Juanito, me acompañaba siempre los días que tocaba recoger las olivas, yo lo cogía a hombros y él le daba con la vara hasta que se le cansaba el brazo. Un día dejó de venir, no sé explicar la tristeza que sentí los años siguientes al ver que ese día iba solo.

Marta siempre ha sido la más lista sin duda. Tardó poco en aprender a escribir y a leer, y tampoco le costó aprender a hacer cuentas y cosas relacionadas con las matemáticas. Era una niña y dos niños en casa, lo normal de la época hubiese sido mandar a los dos niños al colegio y a la niña enseñarle a cuidar de la casa, pero los niños eran muy torpes para eso de los estudios, no los juzgo, yo también fuí así, siempre me pareció más sencillo aprender un oficio y ponerme a trabajar. Su madre dijo que lo mejor era que la niña estudiara, mandó a la niña al colegio, dijo que tenía futuro. No se equivocó, se sacó el graduado escolar, y al poco tiempo empezó a trabajar para la empresa de aceite donde yo llevaba mis olivas. Marta siempre fue la niña de mis ojos. Fue muy triste ver como se marchó del pueblo para trabajar en la empresa, igualmente yo andaba orgulloso, como decía su madre, Marta tenía futuro.

El mayor, Manu, siempre fue más despistado, y más ligón, llevaba a todas las chicas a casa, las invitaba a un par de tostadas con aceite y les daba una vuelta por los olivos. Él siempre decía que a las mujeres hay que conquistarlas con el oro, y él usaba oro pero líquido. Marta era la más inteligente, Juanito el más cariñoso, y él desde luego el más espabilado. Estuvo un mes entero viniendo conmigo al olivar, decía que quería aprender el oficio, pero realmente estaba memorizando mi horario para saber a qué hora podía ir a las distintas partes del olivar y que yo no le viese para llevar a sus novietas. Tardé bastante en descubrirlo. Un día me levanté una hora tarde y lo vi sentado en la hierba recitando un poema a una chica rubia del pueblo, ella le miraba atenta y le brillaban los ojos al escuchar como él le decía: 

Amada mía, ¿Dónde estarás?

Quisiera odiarte pero sólo puedo

amar, quisiera decirte lo que siento

pero no puedo hablar, quisiera

mirarte a los ojos pero no estás,

quisiera abrazarte pero me hace

mal, quisiera tenerte pero no eres

real”.

No era la primera vez que escuchaba ese poema, yo solía recitárselo a su madre, por eso se lo sabía completo. Cuando la joven le preguntó de dónde había sacado ese precioso poema, él contestó con voz segura y seductora; -Suelo leer poesía en mis tiempos libres-. Ella quedó fascinada y él satisfecho. No interrumpí su momento, les deje allí sentados sin decir una palabra. Ese día volvió a casa feliz, y yo no quería arrebatarle esa felicidad, tampoco se lo conté a su madre, decidí que ese sería nuestro secreto, más bien mi secreto. Al día siguiente me acerqué por curiosidad, me daba ternura ver como mi hijo se enamoraba por primera vez. Al llegar, ya no era la primera vez. La moza del pueblo, ahora era la hija del panadero del pueblo de al lado, y claramente entendí porque me pedía con tanta insistencia ir al pueblo de al lado a por los bollos de crema. Quizás con las mujeres no era muy leal, pero eso sí, la poesía era todos los días la misma. 

He crecido entre estos olivos, aquí di mis primeros pasos, aprendí a trabajar por primera vez, di mi primer beso y me enamoré entre todas estas ramas desaliñadas y verdes. Por eso les tengo tanto cariño a estos olivos, porque además de haber visto crecer a mis hijos entre todos estos troncos, también me enamoré de la mujer más maravillosa que existe.

Yo era de familia pobre, ella no, pero siempre prefirió mi vida. Cuando las cosas se complicaban, ella lo tenía sencillo, no tenía porque alimentarse de un mendrugo de pan con aceite, siempre podía escaparse con su familia. Aún así, nunca lo hizo. Ella siempre prefirió lo complicado, quedarse a mi lado. Es la típica persona que elige caminar por un camino empedrado antes que por uno bien asfaltado. Nunca se quejó de nuestra vida, entre los árboles, lejos de todo. Y aunque hubiese días en los que no podíamos comer o nos moríamos de frío, era la más positiva de la casa. Nos animaba a todos con juegos y canciones, porque dime tú cómo animas a una familia numerosa que han pasado la noche helados y no van a comer esa mañana, pues ella siempre tenía alguna razón para sonreír. 

Creo que eso que dicen que la llama del amor se apaga y que el amor no dura para siempre, no es verdad. Al menos para mi no es verdad. Siempre hemos estado muy enamorados el uno del otro, y seguimos estándolo, porque el amor de verdad siempre es recíproco, sino solo es obsesión , y la obsesión nunca dura para siempre. Pero últimamente está rara, ya no responde, ni siquiera lo hace a mis llamadas, nunca recoge los platos como solía hacerlo años atrás, ni tampoco canta ni juega a hacernos cosquillas para sacarnos una sonrisa cuando todo va mal. Yo le hablo igual. A veces me siento frente a ella, le cuento lo que he hecho en los olivos esta semana, -uno estaba tan grande tan grande, que ni siquiera podía ver las nubes a través de sus ramas.- Y le pido que me pase la sal. Pero sus manos no se mueven. Solo me mira desde la foto del aparador, con esa sonrisa que se le quedó congelada en 2010, el año del accidente. Tras la foto hay tres sonrisas, la de mi hija, mi preciosa niña, no recuerdo la última vez que la vi, pero si me acuerdo como iba vestida, llevaba aquel vestido negro largo que le confeccionó su madre, unas gafas de sol, y un gran sombrero negro que solo dejaban al descubierto sus rosadas mejillas y su boca. A los que si se les veían los ojos eran a los dos niños, los hombres de la casa. Antes venían los domingos, ahora me dejan el buzón lleno de silencio. Manu dijo que me buscarían ayuda, pero no entiendo bien para qué. ¿Qué ayuda puede necesitar un hombre que cuida de cien olivos y todavía recuerda el nombre de cada uno? Lo más raro de todo es que recuerdo haber ido a la fábrica, pero ponía un nombre extraño, ya no era la misma fábrica, quizás me he equivocado de dirección, cosas de la edad. 

Mañana volveré a ir como todos los días, y de paso recogeré a mi hija para llevarla a casa a comer pan con aceite, pan con aceite y sal, pan con aceite y azúcar, o quien sabe, igual mezclamos los dos. Y al día siguiente volveré a salir a trabajar, y será raro, porque las vecinas me volverán a mirar extraño cuando vean que voy dirección de los olivos, y yo les diré, -tengo cuatro bocas que alimentar en mi casa y cientos más que se deleitan con mi aceite cada mañana al despertar.- Cuando termine mi trabajo entraré en casa, cerraré la puerta con cuidado, y escucharé las risas, los pasos, los platos. Nada estará vacío, todo seguirá vivo.

 

 

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